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martes, 29 de diciembre de 2009

AÑO NUEVO

Pasante, que has llegado  hasta estas letras, toma para ti aquel deseo que creas, podrás hacer realidad, para aliviar las necesidades de nuestro mundo.




Recuerda, lo tuyo, lo mio, lo de todos, es solo una gota en el mar....,que mantiene viva la Esperanza.
Rescatemos la FE,  para creer,  que cada uno en su pequeño mundo hará lo mejor.
Descubramos nuestra  FORTALEZA,  para mantener  los ideales, frente a la adversidad.
Miremos con GRATITUD, la existencia que nos tocó en suerte a cada uno.
Esperemos el  NUEVO AÑO,   compartiendo afecto y amistad, como una bella forma de recibir al VISITANTE, que viene para quedarse ... 365 días.
Los abrazo con la alegría que da,  el sentir la vida, cada día al despertar.




                              BUEN AÑO,  QUERIDOS AMIGOS  ¡ ¡ ¡ ¡
                      

domingo, 27 de diciembre de 2009

PAMPERO (Última parte)

Jinete y caballo siguieron cosechando cocardas.
Hasta que un día, como suele suceder cuando se es joven, el niño ya se mantenía libre de obstáculos en sus piernas. Con gran pena de su instructor, decidió cambiar de deporte y volcarse a la natación . Pampero siguió su entrenamiento básico, para no perder el estado físico.
Era tan alegre, hermoso y dócil, que decidí adiestrarlo en paso de desfile y otras piruetas que hacían la delicia de los niños. Pasábamos casi todo el día juntos, aprendiendo el uno del otro; fue entonces cuando acepté, el echo, del poder sanador de los afectos. Hay emociones para las que no existen palabras, solo llegan a nosotros y nos dan ese bienestar mutuo, es como un hilo conductor de corazón a corazón. Es magia.
Mi caballito y yo nos presentábamos en todos los eventos criollos, patrios y de fe religiosa.
Todos los años nos hacíamos presentes en la celebración del día de la ciudad, muy ataviados y acriollados; siempre el mismo lugar, frente al palco y siempre la misma banda de música. Se miraban... el que sonaba los platillos y Pampero, que venía haciendo su juego, de que ya me arrojaba al piso, y que no... La gente le aplaudía.
Cuando sonaban los platillos, justo a la altura de sus orejas, se asustaba y mostraba todas las monerías aprendidas. Ese era el número de todos los años, nunca supe quien era el de los platillos.
Trato de contar los kilómetros que hicimos, mi caballito y yo, son tantos,  que me pierdo en el tiempo y la distancia.
En una travesía religiosa, debíamos trepar un cerro muy escarpado, por su inclinación  había que subir sin detenernos, hasta el primer descanso. Pampero parecía tener alas cuando subía, disfrutando las alturas, el viento helado, el agua nieve (que por aquí le llamamos "garrotillo"); engancho sus herraduras en las rocas y perdió dos. En el descanso volvimos a ponerlas, pero ya era tarde, las patitas de mi caballo tenían los cascos llenos de sangre machucada.  Todo lo que se puede hacer por un ser querido, la familia lo hizo por Pampero.

Permanecía echado en su pesebre de viruta blanca, era tan goloso como un niño, había que cuidarlo para mantener su dieta.  Su cola llegaba al piso, su crin le cubría los ojos. Es tanto, tanto..., lo que Pampero hizo en este mundo, que llevaría muchas líneas contarlo.
Aun sueño con él..., siempre feliz.
No lo creerán, pero mi PAMPERITO, también aprendió a reír, algún día verán su foto.

viernes, 25 de diciembre de 2009

PAMPERO (Primera parte)

Esta es la historia de un ser, con el que aprendimos mi hijo y yo muchas cosas , todas maravillosas.
Mi niño por entonces tenia siete añitos y, por una enfermedad, desde los tres llevaba muletas. En la familia,  siempre, todos practicamos deportes; al pequeño le gustaba todo lo que hacía su hermano, por ese entonces,  rugby y equitación.  El primero imposible de intentar, pero el segundo..., lo charlamos en familia, y salimos a buscar el caballo ideal para tal jinete.
Comenzó la búsqueda; la relación con el animal es a primera vista, tú sabes de verle los ojos, si es el que buscas.
Ya nos íbamos de aquel lugar cuando, un relincho lejano nos llamó la atención. Nos miramos con mi hijo y caminamos hasta donde estaba, apartado de todos . Se acercó a nosotros y nos olfateó, ¡ese era nuestro caballo!. Buscamos al encargado, quien nos dijo que ese caballo estaba separado de los demás, por  salvaje, nadie se le acercaba. Le ofrecimos un precio, que aceptó, y lo cargamos en el trailer.
Cuando llegó a la caballeriza, todos se reían de su aspecto. Lo bañé, le tucé la crin; era chueco de la mano izquierda, llevaba herraduras especiales, además tenía su nombre, de sangre inglesa, impronunciable para mí.
Esa noche decidí su nombre, PAMPERO, con el cariño fue PAMPERITO para siempre.
Y salió a la pista, montado por el niño; fue tan perfecto el binomio que al mes entraron en competición
El caballo salvaje, no era tal, había sido castigado un día, por no pasar un obstáculo y ya nadie pudo acercarse a él..., hasta ahora.
Como una revancha, PAMPERITO en manos del niño se llevaba todos los premios.
Tal era su mansedumbre que el niño se encerraba con él a jugar, lo llamaba y venía como un tierno perrito.
Así comenzó su historia...

miércoles, 23 de diciembre de 2009

NAVIDAD

En esta Navidad,
al viajero que se detenga en el portal de la Abuela Frescotona
lo recibirá la amistad y el afecto.

Si desea degustar historias, domésticas, cotidianas, aquellas que son comunes y que en su momento consideramos una calamidad, aquí están, para darles un regalo de esperanza y de fe.
La Navidad nos da el mejor regalo a todos los que creemos en Ella,
nos regala el Espíritu fraterno que hace que todos estemos  unidos por un lazo invisible,
que se refleja en nuestras actitudes hacia el otro.


 ¡¡¡  FELIZ NAVIDAD ¡¡¡                  ¡¡¡ FELIZ ENCUENTRO CON EL OTRO.¡¡¡

martes, 22 de diciembre de 2009

DON VITERMAN.

Caía la tarde en el monte, la mano invisible daba pinceladas naranjas al follaje, la bruma se condensaba al pie de los cerros, donde ya la oscuridad anunciaba su presencia. Rodeado de Tamarindos añosos, languidecía un rancho en su abandono.
La laguna se agitaba,  cuando la majada de cabras  sedientas, bebían y orinaban a la vez, en su desesperación por el agua; el perro y la niña sentados en el suelo, descansaban.
En el  patio, la anciana, rodeada de aves domésticas, tiraba al voleo los granos, los animales saltaban en pequeños vuelos picoteándose, arrebatándose los granos. En la tranquera del camino, los gansos verdeaban alertas.
Tan calma estaba la tarde, que el polvo, que dejaba el auto al andar, formaba una estática nube sobre el camino.
Enseguida los gansos abrieron sus enormes alas, estiraron sus largos cuellos y llenaron de graznidos el anochecer, las visitas se anunciaban. Los viajeros descendieron del lujoso auto estacionado bajo la enramada, y fueron al encuentro de sus anfitriones; los perros también mostraban su alegría, ladrando y saltando. Se aproximaba la hora de la comida. Don Viterman se puso de pie invitando a los huéspedes a elegir el menú, tomó un balde de alimento y, haciendo un ruido de chasquido con la boca, volcó el tarro en el piso, donde acudió todo el bicherio de la chacra: pavos, gallinas, patos, cabritos, lechoncitos, corderitos y algún híbrido indefinido. 
—" Sirvansen, elijan que quieren comer"—, nos dijo don Viterman, y nos quedamos mudos. 

La forzada elección, cayó sobre un  cabrito. Enseguida lo puso sobre una mesa, que tenía sus patas enterradas, para que los desbordes de la laguna no la cambiaran de lugar, con un brazo apretaba al animal y con el otro rebanó su cuello; la anciana, María, con una fuente descascarada, recogía la sangre del animal; mientras la removía, con la mano para que no coagule, iba retirando las fibrillas, con un sacudón se desprendía de ellas... que no alcanzaban a llegar al suelo, pues el bicherío celebraba el cambio de dieta. Luego, lavaba las visceras, las picaba con el cuchillo, en un refrito de cebollas las tiraba y luego la sangre. Esa era la picada, con vino casero, tan áspero, que nos hacía expectorar; entretanto, colgado de un árbol, descueraban el chivato, que nos miraba acusadoramente.
Llegada la noche, comenzó a girar el  molinete arriba del techo, colgaba del árbol un foco de luz; debajo, se jugaba una partida de truco, se marcaban los puntos con "bichos bolitas", que sacaban de debajo de un ladrillo. La luz por momentos incandescente, por momentos moribunda, mientras en la parrilla se asaba el animal. Entretenidos en el juego, no vimos venir en la oscuridad, la chancha, enorme, corría y se detenía, daba un giro y corría, en uno de ellos embistió la mesa...; allá fueron los puntos, imposible agarrarlos, por detrás venía doña María.
— ¡Che Viterman, la chancha está activada! —, gritaba doña María, tarde con el aviso; pues la cerda, cual luz mala, ya se perdía en el monte entre paradas y arranques, tratando de aliviar su reloj biológico.
Se dio vuelta el asado en la parrilla, y siguió la jugada. Un ruido se oía desde que cayó la noche, con miradas furtivas trataba de encontrar la causa; pero...nada, el ruido en cuestión era algo así, "toc, tac", como un goteo.
Cuando estuvo listo, se trajo el asado, se tiró al piso todo lo que molestaba , se sacaron los cuchillos, y el chivo sobre la mesa.  Era algo parecido a una mesa de disección. 
Tarde en la noche, los comensales tomaron los bajativos, té de yuyos y fernet con gaseosa cola, los perros nos rodeaban procesando huesos y el fuego ya era rescoldo, señal de la partida. Nos dirigimos al auto... El goteo era cada vez mas notorio, a la luz de las linternas, la pintura gris, se veía con pequeñas y abundantes manchas olorosas, que chorreaban hasta el piso; olvidé que en el campo las aves duermen en las ramas de los árboles.  Cuando llegamos a la ciudad todos nos miraban extrañados; la verdad... veníamos de otra dimensión, adonde vivir es una aventura, que comienza cuando sale el sol, y ser feliz si se llega a ver el ocaso.

