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miércoles, 19 de agosto de 2009

Mosaicos con nombres

Salí de la plaza de los naranjos caminando sin rumbo, paseando, dejando que el tiempo vivido regresara lentamente a mi memoria ya algo lenta. A cada paso miraba la punta de mis zapatos, respiraba hondo el aire puro de ese microclima, que según dicen las gentes del lugar, prolonga la vida. En definitiva, era lo que me trajo buscar la magia del tiempo. De tanto mirar hacia abajo, encontré la nueva alameda, era bella, aunque desconocida para estos ojos, los nuevos árboles prometían robustez y lozanía. Al pie de los mismos, algo llamó mi atención, era un bello mosaico en el que había grabado un nombre. Seguí recorriendo todo el paseo y en todos estaba el mosaico con distintos nombres.
Cuando llegue a la casa, pregunté por esos nombres escritos, tan hermosamente decorados. La encargada contó que, como el municipio no tenía medios para reforestar la plaza, pidió a los vecinos que cada niño nacido tendría un árbol con su nombre que lo recordaría siempre como habitante del pueblo, al que debía cuidar mientras viviera en el lugar. Pensé en el tamaño que tendrían nuestros árboles si estuviesen en ese paseo, y la dulce nostalgia de antaño, de juventud, me invadió.

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