Amigas y amigos de La Abuela

lunes

LA FLORISTA

Todos los días llegaba de algún lugar, muy temprano recibía los paquetes, que apilaba con cuidado, sobre un tablón sostenido por dos caballetes.
Cuando abría los atados..., todo comenzaba, el día, el transito de personas, de vehículos, era el momento mágico, como si una varita encantada, pintara de colores la ciudad.
Ella era la florista, los primeros en salir a la luz eran los nardos, en su larga vara se perfumaba la brisa.   Las rosas en sus cántaros, opacadas en su perfume, lucían sus colores furiosos en los rojos, tímidas en el blanco, y así pintaban las emociones con  sus matices.         Los enormes helechos, colgaban perezosos, estirando sus brazos, queriendo acariciar las corolas de las azucenas, que orgullosas  en el búcaro se mecían, seduciendo con su perfume.           La soberbia amarilis, roja de furia, sobresalía con su largo cuello, sola.
Las pequeñas violas, y violetas, las dulces fresias, con un ramito de jazmines, hacían un popurri, en la vertiente artificial, de una pequeña fuente.
En medio de ese bosquecillo multicolor, la florista daba encanto a la ciudad, todos se acercaban, quien no compraba, se llevaba una flor y una sonrisa de obsequio.
Cuando huye el día, se lleva consigo, la luz y los colores, las flores ya no están, se han ido como presentes de felicidad y amor.       La florista sonriente, partió hacia algún  lugar...

sábado

NIÑA PIADOSA.

La anciana tomó el alcanfor, lo acomodó con paciencia dentro del cuadrado de paño marrón, cuando estuvo a su gusto, comenzó a coser.
La niña sentada en el fuenton de latón, enjabonaba con parsimonia un trapo, que luego pasaba por su cuerpo, haciendo abundante espuma.          La luz de la salamandra, dibujaba su perfil, el fuego teñía de rojo sus cabellos negros, sus bucles mojados,  suavemente estirados,  llegan a rozar los incipientes senos de niña, la tibieza de la estancia, hacia agradable el baño.
La abuela tomó la toalla, hora de salir del fuenton, la anciana amorosa la envolvió, y  comenzó a escurrir sus cabellos, luego friccionó su cuerpo.
La joven se vistió, se puso el escapulario de la virgen del Carmen,y prendió con un alfiler, en su corpiño, el alcanfor.             Dos elementos sin los cuales nunca  salia, el escapulario que le prometía la salvación eterna, y  el alcanfor que alejaba las enfermedades.
La niña entró a la iglesia, se acomodó en el primer banco, arregló su amplio vestido, y cruzo sus manos de cera sobre el regazo.
El sacerdote, celebraba con gran devoción, la niña enamorada, rezaba, soñando con el roce de sus dedos en la barbilla, cuando le daba la comunión.           Se ponía en la fila de comulgar, siempre última,  así prolongaba el goce,  del final de la espera.
Era un segundo, donde ella estudiaba, la inflexión de la voz, su boca, su olor...., todo eso en cuatro palabras y un Amen, regresaba a su banca temblando, las rodillas solas se doblaban,  en una pose piadosa, ocultaba la emoción, cubriendo su rostro con las manos, y así se quedaba, hasta que su alocado corazón calmase sus latidos, el sudor de su cara se secara, y las piernas la sostuviesen.
El cura despedía  sus feligreses en el atrio, ella se acercó, cuando el ministro la vió, ya era tarde, lo abrazó, agradeciendo en voz alta los  servicios, y en su oído,  dejó un te quiero.
La niña salió riendo y haciendo volar su falda, el cura quedó parado, sintiendo el perfume de alcanfor, el mismo que su madre le ponía, cuando niño, y en sus oídos la voz anhelante de  mujer, y,  un te quiero zuzurrado.
La abuelita esperaba su regreso, feliz de su niña, tan piadosa.      Cada vez que volvía de misa, regresaba renovada por la gracia, feliz de su existencia, la abrazaba y cantando su alegría, le daba un beso en la frente.

miércoles

EL FOGUISTA.