domingo, 20 de diciembre de 2009

LA ACTRIZ (Última Parte)

La joven soñadora abrió ojos y boca a la vez, preguntando, -¿quién es usted?- , temiendo que el extraño leyera su mente, se puso en guardia.  El hombre, con paciencia y afectada amabilidad, se tomó el tiempo para explicar a Zemira, tal su nombre, de qué trataba la oferta.  Terminada la charla, el "representante" daba por sentada, la respuesta favorable a su propuesta.
La niña se puso de pie dando un giro, haciendo volar su cabellera y la pollera en remolino, como si fuera un trompo que se aleja, diciendo a viva voz en su canto -"Nooo, que el mundo venga aquííí, ja ja ja"-.  Los parroquianos aclamaron a su actriz, que seguía repartiendo platos de comida recitando trozos de la obra.


La niña de la liana,  ahora se balanceaba entre el canto y el baile. Escuchaba en la radio, novelas que luego, con su histrionismo  e imaginación, narraba a los clientes mientras hacía su trabajo. Los obreros, se impusieron  horario riguroso en cada turno, así todos podían disfrutar  comida y  teatro a la vez.

Se acercaba el final de la obra, según la historia radial, la protagonista moría, cerrando en trágico final la obra.  La dama en cuestión languidecía su muerte, cuando los "espectadores" comenzaron sus reclamos de vida  por la "chica" de la historia, la actriz sorprendida, no podía hacerles entender que así era el guión y ella se debía a su fiel representación.
Por primera vez, en el obraje no se comía y se trabajaba a desgano.  El dueño de la fonda, le rogaba a Zemira que cambiara el final , total, el que escribió la novela no se enteraría.  Los obreros ya no le pedían que cante, ya no la miraban bailar, su vida había perdido el encanto, ella también estaba triste.
Los anuncios estaban en todos lados, continuaba la novela, con "sorpresivo" final.
Esa mañana el aire olía distinto, la alegría perfumaba los corazones.  Las filas para entrar regresaron y... apareció la actriz. En lugar de la escena de muerte, la protagonista debatía su existencia  entre el amor a Dios y el amor terreno. Las caras no estaban del todo contentas, ellos querían que la abnegada mujer  fuera feliz en brazos de un hombre como ellos, pero eso sería muy condescendiente con su auditorio. Después de unos apasionados escarceos  amorosos, donde se sucedían los cambios de voz,  las lágrimas y los adioses, vio que algunos ya habían echado los mocos de llanto, y de un giro brusco , cantó  un adiós al mundo, entonando con su maravillosa voz el Ave Maria.
La ovación, las gorras y "los bravos" retumbaban en el monte.   El arte había llegado al lugar. En una compañía unipersonal, la niña solitaria que llevaba en su corazón la alegría  de compartir a través del arte.

viernes, 18 de diciembre de 2009

LA ACTRIZ ( Primera parte )

La niña volaba por el aire, eso creía ella, tomada de una liana se hamacaba sobre el agua del río, iba y venía...
Los poetas para describir el color de la piel, utilizan palabras "ricas", tales como:  "amasada con aceituna y jazmín", "clavo y canela", "piel lechosa" o "piel de chocolate".  La piel de la niña, era como el fluir de todas ellas, con la tersura que da  la pureza y la infancia.  En su cabecita, brillaban las motas de su renegrido pelo, sus ojos tenían el mejor tostado, del café de su país, su pequeña nariz demostraba la ascendencia de una de las etnias que corrían por su sangre. Y sus dientes en fila, como las teclas de un piano, blancos y brillantes.

Este montoncito de energía, era libre y vivaz...y muy intuitiva.  La niña sabía que en ella había algo diferente, que hacía que todas las miradas la siguieran, donde quiera que fuese. Eso la ponía siempre en guardia, como los animalitos del monte, olfateaba el peligro. Por ello gustaba de andar sola, soñando aventuras, dibujando en la arena... inventando canciones. Ese mundo lleno de estímulos preparaban la mujer que sería.
El tiempo pasó...la niña sobrevivió a los avatares de su mundo primitivo, el desmonte y el progreso  transformaron las costumbres, trajeron oportunidades, y oportunistas.  Un día llegó un grupo de teatro representando una obra llamada TABARÉ, la historia de un indio, entre otras cosas, prisionero de la belleza que la mestización le dió a su existencia. La joven presenció la obra,  impresionada no dejaba de recordar las escenas, las recitaba a viva voz, dando pasos de baile, agitando sus manos, mientras servía las comidas en la fonda del pueblo. Desde un rincón, un parroquiano no dejaba de mirarla...
— Jovencita, ¿le gustaría viajar por el mundo representado obras de teatro?—, le dijo el hombre, mientras ella apoyaba el plato sobre su mesa. 

jueves, 17 de diciembre de 2009

LA MAESTRA DE CAMPO

Sentada bajo el aromo le gustaba respirar el olor de su leña al arder. La negra pava, entre las brasas, se quejaba con un suave lamento de burbujas. A sus pies, sus compañeros por generaciones, los perros. En las orejas y narices, brotaban rojas gotitas que dejaban las moscas al chuparles sangre. Por momentos, el cálido viento de la sierra la envolvía en una estela de humo; ella se quedaba quieta, dejándose acariciar. El llamado de la clueca a su prole le recordó sorber el mate que se enfriaba en su mano. Ese era su mundo -solitario de personas-, de mates y fritos.
Cuando tenía ganas de oir su voz,  le contaba a los perros de cuando ese patio de tierra era una nube de polvo, en los recreos con las risas y los juegos de sus niños.  Los días de sol, el aula era un  techito de cañizo; cuando llovía, la cocina del rancho, que olía a humo y a comidas rancias. Las fiestas patrias, más patrias que en ningún otro lugar; el mástil era una tacuara que todos los días ataban a un poste, desde donde la bandera aplaudía cuando el viento hacia  restallar su paño; del horno de barro que cocinó tantas empanadas, sólo quedaban algunos ladrillos que las gallinas tomaron como nidal.
Y, un día llegó la política y el progreso, honraron su trabajo, haciendo una escuela nueva, en el pueblo. A ella le dieron el retiro, por no encajar en los nuevos programas pedagógicos, su ancestral forma de enseñar. Los primeros días sacaba las sillas bajo el cañizo, y esperaba. Sus niños  vendrían;  la bandera en un rincón quedó para siempre. Los remedios caseros, que curaban los resfríos, se echaron a perder;  la grasa de iguana para algún chichón la derritió el verano; su farmacia de yuyos,  ya no tuvo clientes. A  la escuela se la tragó el tiempo; sólo resisten  en  pie el  aromo, y la maestra... que sigue esperando a sus niños, arrullada por el canto del viento, que en cada ráfaga se lleva una brizna  del alero del rancho.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

LA CALABAZA

La niña descalza caminaba bajo el tibio sol de la mañana. Tenía una rama  en la mano y mientras andaba iba dejando una larga  raya en el piso de tierra. Le gustaba cantar y  silbar cuando nadie la veía. Su hermano no sabía silbar, tampoco leer; se sentaban bajo el árbol del patio, con el libro UPA que encontró en un basural, y le mostraba las letras, solo deletreaba.  A ella le gustaba descubrir lugares,  siempre soñando con encontrar "algo", cualquier cosa, sólo por el gusto de encontrar. La ramita se trabó en un hoyo en el suelo,se curvó y se rompió.
Entró al campito que tenía enfrente, había algunos árboles y los  yuyos la cubrían, tanteando con los pies, apoyando suave la planta, se fue internando en el mágico verdor. Los pájaros de un árbol, asustados levantaron vuelo... ella quieta los miró. Sintió algo de temor y comenzó a silbar, separó los pastos, y sus ojitos brillaron. En el piso, extendiéndose como un río sinuoso, estaba una planta de calabaza. Se agachó acariciando el fruto que ya tenía buen tamaño; ella sabía que todavía le faltaba madurar. Antes de salir del yuyal, escudriñó y cuando estuvo segura que nadie la veía, salió.
Los dias de la niña cambiaron; todas las mañanas entraba al pastizal y acompañaba a "su" calabaza. Soñaba todas las formas ricas de comerla, y siempre se quedaba con la misma elección: dulce de calabaza como lo hacia abuelita, con cascaritas de naranjas, clavo y canela. Llegó el día; sus rayas verdes y amarillas brillaban al sol. Era tan larga que no podía alzarla, y pesada. No quería pedir ayuda, no quería compartir. La puso de "pie", la acomodó debajo de su bracito, la abrazó con el otro, y fue tirando.
Cuando la abuelita la vio, corrió en su ayuda y antes que la anciana preguntara, la niña dijo, "Abuelita la cuide para ti".  Sentados, bajo el árbol del patio, los niños degustaban el dulce en silencio, el libro de lectura esperaba abierto, en la página se leía, " mi mamá me mima",  " yo mimo a mi mamá".   La  abuela  los miraba,  sus ojos cansados guardaron el momento para siempre... un día feliz.

