Con el baúl de lata abierto el hombre repasaba su contenido.
Le gustaba preparar el baúl, lo hacia con esmero, siempre las mismas cosas, tenia un olor particular, mezcla de café, yerba, y ropa limpia.
A la media noche salió de su casa, con el baúl colgando de su hombro, como si fuese un bolso. Llego a los inmensos galpones del ferrocarril, su máquina, silenciosa y oscura, lo esperaba.
Acomodó su equipaje y comenzó su tarea de controlar, el agua de la cisterna, la carbonera, donde el carbón de piedra tenía brillos de cristal.
Tomó la alcuza y bajó a aceitar los pistones, con una estopa limpiaba el sobrante. La tronera, con su boca abierta, esperaba la primer palada de carbón, entre paladas miraba el gran reloj, que marcaba la presión.
Llegó el maquinista, leyó todo el tablero de instrumentos, y comenzó a mover la máquina, probó el silbato, la válvula para aliviar la presión, hizo la maniobra para entrar a la playa, donde esperaban los vagones, el farolero, hizo el cambio de vía y le dio luz verde, lentamente el maquinista arrimaba la máquina, atento al farol, a la luz roja o verde.
El farolero, tomaba los enormes enganches y sus cadenas , y unía el largo convoy, en la noche se escuchaban los vagones chocar entre si, caía el enganche, luego el tirón que trababa los mismos, y así sucesivamente, hasta llegar al vagón de cola donde iba el guardia.
La máquina toma su ramal de viaje, ya se anunciaba el día, el maquinista revisó los controles, y dio el visto bueno, cada uno abrió su baúl. y sacó su desayuno, hacia frío, se acomodaron cerca del fuego con sus termos, de vez en cuando uno se asomaba, y regresaba a sentarse sin decir palabra, señal que todo estaba en orden.
Los dos hombres ya no tenían historias que contar, en el pequeño habitáculo se entendían en silencio.
Le gustaba asomar la cabeza, y dejar que el viento limpiara su cara de ollin, cerraba los ojos y soñaba. En medio del campo, los changuitos los saludan agitando sus brazos, ellos le regalaban un toque de silbato, por momentos corrían carreras con los autos en la ruta, otros los veían malhumorados, parados en el paso a nivel.
En la noche hacia mucho frío, el viento se llevaba el calor de la tronera, pero aun así le gustaba, se sentía poderoso, detrás de ese rayo de luz, que avanzaba cortando la oscuridad.
Los dos rostros se veían anaranjados por la luz de las llamas, en medio de la pampa, eran una larga sombra humeante, cual cíclope furioso, avanzaban, haciendo temblar la tierra.
El foguista era feliz en su tren, cuando el maquinista pedía mas velocidad, tomaba su ancha pala, y llenaba de piedras negras el fuego, las chispas, formaban una estela brillante a lo largo del tren, que la oscuridad devoraba. Sonaba el silbato en la llanura, espantando animales, de regreso parecía cobrar vida , nos llevaba bufando su humo negro, aminorando suavemente su marcha , paraba en el anden, liberaba el vapor, quedando envuelta en una nube blanca, donde las personas, entraban y desaparecían.
Bajó su baúl de lata , casi vacío, enfiló para su casita, pensando, dentro de dos días, otro viaje, tengo el tiempo justo de lavar la ropa, y preparar el baúl.