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miércoles, 24 de junio de 2009

Sueños


El viento mecía los trigales, y en su vaivén parecían aguas de color oro, agitadas. Los niños corrían entre ellos como si nadasen agitando brazos y cabezas, contentos sus padres por la promesa de una gran cosecha, que solucionaría todos sus problemas para enfrentar el invierno, y sus necesidades. Además,  porque ,siempre cuando llegaban al pueblo en su vieja carreta toda la familia, los demas vecinos sabian que la cosecha se pudo levantar y con ese dinero pagarian sus deudas y además, darían un paseo conociendo los nuevos habitantes, que llegan en primavera a radicarse buscando un futuro. Mientras jugaban en el trigal, los niños comentaban entre ellos qué cosas pedirían a sus padres. “Yo quiero muchos dulces y chocolates”, decía el más pequeño; “yo ya tengo edad para usar armas, voy a pedir a papá que me regale su vieja escopeta para cazar conejos”; y la niña, “ yo quiero un vestido todo blanco y con un gran lazo”, al rato también agregó un sombrero al atuendo. Cuando el sol ya se escondía en el horizonte, los niños cansados emprendieron el regreso.
Hacía mucho calor, y traían pajas de trigo en los cabellos. Su madre los recogió a los tres, como un ave, entre sus brazos, que semejaban alas protegiéndolos, Sintiendo el olor de su madre, mezcla de jabón, comida y ese olor tan particular que tienen las mamás en su pecho, y que nunca olvidamos. Cenaron contentos y muy alegres haciendo planes, el padre por el contrario, solitario, pegaba a su oreja una pequeña radio destartalada. La mamá acostó a los niños y el padre salió afuera para asegurar las ventanas. Junto a las aves de corral, se quedó un rato fumando su pipa y, cuando escucho el primer trueno, se fue a acostar.
No pasó mucho y despertaron todos asustados por el ruido del viento y la lluvia. Los animales inquietos hacían mucho ruido. La madre con sus niños, y el padre con su pipa caminando por la casa temiendo que entrase agua, el árbol gigante del corral se cayó con gran estrepito. Los niños comenzaron a llorar hasta que se durmieron otra vez. Cuando despertaron ya estaba la luz del sol, les llamo la atención el silencio. De pronto los tres dijeron, “ seguro que fueron al pueblo a vender la cosecha y nos sorprenderán con los regalos”
La mala hora llegó. La madre ya no levantó los brazos, sin fuerzas, para rodearlos, sólo miraba el suelo sin moverse, el padre recorría caminando sobre las mieses destrozadas por el granizo y el viento. La sagrada infancia, de los tres niños, miraba sin entender la frase que dice “si quieres ver a dios reír, cuéntale tus planes”.

Entre Chivitos

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Mateando

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