martes, 15 de diciembre de 2009

EL ORGANITO

Día  luminoso, con ese cielo celeste en el que una que otra nube blanca pasaba arreada por el viento de agosto. Las pocas personas que se veían en la calle apuraban el paso, apretando sus abrigos, escondiendo sus rostros en la bufanda.  El viento jugaba con las notas del viejo carrillón, subiendo y bajando el volumen según su dirección.  Los niños comenzaron a llegar a la esquina, buscaban con la mirada la música.   Sus aplausos y los gritos dieron la bienvenida al  trío musical; Cachito el loro, Pepino el músico y el Organito, la estrella... 
Pepino puso su gorra en el piso y comenzó a girar la manivela. El vals vienés llenó la mañana de suspiros. Luego abrió dos cajoncitos: uno contenía papelitos verdes; el otro, blancos; uno anunciaba la suerte en el amor, el otro en el dinero. A una orden de su amo, Cachito sacaba  un papelito "según le hablaba el oráculo a su plumífero oído", la "beneficiaria"  leía el mensaje, arrojaba una moneda en la gorra y corría su casa a comentar la buena nueva; nunca supe de malas noticias.   La solterona de la cuadra, a pesar de sus propinas cada vez más abundantes y de los buenos pronósticos,  seguía siendo su  mejor clienta en busca del amor.

Cuando las mujeres regresaron a sus quehaceres, Pepino guardó el loro, cerró los cajoncitos y con el viento, siguió su camino. Los buscadores de ilusiones ya esperaban en la otra cuadra. Cachito afilaba su  pico, espumaba sus plumas y limpiaba sus patitas. Pepino sentía cada vez más pesado el organillo,  quizás tendría que pedirle  a Cachito que le saque la suerte.

domingo, 13 de diciembre de 2009

EL COLCHONERO

El niño sentado en el suelo miraba en silencio; el hombre, con rítmico vaivén de su brazo hacía crecer la nube de lana espumada. Como todos los años, llegó el colchonero a renovar los colchones de lana. Con una gran tijera abrió el enorme vientre del colchón, mostrando sus entrañas de panes de lana amarillenta, que iba poniendo en la cardadora. Esta era una plancha de metal o madera, levemente cóncava, con púas enormes, fijas. Colgando sobre ella, de igual forma y púas, otra que se mecía hacia atrás y adelante, llevando los puñados de lana, rompiendo los pelmazos y nudos, en su ir y  venir, dejando caer como larga cabellera en un lienzo sobre el piso. Después, cortaba la tela nueva, el "cotin", y comenzaba a rellenarla, cosiendo con grandes agujas. Todo el día le llevaba hacer su trabajo.
Los niños contentos, hoy no dormirían siesta. Llegada la noche, las camas tendidas se veían mas altas. Los cuerpos buscaban inútilmente su forma fundida en el molde nocturno. Breve fue la búsqueda; rápidamente se relajaron, disfrutando el mullido abrazo del colchón nuevo.

¿Cómo sería el colchón del colchonero?
Hacedor de sueños tibios,
en el dulce descanso.

sábado, 12 de diciembre de 2009

LA NUTRIA

Los  dos hombres se internaban en los canales  del río. Iban descalzos, con un palo y un naife en la cintura,  sostenido por la faja negra de lana,   que resguardaba sus espaldas de los malos esfuerzos. Se movían con cautela, tratando de no agitar la corriente.         Uno de ellos, sintió el suave roce en sus pies descalzos debajo del agua, hizo una seña y  se quedaron inmóviles,  con el palo en alto.     La nutria  se sentía segura en el agua.    Pasaron unos minutos y salió a respirar.    El golpe llegó con la bocanada de aire.   Antes que el animal reaccionara, lo tomaron del cuello y le marcaron  la hermosa piel.
En la oscuridad de la noche sin luna, sintió en su mano el calor de la sangre.  Cuando  dejó de moverse la sacaron del agua, encendieron la linterna y comenzaron  a "cuerearla", con cuidado; la piel  se vendía muy bien en las barracas.     La  alegría iluminó sus rostros,  cuando notaron que era una madre a punto de parir (por eso se mantenía en el agua)...  Los nonatos  eran los más buscados,  por su carne tierna y  libre del sabor de los alimentos que comía su madre.    Pusieron en una bolsa el animal despostado, en otra los nonatos.    El cuero una vez limpio, en un tarro con agua.  
Llegaron al rancherío del bajo,  los primeros en recibirlos contentos y a los saltos, fueron los perros.  Vaciaron las bolsas,  y en ganchos de alambre colgaron las presas,  en cajones  cerrados con  tejido  fino, de algodón o metal bajo los árboles, bien alto para que no los coman los perros.   Estos se quedaban echados en celosa guardia, debajo.
Los hombres se asearon, arrojándose agua con un jarro, tomaron unos mates y se fueron contentos  a descansar, pensando en la venta de la mañana.  Sobre el lomo del perro goteaba la sangre. Este  esperaba la gota; apenas se derramaba sobre él,  pasaba  la lengua y seguía durmiendo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

MUSIRETA , en Cuatreros

La salamandra ardía en una llama viva, a través de la puerta de mica; su luz daba un color amarillento a las paredes. La lluvia mansa, resbalaba por el techo de chapa hasta la canaleta que desembocaba en  el aljibe, dónde, al caer,  hacía ecos de aguas jugando en el aire. Del camastro se veían los extremos; en uno un sombrero, en el otro,  un par de botas gastadas. A una le colgaba, como haciendo burla a los bailes de la llama, una lengua de suela descosida de su planta.   Musireta, debajo del sombrero suspiraba de gozo;  con esta lluvia nadie vendría a molestar.
Todos en el pueblo tendrían el mismo pensamiento..., eso creía, el pobre  policía de Villa Manuelita. Soñaba con la Navidad. Las explosiones lo hacían saltar en la cama. Por esquivar un buscapié dio un salto y despertó sentado en el piso; en la oscuridad miró a su alrededor, no  había nadie, era un sueño nomás. Terminó de pararse cuando una nueva explosión terminó de despertarlo, "¿será que es Navidad, nomás?".  Abrió la puerta  justo cuando pasó la primera vaca;  salió  a  la  noche lluviosa y vio la manada que venía ciega resbalando de una orilla a otra de la calle. 
La vaca es un animal al que le cuesta levantarse del barro y de los desniveles del terreno. Las que caían, los hombres que las arreaban, a los gritos y a los tiros, las dejaban.   Musireta tomó la carabina y salió. Al primer paso en el barro se  le llenó la bota de agua helada. Corrió y se puso enfrente del arreo disparando al aire, tratando que el ganado regresara sobre sus pasos. Los vecinos llegaban todos  disparando, apoyando al policía desde atrás. 
De pronto, una vaca se salió de la manada,  enloquecida por los tiros y los truenos.  Encaró al grupo, todos corrieron. Musireta no podía moverse, el barro le hacia sifón por el agujero de la bota y lo tenía pegado al piso. Cuando se dieron cuenta, los amigos regresaron y comenzaron a tirar del pobre hombre. La vaca en sul´ímpetu cayó de ancas y comenzó a derrapar, barriendo el piso con sus ubres. Mugiendo con su gran boca babosa abierta, venía hacia el grupo a gran velocidad y a la vez girando sobre si misma como un tío-vivo. Se escuchó un "gorgoteo", que anunciaba la salida del pie, justo cuando la vaca hizo, ¡PLAFF!, y terminó dentro de una pequeña laguna de lluvia..., quedaron las botas vacías,   tiesas, levemente separadas una de otra enterradas en el barro como la vaca. 
Las vacas caídas tapaban el paso a las que venían detrás. Los cuatreros abandonaron  el rodeo y huyeron en la lluvia torrencial. Comenzó la tarea de poner de pie al ganado, y después de semejante noche había fiesta en el pueblo. El homenajeado, con una sonrisa que mostraba su boca de piano, lucía sus botas brillantes y pegadas con cola. Por la fuerza de la costumbre, al bailar el primer  chamamé,  la bota soltó su lengua en muda carcajada.