Con el baúl de lata abierto el hombre repasaba su contenido.
Le gustaba preparar el baúl, lo hacia con esmero, siempre las mismas cosas, tenia un olor particular, mezcla de café, yerba, y ropa limpia.
A la media noche salió de su casa, con el baúl colgando de su hombro,  como si fuese un bolso.      Llego a los inmensos galpones del ferrocarril, su máquina, silenciosa y oscura, lo esperaba.
Acomodó su equipaje y comenzó su tarea de controlar, el agua de la cisterna, la carbonera, donde el carbón de piedra tenía brillos de cristal.
Tomó la alcuza y bajó a aceitar los pistones, con una estopa limpiaba el sobrante.      La tronera, con su boca abierta, esperaba la primer palada de carbón, entre paladas miraba el gran reloj, que marcaba la presión.
Llegó el maquinista, leyó todo el tablero de instrumentos, y comenzó a mover la máquina, probó el silbato, la válvula  para aliviar la presión, hizo la maniobra para entrar a la playa, donde esperaban los vagones, el farolero, hizo el cambio de vía y le dio luz verde, lentamente el maquinista arrimaba  la máquina, atento al farol, a la luz roja o verde.
El farolero, tomaba los enormes enganches y sus cadenas , y unía el largo convoy, en la noche se escuchaban los vagones chocar entre si, caía el enganche, luego el tirón que trababa los mismos, y así sucesivamente, hasta llegar al vagón de cola donde iba el guardia.
La máquina toma su ramal de viaje, ya se anunciaba el día, el maquinista revisó los controles, y dio el visto bueno, cada uno abrió su baúl. y sacó su desayuno, hacia frío, se acomodaron cerca del fuego con sus termos, de vez en cuando uno se asomaba,  y regresaba a sentarse sin decir palabra, señal que todo estaba en orden.
Los dos hombres ya no tenían historias  que contar, en el pequeño habitáculo se entendían en silencio.
Le gustaba asomar la cabeza,  y dejar que el viento limpiara su cara de ollin, cerraba los ojos y soñaba.        En medio del campo,  los changuitos los saludan agitando sus brazos, ellos le regalaban un toque de silbato, por momentos corrían carreras con los autos en la ruta, otros los veían malhumorados, parados en el paso a nivel.
En la noche hacia mucho frío, el viento se llevaba el calor de la tronera, pero aun así le gustaba, se sentía poderoso,  detrás de ese rayo de luz, que avanzaba cortando la oscuridad.
Los dos rostros se veían anaranjados  por la luz de las llamas, en medio de la pampa, eran una larga sombra humeante, cual cíclope furioso, avanzaban,  haciendo temblar la tierra.
El foguista era feliz en su tren, cuando el maquinista pedía mas velocidad, tomaba su ancha pala,  y llenaba de piedras negras el fuego, las chispas,  formaban una estela brillante a lo largo del tren, que la oscuridad devoraba.               Sonaba el silbato en la llanura, espantando animales, de regreso parecía cobrar vida , nos llevaba bufando su humo negro, aminorando suavemente su marcha , paraba en el anden, liberaba el vapor,  quedando envuelta en  una nube blanca, donde las personas,  entraban y desaparecían.
Bajó su baúl de lata , casi vacío, enfiló para su casita, pensando, dentro de dos días, otro viaje, tengo el tiempo justo de lavar la ropa,  y  preparar el baúl.

lunes

VIVIENDO.

Los años, se instalan en nosotros, sin darnos cuenta.
Despertamos un día, antes del alba, tampoco le damos importancia, hasta que se hace costumbre, y buscamos tarea para ocupar ese tiempo.          Con alegría descubrimos que, es nuestra mejor hora, pues es toda nuestra.
Así vamos ocupando nuestras horas vacías, con actividades que nadie haría a una hora insólita.
Despacio la sabia Naturaleza nos va dando nuestro nuevo lugar en el mundo.
Vamos renunciando a los viajes largos, a las salidas sociales que no sean de compromiso, hasta que quedan reducidas solo,  a los sepelios, bodas y bautizos.
Tratamos de no preocupar a la familia con achaques pasajeros, también  Natura,  los ubica a ellos en su tiempo de hijos, que saben que su momento critico llegará, y en cada molestia, con temor en sus corazones,   se preguntan, "YA"?.
Ponemos nuestra  Fe en los ancestros, que vivieron sin los adelantos de hoy en  medicina, y llegaron solos al final de sus días,  por que ahora, tendría que ser distinto?.
Regresamos a los valores olvidados, buscamos confianza en el pasado y nos seguimos preparando en silencio para el gran encuentro.
La casa se va apagando con nosotros, ya no hay reuniones, no se pinta todos los veranos, las plantas no se renuevan  en primavera,  y sus flores son cada vez mas pequeñitas, las mascotas que se van, ya no se remplazan
Solo las manitas agitadas y los gritos de alegría de los nietos al vernos, son los afectos verdaderos en el gozo,  y entendemos,  que todavía,  nos queda la preocupación de velar por ellos, en aquello que aun podemos, los consejos y los rezos.
Debemos asumir la finitud de nuestra humanidad, y si Dios nos da la posibilidad de notarlo, tenemos que mostrar lo felices que fuimos,   en el lugar que nos puso en el mundo.
Que vivir es una obligación, mas que un derecho, y  tratar de ser felices, es nuestro destino.