ÁRBOL DE NAVIDAD

Escuche la corrida, mis piernas quedaron prisioneras de un par de brazos, por debajo de mis rodillas, una voz conocida gritó, "¡nonna  mía!". Sólo tenía que mirar para abajo, y estampar en esa frente un beso.  Esta vez Joaquín ganó la carrera, patitas cortas crecía. Los otros dos llegaron de atropellada, reclamando su beso. Acudieron a la cita como todos los años, felices, ruidosos, esperanzados en  la carta que escribirían al  niño Dios.  Subieron a un cuarto que hace a veces de depósito, donde se guardan, las cosas que sirven, pero no se usan.  Los primeros que bajaron la escalera fueron los globos de colores del árbol de navidad, rebotaban en el piso,  el perro quería morderlos a todos a la vez, enloqueciendo en el intento. El pequeñín bajaba con una rama de plástico en la mano, los otros dos luchaban con la caja, renegando de toda ayuda.
Entre discusiones y consultas, en ellos la cosa tomaba forma y color, la parte mas baja pertenecía al poseedor de dicha  medida, que iba y venía , colgando y descolgando adornos, aplaudiéndose cada vez. El perro jugaba  patas arriba con una cinta roja. Entre los tres la charla giraba en torno a  "la virgencita María", a "jesusito", a los que tuteaban contándole lo bien que se habían portado, besando cada imagen del pesebre.
Es un momento tan mágico, en que la Gracia se hace presente, debe ser, en el que cada año, Dios nos da otra oportunidad de redimirnos.
Terminada la obra, los cuatro nos sentamos a contemplarla, el árbol  venía medio escorado, tenía  más luces de un lado, las cintas brillantes parecían ahorcarlo. La parte inferior  tenía de todo, también el hueso de plástico de Oky, que de vez en cuando lo olía, como temiendo que alguien se lo robe, algún juguete de su dueño para el Niño. Esta es mi  Navidad..., tan serenamente bella, tan inmensa, en los ojos de mis nietos, tan llenos de Fe, reconociendo que el poder del Niño, todo lo puede.  
Si supieran.... que el Niño, también crecerá, como ellos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

AZÚCAR

En el bosque nemoroso, los claros de luna parecían rayos de sol penetrando la fronda. El hombre caminaba con recelo entre los árboles, tratando de llegar al final del bosque, donde veía el brillo de las vías y el convoy estacionado. El frío era intenso, la helada daba un color blanquecino a los pastos, que crujían al paso del farolero que mecía su farol al compás de una imaginaria melodía.
En la oscuridad las sombras iban en aumento, el grupo se reunió escuchando a su líder, y en grupos pequeños salieron a la luz, cruzaron el descampado ocupando su lugar entre los vagones. A la señal, con una barreta rompieron los sellos de seguridad, despacio, sin ruido, corrieron la pesada puerta. A la vista tenían las blancas y enormes bolsas, llenas de azúcar.
El desabastecimiento de productos de primera necesidad, como el azúcar, era un lujo que los hogares humildes no podían pagar. Solo tenían que llegar al bosque con una bolsa, nada más. Hicieron un alto para escuchar, el silencio era total, los guardias estaban muy celosos por los asaltos a las cargas con comestibles y casas de venta de alimentos. Pusieron la bolsa en el suelo, entre los cuatro tomaron los extremos, trataban de correr un trecho y se arrojaban al piso a descansar unos segundos, de esa forma ya divisaban  la oscuridad salvadora..., unos metros más y sus familias desayunarían dulcemente en la mañana. Lo primero que vieron fue el brillo de los caños, al  salir de la oscuridad...; lo último, el fogonazo que reventó sus rostros. Los ojos se llenaron de luz de luna, la dulzura de la sangre se mezclaba con el azúcar.
Cuando levantaron los cuerpos, quedó el azúcar... manchado de sangre. 

— Prendan fuego—, dijo el guardia con asco en la voz.

El  pueblo se lleno de olor a caramelo. La brisa se encargó de llevarlo a todos los rincones.

domingo, 6 de diciembre de 2009

GAUCHO- Primer ciudadano argentino

Hoy seis de diciembre se celebra, aquí en Argentina, el día del gaucho en homenaje a la primera edición del Martín Fierro. Desde este humilde lugar, quiero saludar a mis compañeros y compañeras de andanzas por los caminos de una Nación, que nunca valoro su historia, que lo considera un personaje de historieta y saca del olvido como nota de color para algún festejo.
El gaucho, hoy mas que nunca, representa la humillación histórica de un país que lo persiguió y lo negó como su real idiosincrasia. La base estructural de una cultura agraria y ganadera, la forjó el gaucho en su deambular por la pampa aregentina. Estableció lazos de unión con los dueños de la tierra, en una visión de futuro que, aún hoy, se les niega a los grupos indígenas. El gaucho argentino es uno de los primeros desaparecidos de estas tierras, el otro fue el indígena.
El Martin Fierro, la biblia del criollo, fue escrito por José Hernández. Es la historia de un gaucho que las injusticias sociales transformaron en matrero, en él encontramos dichos y refranes llenos de equidad, que resaltan las virtudes del personaje. A todos mis amigos GAUCHOS,  ¡feliz día!, y viva la Patria que no fue.

viernes, 4 de diciembre de 2009

MUSIRETA

Agosto, mes de vientos y heladas... de barriletes pintando el cielo. El descampado era una pista de despegue multicolor, esperaba turno en un enorme "cajón", con los colores de sus amores, el más codiciado por los chicos y el más difícil de hacer. La "estrella", descansaba , aun mirando el cielo, mientras una larga cola de trapo ataban a su armazón de caña, todos esperaban la ráfaga ideal para subir de un tirón. Los chicos sentados en el suelo, formaban grupos de hinchas por sus cometas, mientras en el cielo pintaban la tarde en una danza multicolor.
Esa era la hora en que los sueños volaban. El mágico momento fue roto por un ruido sordo que se acercaba, era el dínamo de la bicicleta de MUSIRETA, el único policía del pueblo, que por el brillo de la luz, casi incandescente, venía rápido. Algo había sucedido..., algunos chicos lo siguieron corriendo, y cada vez más curiosos se unían al cortejo. Ya casi todos amontonados por el cansancio, en una vuelta del camino, la bici patino en el guadal y allá fue MUSIRETA y el cortejo, todos enredados en una nube de tierra, el rodado en una loma con su luz parpadeando, cada vez más lento a medida se detenía su rueda.
Todos se culpaban por el accidente, juntaron sus pertenencias desparramadas en la colisión, zapatillas y gorras, se sacudieron el polvo, MUSIRETA monto y siguieron un trecho llegando a un rancho, donde esperaba una mujer llorando. Sólo el policía se acerco, el grupo silente y agitado esperaba. La mujercita se refugio en los brazos de un vecino, no queriendo mirar, todos se acercaron y vieron a un hombre, que reconocieron como el dueño de casa, en el piso con un arma de fuego, disparada en su boca. El oficial habló de modo que todos los presenten pudiesen oír,—todos son testigos que este hombre, el finado, se ha muerto por HOMICIDIO EN CARNE PROPIA— . Dicho esto agrego,— "se cierra el caso"—.
Los presentes levantaron el muerto y comenzaron a asearlo, luego con un trapo atado en su mollera cerraron su boca y lo acostaron en la cama, le cruzaron los brazos sobre el pecho y sobre sus ojos dos monedas, cerrándolos. Encendieron una vela y se retiraron. Esta vez el cortejo no llevaba apuro, desde la distancia los barriletes los llamaban desde las alturas agitando sus colas de trapos, el lucero de la tarde brillaba en su esplendor anunciando la gran helada de la noche, ya era hora de guardar los sueños.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

SEQUÍA

El sol en el cenit abrazaba todo con su luz . En el cielo sin nubes, los jotes bailaban la danza de la agonía, la vaca con su cuerpo flaco trataba de darle sombra al ternero, que prendido a sus ubres tironeaba y empujaba tratando de saciar su sed y hambre, la madre lo dejaba agotarse, así su muerte sería más rápido. Los pájaros en silencio respetaban el momento, refugiados en la copa de un árbol.
Toda la pampa seca, sin pastos y sin agua, estaba de luto, estaba quieta , nada se movía. Sólo un tractor araba la tierra, para así evitar que se formen dunas y se tornen infértiles. Bajaron las aves de carroña, posadas en los alambrados observaban, otros hacían el reconocimiento acercándose al posible cadáver con pasos cuidadosos, estando a centímetros comenzaban a agitar sus alas y dar pequeños revoloteos sobre la presa para ver si tenía vida. Los invitados al macabro festín, comenzaban a descender y a pelearse a picotazos, por un lugar de privilegio sobre el cadáver.
La vaca, madre de la víctima, miraba la escena con sus ojos resignados y vacíos. De pronto comenzó a alejarse tropezando y meneando su pesada cabeza , sus mugidos no tenían eco en ese lugar donde el tiempo se detuvo, en un verano eterno, devorando las aguadas. En la pampa ya no cantaba el "teru-teru". Las hojas del ombú , languidecían por falta de humedad, el ñandú ya no tenía refugio para su nidal y deambulaba bajo el sol, picoteando todo lo que brillara.
De noche se escuchaban las bandadas de patos que se movían en la oscuridad buscando la laguna, que se había evaporado. Al amanecer formaban escuadra y levantaban vuelo desorientados, pues acababan de llegar del frío, buscando agua y comida para anidar. La pampa estaba triste, sus habitantes emigraban o morían. Solo el agua producía el milagro de la vida, como una señal de alerta, la Naturaleza mostraba al hombre su dureza, pidiendo ayuda para contener la vida y mantener el equilibrio.

CANDELA (mi nieta)

La niña subida a una silla cantaba una canción de moda en los canales de cartoons. Mientras lavaba los platos, la espuma en una lenta marea blanca ya llegaba al piso, ella seguía con su canto, y su abuela sentada a su lado, cuidándola, se deleitaba con su voz. Terminada la tarea , ya en los brazos de la anciana, la niña se arrebujaba buscando el calor y el perfume que sólo encontraba en el pecho de su abuela. La anciana pensaba, de todos lo roles que le tocaron en la vida, este era su premio, acunar la inocencia sin apuros, mimarlos, mostrarles que tenemos cada día la cosecha del anterior, y así será siempre. Que momentos como estos, su corazón de mujer los va atesorar, hasta que llegue su tiempo de posta, y los pasará a otros que vendrán, como ella, buscando memoria para el futuro.
Por la tarde las dos salieron de compras, una, en su lento andar estiraba el paso, para ir a la par, la otra saltaba las baldosas blancas y pisaba las negras, de pronto la niña le recordó, "Qué lindo pasaremos por casa de María".
La anciana buscó en su memoria y dijo "¿María?¿qué María"?.
La niña la miró, "¡Abu", "la virgencita María!"
Llegaron y la niña se paró enfrente de la imagen, "Dale abu, vos decí, que yo hago".
Mientras una decía..."En el nombre del Padre"...., y la otra se signaba la cruz, repitiendo lentamente las palabras.
Que secreta venganza es la del tiempo que se lleva los recuerdos, porqué la condición humana es tan frágil, qué mente cósmica se nutre de memorias..., no importa, el instante vivido nadie lo llevará.
***

martes, 1 de diciembre de 2009

SIDA... y yo te amo

Quiero dejar este día mi pequeña huella, en todos aquellos corazones, cuerpos, ciencia y fe que los une en el dolor y la esperanza, en su lucha valiente contra el SIDA y sus ESTIGMAS.
Tengo afectos en amigos y familia que luchan con ustedes, todos. Contra la pacateria, los falsos dirigentes sociales y religiosos, que esconden sus miserias detrás de críticas faltas de caridad y verdad. Queridos amigos estoy con ustedes, si bien no puedo cambiar las conciencias aberrantes, puedo unirme a sus voces y gritar juntos, por un futuro sin mentiras y religiones que contengan los espíritus, y no, que los arrojen del paraíso prometido. Los abrazo en la esperanza.

lunes, 30 de noviembre de 2009

LA YERRA

Día frío y soleado, los sulkis llegaban en fila con sus mejores caballos atados a sus varas, eran las familias de la zona, los paisanos, algunos con su compañera enancada y abrazada a su cintura, lucían las galas de domingo. Los autos, brillantes y bulliciosos, hacían su entrada lenta, para no espantar a los caballos, que aun así, caracoleaban mansamente haciendo lucir sus jinetes. También estaban los que llegaban caminando. Todos, llevaban en sus rostro apuro por llegar y la risa bulliciosa de un día de fiesta.
Los caballos y los autos se dejaban a la sombra de los tamarindos, los primeros con la cincha floja , para que descansen. En los corrales estaba la acción, los peones abrían las tranqueras y salían los terneros corriendo; otro, los esperaba con el lazo en el aire y al momento pialaba sus patas, corría dominándolo en el piso, lo apretaba con su rodilla en las costillas y rápidamente, con un pequeño cuchillo, abría la piel que cubría sus jóvenes testículos. Los tomaba entre sus manos antes que el animal los "esconda", con un rápido movimiento los cercenaba, arrojando un puñado de tierra sobre la herida, para detener el sangrado, en ese momento asentaban el hierro de marca de propiedad, una densa humareda salía del cuero quemado del animal, que pegaba un salto y salía buscando la libertad.
Las creadillas se arrojaban a un tarro que tenía agua y sal, de donde el asador los sacaba y tiraba en una enorme parrilla, y los visitantes se servían cuando estos estaban asados.
Bajo los árboles añosos estaban las mesas con blancos manteles, que la briza movía como llamando a los comensales, sobre ellas las ensaladas, las carnes, los encurtidos, de la lejana tierra trasplantada en sus costumbres, a esta , la estancia El Picaflor. En otra mas alejada, estaban los vinos, las aguas dulces y los postres. En grandes canastos todas las frutas de la época.
A la media tarde, terminada la faena de corrales, las familias rodeaban las mesas, sentados en sillas o en el pasto, comenzaban a volar los recuerdos por los distintos grupos filiales y las canciones a capela en su idioma inolvidable volaban por el aire recogiendo lagrimones. Los niños corrían y jugaban, ignorantes de su herencia ancestral. El frío de agosto ya dominaba la tarde, el sol con sus largos brazos radiados quería aferrarse a las montañas, pero la oscuridad venía empujando a la luz, hacia las antípodas.

jueves, 26 de noviembre de 2009

FIESTA EN EL CONVENTILLO (última parte)

Era la media noche y el baile estaba de lo mejor. Una nube, mezcla de humo y polvo opacaba las luces, las botellas vacías rodaban por el piso entre los pies de los bailarines. El murmullo silenció la música cuando entró Amancio Millan, los bailarines dejaron la pista; los miró a todos en silencio, arrojó el pucho que tenía entre los labios y dijo con voz firme, "¿Anda por aquí, alguien que se hace llamar el TAITA Acevedo?, mientras decía, cruzó el brazo derecho detrás de la cintura, y el acero encandiló la noche. Justo por detrás, donde el farol no alumbraba, una voz contestó el llamado, "¡P'a servirlo Don!". Lentamente giró Amancio Millán, cuatro brazas se miraban templando los aceros; el TAITA vació su vaso de carlon y chinchivira y atacó de sorpresa; Amancio con el brazo en alto paró el planazo y giró cortando el aire, el cuchillo sangró el brazo izquierdo del TAITA, ésto lo enfureció y arremetió de frente chocando con el filo, que le abrió el pómulo.
El odio y la humillación de haber sido herido en la cara, lo perdieron. Quedaron los cuchillos trabados en el aire cortando el silencio, los dos cuerpos temblaban, se despegaron los aceros en un salto hacia atrás, como rebotando en el aire se encontraron en un cruce, resbalando los aceros, uno hacia arriba, fue a herir la noche, el otro hacia abajo, se bañó de sangre. Quietos los hombres se miraron cara a cara, solo cuando el TAITA comenzó a arrodillarse, Amancio retiró su daga, miró a los presentes, y en el mismo silencio que llegó, salió y se perdió en la noche.
LLegó la policia, como nadie sabia nada, se llevaron el muerto. Arrojaron tierra sobre la sangre derramada, sonó el clarinete y siguió el bailongo. ¡Aquí..., no ha pasado nada!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

FIESTA EN EL CONVENTILLO- ( primera parte)

Es la hora en que la noche comienza a devorar el día. Gran movimiento en el conventillo, doña Clota , la propietaria, vestida con un batón floreado, medio ruedo descocido,enchancletando unas zapatillas que dejaban a la vista sus talones percudidos por varias capas de callos secos y partidos, regaba el amplio patio con un balde en una mano, mientras con la otra arrojaba el agua caminando de un lado al otro. Tarareaba un tango siguiendo el compás con la cabeza , los ruleros atados desde la mañana comenzaban a aflojarse, pareciendo títeres saltando, festejando el canto. Los árboles de paraíso arrojaban su flor celeste, las barredoras agitaban las escobas haciendo montoncitos que otro iba juntando, las guirnaldas con lámparas de colores cruzaban el patio, las sillas de metal rodeaban la "pista" de baile y los fuentones de latón con barras de hielo, ya enfriaban el vino carlón y la chinchivira, refresco de la época de sabor naranja que mezclaban con el vino.
LLega la noche, y con ella los músicos. Las madres con sus hijas venían temprano para tener lugar cerca de la orquesta, el chiquerio rodeaba el escenario improvisado, una cama sobre la que pusieron tablones, para que el elástico no se hunda y de un árbol colgaron un farol, para que los músicos puedan leer los atriles. Sonó el clarinete acompañado de una guitarra y los tangos de la guardia vieja llenaron de música el conventillo, comenzó el bailongo. Las parejas enredaban sus piernas en ochos y firuletes mostrando su arte, en estos bailes se hablaba poco, todos tenían historias silenciosas, los hombres se entendían con la mirada, las damas con mohines. Estos eran bailes de alcurnia en la barriada, solo estaba lo mas granado del malevaje. Era común que brillaran los cuchillos en las noches de baile, en los encuentros se cobraban deudas olvidadas que el alcohol traía de regreso, la vida se jugaba en la punta de un facón , que todos tenían como arma de trabajo y de defensa. Que tiempos aquellos donde la honra de una persona no se ponía en duda, y si la había se limpiaba con sangre.