sábado

PEÓN DE CAMPO

El sol era fuego sobre la pampa, el gaucho a la sombra del ombú, entrecerraba sus ojos , para ver a la distancia.
En las ondas de calor, se  desdibujaba el ñandú, echado entre el pajonal, ese era su nido, el macho empollaba los enormes huevos, la hembra se paseaba ociosa a su alrededor.
Su caballo se adormecía en el silencio, mientras pequeñas moscas se introducían en sus belfos, con la cola espantaba los tábanos , ansiosos por sus ancas.
Mientras armaba su cigarro, el hombre pensaba, no podría quitarles los huevos, a estas alturas, ya estarían con pichones.
Esperaría el atardecer, hora en que aparecía la comida en la pampa, toda la fauna sale por su alimento, el hombre también.
Apagó su cigarro y el fuego, el viento suave del norte, lentamente rotaba al sur, eso favorecía la cacería, imitó con su silbido el canto de la perdiz y la martineta, de un montículo de paja brava, voló una pareja, lo habían visto, esos ya no regresarían
Ensilló su caballo lentamente, regresaba con las manos vacías, el sol pintaba de rojo  las nubes en el horizonte, de pronto vio su huella en el camino, casi llegando a su rancho, a estos había que correrlos de a pie, se apeo, se fue acercando lentamente, apreciaba  su gordura y tamaño, estaba entretenido devorando carroña, ese era su alimento preferido, tal es que solo se deben comer,  los peludos, también llamados piche, armadillo, que se encuentran  en el campo, nunca  los de pueblo, pues les encantan los cementerios y el alimento que hay en ese lugar.           Se fue acercando lentamente el hombre, cuando se vieron, ya fue tarde para el animal, el poncho cayó sobre el  peludo, que docillmente se entregó, cumpliendo con la ley de supervivencia.
Esa noche la humilde mesa, ofrecía uno de los manjares de la pampa, peludo al horno de adobe, con papas, volteado en su caparazón, se hamacaba lentamente, mostrando su carne blanca y grasosa.
La mañana olía a flores de alfalfa, estas se mecían como olas en el mar, el viento formaba remolinos celestes, el peón de campo, comenzaba otro día, hoy le tocaba recorrer la laguna de los patos.
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jueves