PIJAMADA

El ladrido y los saltos de alegría de Oky anunciaban que la procesión estaba llegando. Empujaron la puerta como si fuera batiente, y se estrelló en la pared.
El primero que entró venía de pijama y pantuflas, de corderito (en esos piecitos debe hacer una temperatura caribeña), en la cabeza un casco, que debió ser un juego de mineros, o algo parecido, ya que tenía una luz de linterna.
La segunda, hizo una entrada silenciosa, como ella, toda suave. Traía un sombrero de bruja con pequeñas luces, si tocabas un botón, se prendían y apagaban en un rápido parpadeo de colores, un negro vestido y una blusa de su mamá, y las botas negras de goma; en la mano una escoba de juguete y en la otra una muñeca, su preferida, traía un ojo cerrado y el otro fijo sin pestañear, en un asombro permanente.
El tercero, gritando que lo esperen en su media lengua, había echo un alto en el camino, estaba dejando los pañales, y de su celeste slip caía un chorrito como el de la fuente. Cuando quiso correr, patinó con su ojota de goma, con lo que tomó una velocidad inusitada, cayendo en los prontos brazos de su nonna. Traía un sombrero de trapo, un antifaz y el escurridor de piso, compañero de la escobita que traía su hermana.
Eran mis invitados a la pijamada de esa noche. Los últimos en entrar fueron sus padres, todos querían merienda, yo conociendo mi majada ya estaba preparada: palito helado, ese y no otro, con chocolate para Joaquín, licuado de banana para Lucas y gelatina de frutilla para Candela. Los mayores mate con torta de la abuela. Mientras tomaba mi mate, disfrutaba mi cosecha. Uno rayaba la pared con chocolate, al otro el licuado se le había tornado algo marrón por el calor y lo dejaría, beneficiario el perro, quien ya comía las lombrices y gusanos de frutilla que caían de la copa de la bruja.
Como amo la vida que me da mi familia... con problemas, necesidades, luchas por llegar a sus metas. Trato de mostrarles sin palabras, que sin amor nada es posible, sin fantasía tampoco.

martes, 24 de noviembre de 2009

EL CORTEJO

Había nevado la noche anterior, los techos de las casas del pueblo competían con la blancura de las sierras circundantes, sólo que de éstos salía un humo blanco, que el viento sur dejaba en sus laderas como una capa de nubes.
En la cochería ya habían sacado los negros caballos de sus boxes, estaban atados a una argolla con una corta reata, uno al lado del otro. El peón de cuadra comenzó a prepararlos, cepilló sus bellos lomos, espumó sus crines, desenredó sus largas colas y limpió las lagañas que deja la cama de aserrín, donde se echan. Ellos se adormecían con las caricias de los cepillos, le toca el turno a las patas, luego a sus manos (las dos delanteras), y por último pone sobre sus cascos grasa oscurecida, que brillan haciendo juego en el conjunto. Luego, con un largo plumero saca el polvo de la alta carroza fúnebre, verifica que donde va el ataúd, TITI, la gata , no haya olvidado ningunas de sus crías. Por el olor no se preocupaba, sabía que no habría quejas. Colgó los ganchos extras en el portacoronas, el fallecido era "importante", tendría muchas flores. Llevarían tres carrozas de acompañantes, en lugar de una, sacudió las cortinillas de las puertas, limpió los asientos, y las cerró.
A las cinco de la tarde, la hora preferida de Lorca para las tragedias, comenzó el triste desfile, los caballos llevaban en sus cabezas un tocado de plumas negras enormes, que a su paso la briza agitaba, dándole solemnidad al conjunto, detrás las flores y detrás los dolientes. Cinco carrozas marchaban, el silencio era roto por los cascos de lo caballos sobre el asfalto... y las tortas de guano de los caballos, que al tocar el suelo estallaban, soltando su verde aroma, y se llevaban en los zapatos los vecinos que venían caminando, detrás del cortejo. Una larga fila de vecinos miraba desde las veredas, las amas de casa recogían su delantal, en señal de respeto, los hombres se quitaban la gorra, ambos se santiguaban.
De pronto los caballos detuvieron su marcha, azuzo las riendas desde el pescante el conductor de negra galera, siguieron... A la media cuadra, otra vez, esta uso el látigo suavemente. La cara del conductor se ponía roja cada parada de los caballos. La gente venía distraída y se chocaban unos a otros, preguntando que sucedía. El cortejo siguió entre arranque y parada hasta su morada final. Regresaban las carrozas al corralón, el cochero los vio arriba de los naranjos de la vereda, los niños de la escuela. Mientras unos miraban, los del árbol hacían "sssshhh", y los caballos se detenían, se adelantaban unos metros, y lo mismo. El próximo cortejo, los caballos no se detuvieron, llevaban algodones en las orejas. En el cementerio reinaba la tristeza..., las almas cruzaban el portal temerosas y sin la sonrisa del adiós .

domingo, 22 de noviembre de 2009

SAFAC

Los niños venían apurados mirando el cielo. De vez en cuando, tropezaban y adelantaban varios metros a los saltos por no caer, pero no detenían su marcha. Por fin, llegaron a su casita donde su abuela ya tenía las tazas listas, la mesa de la merienda con el pan untado de manteca y espolvoreado con azúcar. Dejaron los inmaculados guardapolvos en una silla, se asearon y los tres se sentaron en animada charla. Los niños miraban de reojo el reloj de pared, la abuelita preguntaba de la escuela y los deberes, mientras endulzaba la leche, la probaba con la cuchara, si estaba caliente la enfriaba pasándola de una taza a la otra. Como todas las tardes, salieron a jugar con sus amiguitos, que ya los esperaban... Todos mirando al cielo, buscando con la vista. De pronto, uno de los niños grito, "¡allá viene!", y todos saltaron de alegría, agitando los brazos, tomándose entre ellos y gritando, "¡llegó safac, llegó safac!". El pequeño avión comenzó hacer rulos en el aire, mientras el humo que largaba por la cola formaba la palabra "safac", que los niños iban deletreando con sus ojitos asombrados, esperando ver fuego salir con el humo, "don safac" arrojándose en paracaídas, y todos ellos auxiliándolo, dándole alojamiento en sus casas.
Pero eso no sucedía, terminada la palabra, daba un gran giro y la remataba con una gran rúbrica todo a lo largo. Se acaba el humo y el avión se va a otros niños, otros sueños, que esperan que "safac" los convierta en héroes. SAFAC era un paquete color azul-celeste de yerba mate, escrito con letras blancas, igual a las del humo con la palabra SAFAC. Hoy ya no existe, los niños son ancianos , el humo se fue con safac, y vientos extraños los hicieron desaparecer. En el cielo sólo hay un gran agujero...

sábado, 21 de noviembre de 2009


Unos ojitos que te cuiden... mientras viajas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

EL AUTO


Por estos lares en diciembre hace muuucho calor…, hay hogares donde el primer plato, sin considerar el clima, es una rica sopa todos los días, menos el domingo. Los almuerzos eran verdaderos baños turcos entre el humo de los platos y el sudor de los comensales. Había cierto apuro por terminar y salir al patio a comer la fruta bajo los árboles. Sentados en los viejos bancos de piedra de un antiguo asador, mi abuelita pelaba las naranjas por turno. Mientras comíamos, ella con un repasador espantaba las moscas con movimientos cada vez más lentos. La suave brisa jugaba con sus cabellos de plata y el frescor la adormecía acunada por el canto de los pájaros.


Uno de esos domingos, ruidos extraños rompieron el silencio, los pájaros callaron y de pronto levantaron vuelo. Salimos corriendo por la calle polvorienta, el sol nos quemaba los pies descalzos y llegamos a la esquina donde la sombra de un árbol nos dio alivio. De pronto, apareció a lo lejos un auto nunca visto, en el pueblo había muy pocos, detrás corrían los niños y algunos paisanos de a caballo, otros en bicicletas. El conjunto, envuelto en una gran nube de polvo, avanzaba aturdido por la enorme bocina en el techo del auto de la que salía la voz de un hombre anunciando el candidato de las próximas elecciones, alternando con "la marcha". La rareza del auto consistía que en lugar de baúl para equipaje, tenía un asiento desde donde dos personas arrojaban volantes que los niños se peleaban por tener. Regresaron agotados de correr, con las manos llenas de “promesas” y la cara embarrada de tierra y sudor. Mientras la abuela preparaba el mate cocido, oía a los niños discutir por los papeles y se sonreía, pensando que eso era lo único que los gobiernos les habían dado siempre: promesas y papeles.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

HOGAR

El caserío brillaba con su vestido de lluvia, de alguna chimenea salía un lento humo que de frío apenas se movía por el aire. Los dos niños caminaban con cautela tomados de la mano, dándose mutuo equilibrio, en la otra mano llevaban el lápiz y una goma de borrar. El cuaderno estaba protegido de la lluvia debajo de la ropa; los zapatitos, con la punta cortada para que no les apriete los dedos, debajo del brazo, y caminaban dando algún que otro resbalón.
Llegaron felices al calor del humilde rancho donde la abuelita los esperaba, prontamente les saco la ropa mojada y las extendió en un cordón cerca del bracero, donde ya se olían los camotes y las naranjas asándose. Con una toalla sobre los hombros, se sentaron a su alrededor esperando con paciente avidez sus porciones, que amorosamente la anciana repartía con equidad. Solo se oía el crepitar del pabilo cuando alguna brisa, colada por los agujeros de las paredes de chapa, agitaba su llama. Las sombras de los tres bailaban a su compás, y en el piso el perrito aquerenciado comía las cáscaras.
El amor no se siente... el amor se vive. En la humilde cama se oía la voz de la abuela con los rezos de la noche que los niños repetían, dando gracias por la bendición de la comida y el hogar que tenían. El perrito dio su último bostezo y se acomodó sobre los pies de los tres. Las brasas dieron su último calor, sólo la vela seguía haciendo bailar las sombras con su música silente.

domingo, 15 de noviembre de 2009

LA PROPALADORA -.Publicada el 15/11/2009

El canto del teru-teru anunciaba el alba y a su eco se unía la naturaleza entera, en ese pueblo de campaña en donde la vida se hacía a trabajo cada día. A las siete llamaban a misa las campanas que se escuchaban en todo el pueblo por los altavoces de la propaladora. Los negocios abrían sus puertas, sus dueños y ocasionales clientes, mientras hacían sus compras, contestaban al cura en la propaladora. A todo esto el cura incitaba al pueblo, por el mismo medio, a que sea mas ferviente en sus respuestas, como si los tuviese enfrente y mirase a los ojos a todos y cada uno. Se los veía en la cola del banco, en la feria de hacienda, a los barrenderos, a las fámulas barriendo las veredas, y a todo caminante hablando solo, respondiendo a la propaladora.
Cuando terminaba la misa, seguían los avisos comunitarios, tales como: "dice Juancito de la estancia el Picaflor que lo esperen en la tranquera a la seis de la tarde", o, "la comadre Juana que prepare la clueca que Alarico le lleva los huevos de la pava ", y entre mensajes y música la mágica voz se metía en todos los rincones del pueblo uniendo a sus habitantes. Los días de viento, éste se llevaba las voces alejándolas del pueblo, de pronto las regresaba aturdiendo a los más cercanos y se las volvía a quitar en un remolino de tierra, como jugando a las escondidas.
Al atardecer se daban las necrológicas, el momento en que todos dejaban sus tareas para el descanso y les daba el tiempo para despedir al vecino. Por la mañana, y hasta la hora del responso en la iglesia, sólo se oía música sacra, las campanas tañían a muerte hasta que regresaba la carroza del cementerio. La propaladora callaba su voz hasta el próximo día, en que todo volvía a comenzar.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Regreso Feliz-

Queridos amigos , queridos todos, recién me conectan a la red....- Mis nietitossssssssss tiraron una jarra de jugo de manzana sobre el módem,para colmo dentro de tres horas tengo que viajar, trataré de estar un ratito con cada uno que se llegó a mi casita de blog. 
El lunes si Dios me presta la vida, aquí estaré. Los visitaré y regalaré alguna de mis historias del pasado, mientras, el presente me espera con un asado de cabrito, postres y buen maridaje. ¡Viva la vida!!! ¡A vivir que se acaba el agua!

sábado, 7 de noviembre de 2009

EL TORO

El camión regador avanzaba, el ronroneo de su motor se dejaba oír, todos los días cuando el disco rojo se zambullía detrás de las montañas . A su paso por las barriadas, se incorporaban niños a la procesión que ya venía detrás disfrutando de la fresca lluvia que tiraban los regadores. Eran como esos pajaritos del campo que en los charcos se bañan agitando sus alas, a medida que se alejaba se iba renovando el chiquerío que saludaban a los gritos al sonriente conductor. A esa hora, cuando el olor de tierra mojada se esparcía por el pueblo, la gente se sentaba en las veredas bajo los naranjos amargos, en los floridos patios, debajo de los parrales, con su servicio de mate, su diario o simplemente por estar estando.
El anciano profesor, como todas las tardes, se aprestaba a leer el periódico, mientras una niña le servía el mate. La niña sentada en una sillita baja de esteras entrelazadas, él en su viejo y cómodo sillón. Ya se oía el griterío que anunciaba el paso del regador, los niños pasaron gritando saludos a su maestro, a su paso dejaron frescura y silencio, alguna abeja extraviada pasaba zumbando, el mate iba y venía. De pronto, las voces y los ruidos estaban cada vez más cerca, la niña curiosa recorrió el largo parral hasta la entrada... Asustada, con los ojos desorbitados y la boca inútilmente abierta, pues no emitía sonido, pasó raudamente hacia el interior tirando todo a su paso, detrás de la niña un monstruo bufante oscureció la entrada, patinando sobre el piso de lajas se acercaba dando tumbos y bramidos de furia y miedo, hasta que el viejo tronco de la parra detuvo bruscamente su viaje, quedando con su cabezota babeante, negros ojos desorbitados y agitado aliento, a los pies del anciano. Éste había perdido el diario y los espejuelos, las manos apretaban los brazos del sillón... Ambos se miraron.
De pronto, llegó la turba que corría al toro a quien, aprovechando su incomoda posición, enlazaron fácilmente y lo llevaron a su lugar de escape, el matadero. Mientras aseguraban las cuerdas, el toro ya vencido, había dado muestras del valor de su vida. El anciano, juntando sus pertenencias del piso, no podía olvidar esa mirada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

ANTÁRTIDA

Aquí en la Antártida la humedad ambiental es casi cero, los incendios por la sequedad y la pureza del aire son una amenaza constante. Los grupos de tareas en el exterior se alistan para salir al viento constante, que barre la nieve dejando en algunos lugares las rocas a la vista. La tarea vital del día es "hacer" HAGUA. Algunas bases extranjeras tienen plantas desalinadoras del agua de mar; aquí no, la "fabrica" era un embudo gigante donde se arrojaban enormes trozos de hielo, se los derretía dándoles calor y el hielo se cortaba con grandes sierras.
Los científicos salen a recoger muestras de suelo, agua de mar, grosor y calidad de nieve y lo más importante fósiles. Antártida en su historia geológica-climática fue , según los restos, un paraíso de vida vegetal y fauna marina, se encuentran en su suelo colmillos de tiburón, conchillas y caracoles, grandes árboles petrificados... También los estudios atmosféricos con sondas de medición de valores son de rutina. Alejados de las construcciones están los grandes depósitos de gas y combustibles que se reponen una vez al año cuando llega el barco.
El frío es tal que el vapor de la respiración se congela. Los baños funcionan a gas, son de acero inoxidable, dentro tienen algo así como un gasificador donde caen las excreciones, al bajar la tapa se incineran. En este tiempo, se construía la pista de aterrizaje que hoy existe.
Regresando en el tiempo, las primeras dotaciones vivieron verdaderas odiseas, que como esta prepararon el camino para la siguiente, por tratados internacionales están prohibidas las armas en todo el territorio el antártico.
El inmenso Hercules C-130, abrió su gran boca, los enormes calentadores subieron y tiraban el aire dentro, otros dos calentaban los helados motores para poder encenderlos, ya en vuelo veía ese continente blanco, los puntitos naranjas agitaban sus brazos y una bandera argentina. Llevábamos los correos para sus familias. Recuerdos... Este viejo corazón no olvida los latidos que lo ataron por siempre a ese grupo de valientes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

ANTARTIDA - Primera parte -

El enorme avión giraba por segunda vez sobre el mar congelado, buscando la luz de la llamas de aceites encendidas en tambores, todo a lo largo de la precaria pista. Cuando el hábil piloto las vio, tiró enseguida el avión, pues la pista no era muy larga y terminaba donde comenzaba el mar; o sea, el aterrizaje era de una... Se bajo la rampa del transporte, y los amigos subieron ansiosos de un abrazo. Era la primera tripulación en seis meses, las voces se oían todas a la vez con algún llanto entremezclado, los uniformes naranjas por fin se calmaron y comenzó la descarga de provisiones, medicamentos,encomiendas personales y el correo. Al fin, bajamos todos en fila india, y tomados de una cuerda que nos guiaba, encaramos la ventisca y llegamos a la cálida barraca.
En esa época la dotación era mínima, cocinero, telegrafista (es la central de correo argentino más austral), médico, científicos y el resto de personal, todos voluntarios por un año en la base. En cada aposento se encontraba un rincón con diferentes geografías: los banderines de sus equipos de futbol, las fotos de sus seres queridos, sus mascotas, en fin, todo aquello que los mantenía unidos al continente. Por las noches, acudían los recuerdos de días de sol -aquí solo unas tres horas de débil reflejo-, la mesa familiar, los hijos, los ruidos citadinos, todo cobraba un valor diferente en la sensibilidad de estos hombres. Durante la cena, las guitarras, la tertulia renovada en las voces recién llegadas y paseándose por la mesa, comiendo las migas, "algo" colorado con patas y un pico voraz... "Se llama Pepe", dijo alguien, y el pájaro sin plumas se detuvo y nos miraba con la misma desconfianza. Llegaron las explicaciones, a falta de sol se le cayeron las plumas, que según algunos no recuperaría nunca, es así como conocí el primer pájaro sin plumas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Las Flores de Noviembre