LAS CUARTELERAS

Amanecía, los ruidos anunciaban salida de reconocimiento.
Las gallinas alborotadas, cacareaban en la oscuridad, perdidas entre las patas de los caballos, los perros aprovechaban la confusión, llevando alguna presa entre sus dientes, y en un rincón la devoraban, desesperados en su famélica necesidad.
La vieja cuartelera, cuidaba su ganado, las gallinas, su puchero era un lujo en el fortín.         Los cuarteles de frontera, era lo peor de la organización político-militar de la época, solo los oficiales eran militares de carrera, a los demás se le aplicaba la "ley de vagos", se hacían redadas en las pulperias y el que no tenía "papeleta", identificación, se lo llevaban a la línea de frontera, en el largo tendido de las  zanjas de Alsina,  hechas para contener el malón y el robo de ganado.
Algunas mujeres, seguían a sus hombres y se instalaban en esa vida precaria, llena de necesidades, se las llamaba cuarteleras o fortineras.
La vieja india mapuche llamada Huenu (cielo), llegó al fortin siguiendo a su hijo Mainque (condor), apresado cuando estaba de indio bombero(espiando), en cercanías  de  una estancia, para asaltar , quien en un entrevero con el malon fue lanceado por sus propia tribu.             Ella ya no pertenecia a nadie, se quedó, con el tiempo se adueñó de la cocina y de los corazones solitarios de esos hombres duros, ella era la vieja sabia, la que todos querían.
Un gran tacho humeaba en el patio, sobre un fogón, con una larga vara, movía lentamente la ropa en el agua  jabonosa, era la única forma de sacarle los piojos,  los soldados ya habían sacado sus catres al sol.
Hacia frío en la frontera sur, el viento acostaba los pajonales, cocinaría un locro para cuando regrese la patrulla.
Tenia una huerta detrás del rancho cocina, que regaba con agua de desperdicios, cortó un hermoso zapallo criollo, unos verdeos y desenterró unas papas, le gustaba el olor de la tierra, sabía que esos frutos, eran los primeros que daba.                Partió el zapallo y puso las semillas a secarse al sol, esa sería su siembra de primavera, agregó unos trozos de charque, y dejó que humeara el cocido.
Caía la tarde el rojo atardecer, anunciaba sangre, el viento amainó, señal  que la helada sería fuerte esa noche.      Sorbía su mate, echo con una calabacita, tenia de bombilla una fina tacuara perforada, de vez en cuando giraba su cabeza y escupía alguna yerba que desafió el filtro de la tacuara, Huenu llevaba en su sangre el secreto de la premonición, sus ojos se achicaban mirando el horizonte, su boca desdentada  dejaba asomar su lengua verde, por el mate, cuando rezaba en voz baja.              De a ratos sacaba de entre sus polleras, llena de bolsillos, un pote de ginebra, se llenaba la boca en un largo sorbo, que antes de tragar, agitaba en su boca.       Adormecida la india, tapada en su poncho esperaba la partida, cuando los perros se pusieron de pie y dieron unos ladridos amistosos, abrió el rustico portón, los soldados y caballos, agotados por el hambre, la sed, y el frío, entraban en silencio.            Lo primero, los caballos, quitaron los aperos y monturas, refrescar sus lomos, ardidos por el sudor, con agua, luego taparlos, dejarlos descansar, y recién su ración          Después la soldadesca, curaba sus heridas, ella con un  tarro de agua caliente y jabon lavaba sus heridas, que luego cubría con trapos limpios.              Luego la comida, traían sus recipientes y llevaban el  locro a sus lugares, luego se repartían las serenas (guardias), y  llegaba la paz, la guitarra, el tabaco y la ginebra.         El calor del fuego adormeció lentamente la voz del payador, con el último acorde de viguela, se apagaban los cigarros, protegidos del frío, los perros dormitaban, la india Huenu, dormía sentada en el suelo , sonreía mostrando su único diente, soñaba que jugaba con su Mainque.
Todos hicieron  patria, sobrevivieron otro día en la frontera sur.


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martes

AMANCIO MILLAN. - El regreso.-

 Después de aquella noche trágica en la fiesta del conventillo, Amancio Millan , se "perdió" un tiempo, cruzando a la banda oriental, hasta que se calmaran los ánimos.
Como dice el tango..., "volvió una noche",  oscura, sin luna, las aguas del río se veían negras, el oleaje y el viento eran ideales, no habría moros en la costa, ni guardias patrullando.
El canoero, lo arrimo a la orilla, cobró el viaje y regreso su camino.
Amancio, comenzó a recorrer el camino del Bajo, hasta que vio a lo lejos la primera luz de un farol, era el boliche del turco Flores, donde llegaban, "señoritas" perdidas, por donde entraba el contrabando de sustancias prohibidas, donde terminaba su camino la "trata", con mujeres compradas, o robadas en Europa.  Era la entrada al infierno.
Todo ese mundo envilecido,  sin códigos, ni honor, era aborrecido por Amancio, pero, el no se metía en asuntos ajenos.
Las luces del alba, lo encontraron entrando al rancherio, donde espera su fiel compañera, levantó la cortina que hacia las veces de puerta, en un rincón una vela encendida, iluminaba su foto, oscurecida por el humo del pabilo.         En un catre  tijera, esos que los pobres, arman con cuatro palos en cruz, dormia ella.   La mujer por quien se desgració, y por quien volvió
En el bracero, las brasas  daban ilusión de calor, las cascaras de naranjas, quemándose, arrojaban un olor dulzón, era el sahumerio de los humildes, y la negra pava de aluminio, gimiendo en la penumbra.
Preparó unos cimarrones y convidó a la mujer, que amorosa, lo premio con un beso y una caricia, que lloraron su ausencia.   Afiló su naife en una piedra gris, que humedecía en una palangana, mientras hacia esto, silbaba los acordes de un tango.     Salió a su trabajo, en el matadero, el vaciaba los animales desollados, cortaba sus patas, su cabeza y el rabo.   Separaba las entrañas.
Todo  aquello que los   frigoríficos desechaban, lo llevaba a la ranchada, mas ahora, que tendría que abastecer, a la familia del muerto en el conventillo.   Quedaron dos mujeres solas, su madre y su compañera, tendría que proveerlas, hasta la llegada de un hombre a la casa.       No queda rencor, fue un duelo, los dos buscaron su destino esa noche, y la muerte reclamó lo suyo.
Amancio Millan era un criollo, taciturno y sereno, solo concebía la vida con honor.

Entre Chivitos

Entre Chivitos