Hoy los jazmines de noviembre llegaron a mi patio, tan blancos, tan puntuales. Pensé que por el cambio climático y la sequía demorarían su llegada, pero aquí están. Me sorprendieron esta mañana con sus pétalos abiertos, ¿será que ellos como nosotros tienen una rutina que cumplir? ¡Es una planta tan generosa en sus frutos! Las novias de mis hijos todas fueron homenajeadas con sus flores. Ahora mis nietos las llevan a sus maestras, menos patitas cortas, mi nieto Joaquín, que se las come. Siempre digo, este debe traer un gen recesivo de los bárbaros.
Las flores de noviembre me recuerdan a mi abuela, todos los días me daba el agua jabonosa del lavado de ropa para que la tire en el almacigo de las calas. Siempre abrían su corola para el día de los muertos y los santos. Eran las calas más grandes y bonitas del pueblo, temprano las cortaba y ponía en jarrones altos que llevaba al cementerio. La jornada de celebraciones obituarias comenzaba temprano, partíamos los nietos con mi abuela y las calas, las llaves del panteon familiar y los elementos de limpieza, llegábamos y ya en las puertas del cementerio estaba armada una gran carpa gris , con sus fogones esperando a los visitantes. Mientras uno de nosotros rezaba el rosario, los otros limpiaban el sótano y los ataúdes bajo la dirección y mirada de abuelita, nunca olvidare el olor de los panteones,es una mezcla de cemento fresco, cadáver y flores. Eran dos días muy agotadores, para los niños que nos turnábamos en el rezo de rosarios y responsos; y para los deudos, que se sentaban en las puertas de los panteones, como si fuese un domicilio en el que estaban de visita. Salían a comer a la carpa y retornaban con su digestión a cuestas, quedando tiesos sobre las sillas, mientras los niños seguíamos con los" Santa Maria"...
Terminada la celebración regresábamos todos a los pupilajes en el ómnibus que nos trasladaba siempre; primer parada las niñas, los varones seguían hasta el próximo pueblo. El ómnibus regresaría por nosotros para las vacaciones de Navidad. Eran tiempos en que se valoraba el regreso al hogar y a la familia, tiempo de trasplante de las costumbres y hábitos familiares que perpetuarían los pueblos originarios y sus familias típicas.

martes, 3 de noviembre de 2009

Entre chivitos


La Historia de Buck

Hoy les voy a contar la historia de Buck.Como todas las mañanas, hacía mi caminata matinal, era una mañana gris y por la noche la lluvia había sido bastante, así una brisa fría recorría el bosquecillo. El piso cubierto de hojas mojadas, despedían un olor dulzón y la ramas al moverse dejaban caer sobre mi cabeza gris las gotas de la noche; los pájaros aturdían con sus trinos festejando el clima. En el bosque bullía la vida. A mis años, ya había vivido todas las estaciones, por ello sabía que la noche de hoy ya anunciaba su rigor. En estos pensamientos relajados andaba, cuando un sonido diferente llamo mi atención. La búsqueda me llevó a un montoncito de hojas, me quedé quieta mirando y esperando, sí... el montón de hojas gemía, con el pie fui descubriendo poco a poco y ¡oh sorpresa! Una "cosa" algo peluda, de color indefinido, se movía apenas. Temblaba, y cuando más me acercaba, más chillaba. Su aroma era otra que desagradable presencia de conjunto.
Con el móvil llamé a la veterinaria, que ahora atendía a mi amiguito en casa. Su diagnóstico no era alentador: sarna, desnutrición, un ojito ciego (de una patada, quizás del humano que lo tiró a la calle), y postración por la tristeza y el abandono. La joven profesional, apenada, comentaba el problema que representa el abandono de mascotas, la proliferación de enfermedades , la reproducción sin control, la mestización que altera las razas y el carácter de los animales, haciéndolos peligrosos. Puso al perrito en un canasto y le dio el nombre de Buck, quien ya lamía la mano de la médica, tratando de abrir los ojitos pegados por la enfermedad.
Segui haciendo mis caminatas pensando en Buck. Hoy iríamos con Oki, mi perro, a visitarlo a su terapia, con una capita para su lomo flaco y un collar con su nombre "Buck".

domingo, 1 de noviembre de 2009

el Espinel

El ruido de los remos golpeando la canoa retumbaba en el río, avanzaba lentamente, los mosquitos tendieron una nube sobre el conjunto, el hombre sin inmutarse oteaba el horizonte, el sol teñía de rojo el paisaje. Detuvo el bote y comenzó a encarnar los anzuelos con carnadas diferentes, los acomodó en la popa de la canoa y lentamente siguió remando, mientras el largo espinel se iba sumergiendo por su propio peso, siguió en linea recta y tiro el ancla con la boyita, donde ató el extremo de la línea de pesca. Era casi la noche cuando subió la canoa a la costa, a unos metros de su rancho de chorizo, de adobe y paja. Se escuchaba el ruido de las pinzas de algunos cangrejos enamorados y el ladrido de los perros dándole la bienvenida. Se sentó en una pila de tres ladrillos y arrojo una resaca al fuego, cuando el agua estuvo a punto, cebo su mate amargo, y rogaba que algún pacú, alguna tararira, boga, un pequeño surubí o algún doradito extraviado por la corriente, bajen y encuentren el espinel.
El día anterior la venta fue muy pobre, no hay pique les decía a sus humildes clientas del rancherio y salió con un medio mundo, un artilugio de pesca con red, y les trajo algunas mojarritas para la fritanga de la noche. Cuando el río crece, los peces no pican por la cantidad de comida que trae el agua. En la caña que tenía clavada en la orilla, todos los días media la altura del río. Cuando miró, vio la marca que iba dejando el agua al bajar. Regreso silbando bajito una chamarrita, por temor a alejar los peces, pensando por donde iniciaría el recorrido a la mañana después de recoger el espinel. El silbido ya sonaba a pleno con los compases de un chamame que, con las mejores alpargatas, bailaría con su guaina el domingo. En los ecos del río se oía un silbido, que la brisa llevaba remontando el Paraná.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ferrocarril

El bosque de eucalipto era tan denso, que jugábamos a las escondidas en él. Tan grande, que nunca imaginé llegar al otro lado. Teníamos como límite, para no perdernos dentro, el zanjón enorme que lo separaba del camino, y que me costaba mucho cruzar por su profundidad. Cuando nos sentíamos perdidos, buscábamos la luz del sol, brillante en la verde oscuridad y corríamos hacia ella gambeteando los árboles.
Ahora, en la distancia del tiempo, veo esa luz en el sentido inverso..., cada vez me adentro más en la verde oscuridad. Recuerdo esas siestas de verano, aburridos, recorriendo los rieles de las vías haciendo equilibrio con los brazos abiertos, las charlas inconclusas, el miedo a la "zolapa", personaje siniestro que aparecía a esa hora y se llevaba a los que no dormían. Nos sentábamos a orillas de los rieles a mirar las máquinas hacer maniobras y enganchar los vagones, esperando ser testigos de una catástrofe, o ver al farolero aplastado cuando enganchaba la larga fila de cargueros. Cuando éste se iba, corríamos y cambiábamos todas las palancas de señales que indicaban los ramales, teníamos loco al pobre haciendo girar su farol, verde-rojo, rojo-verde. Lo que más nos divertía era cuando traían para enganchar los vagones de pasajeros, subíamos y los recorríamos buscando objetos olvidados. Nunca encontramos nada. Los antiguos boletos eran de cartones de colores vivos y numerados, esas eran nuestras figuritas. Por un rato soñábamos, en viajes a lugares que todavía hoy no hemos llegado. También estaban las "zorritas",  pequeño vehículo que se impulsaba subiendo y bajando entre dos personas una palanca. Nos costaba mucho moverlo, con él recorrían las vías. Fue una gran alegría, el día en que un guardia nos llevo hasta el paso a nivel a colgar la bandera roja.
Recuerdos de aquellos días, siempre de sol. ¿Qué habrá sido del farolero?¿qué casa de antiguedades tendrá su farol? El maquinista que siempre se asomaba a saludarnos cuando pasaba , el foguista con su cara negra de palear carbón... tengo la misma sensacion del tren que pasa y nos deja en el anden envueltos en su estela de humo negro.

jueves, 29 de octubre de 2009

El Gordo

Después de tomar "la leche", la merienda, los chicos del humilde caserío se juntaban a jugar en el campito, que entre todos mantenían limpio. En la copa del árbol, que estaba a un costado de la canchita, tenían la choza en la que guardaban tesoros escondidos. Como hojas de diarios con la foto de sus ídolos de fútbol; una lata vacía con dos bolones de acero, con los que chantaban las bolitas de los "enemigos" haciéndolas estallar; un barrilete hecho con papel de diario y que por cola tenía los trapos que robaban de la casa; algunos chicles usados, escasos en el barrio, y que se turnaban en masticar; una cortaplumas rota y dos trompos de madera con sus piolines.
Hacía frío esa tarde, y los chicos venían apurados pues tenían el partido con los "enemigos". Ya en la choza se sacaron las zapatillas y con las medias de todos, algunas muy rotas, hicieron la pelota con la que jugarían el primer tiempo; en el segundo, el otro equipo pondría su pelota. También en esa época, el menos apto para jugar iba en el arco y como la pelota casi nunca llegaba a ninguno de los dos, los arqueritos se entretenían jugando a su vez a la payana o a la tapadita con las figuritas. Cada uno en su arco, el arquero era el "gordo" de la barra, y los goles que le hacían eran siempre con "trampa". Él era la estrella siempre, al que había que esperar cuando disparaban de una "situación" urgente, hacerle pie para trepar a cualquier lado más alto que él, ayudarlo con los deberes y compartir con él las pocas cosas ricas que conseguían. El gordo era el gordo, era ese amigo que todos cuidan; no sabía pelear, no sabía jugar, era la propiedad mas preciada del grupo, su corazón y su bondad nos unía.
La vida nos fue llevando lejos; el gordo quedó en el barrio, ya no tenía los amigos y el mundo y la vida fueron minando su alegría de vivir y de querer. Un día remontó vuelo en aquel barrilete de papel barato y no regresó. Como nosotros, los tres palos del arco se quedaron solos.

Entre Chivitos

Entre Chivitos

Mateando

Mateando
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