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lunes, 30 de noviembre de 2009

LA YERRA

Día frío y soleado, los sulkis llegaban en fila con sus mejores caballos atados a sus varas, eran las familias de la zona, los paisanos, algunos con su compañera enancada y abrazada a su cintura, lucían las galas de domingo. Los autos, brillantes y bulliciosos, hacían su entrada lenta, para no espantar a los caballos, que aun así, caracoleaban mansamente haciendo lucir sus jinetes. También estaban los que llegaban caminando. Todos, llevaban en sus rostro apuro por llegar y la risa bulliciosa de un día de fiesta.
Los caballos y los autos se dejaban a la sombra de los tamarindos, los primeros con la cincha floja , para que descansen. En los corrales estaba la acción, los peones abrían las tranqueras y salían los terneros corriendo; otro, los esperaba con el lazo en el aire y al momento pialaba sus patas, corría dominándolo en el piso, lo apretaba con su rodilla en las costillas y rápidamente, con un pequeño cuchillo, abría la piel que cubría sus jóvenes testículos. Los tomaba entre sus manos antes que el animal los "esconda", con un rápido movimiento los cercenaba, arrojando un puñado de tierra sobre la herida, para detener el sangrado, en ese momento asentaban el hierro de marca de propiedad, una densa humareda salía del cuero quemado del animal, que pegaba un salto y salía buscando la libertad.
Las creadillas se arrojaban a un tarro que tenía agua y sal, de donde el asador los sacaba y tiraba en una enorme parrilla, y los visitantes se servían cuando estos estaban asados.
Bajo los árboles añosos estaban las mesas con blancos manteles, que la briza movía como llamando a los comensales, sobre ellas las ensaladas, las carnes, los encurtidos, de la lejana tierra trasplantada en sus costumbres, a esta , la estancia El Picaflor. En otra mas alejada, estaban los vinos, las aguas dulces y los postres. En grandes canastos todas las frutas de la época.
A la media tarde, terminada la faena de corrales, las familias rodeaban las mesas, sentados en sillas o en el pasto, comenzaban a volar los recuerdos por los distintos grupos filiales y las canciones a capela en su idioma inolvidable volaban por el aire recogiendo lagrimones. Los niños corrían y jugaban, ignorantes de su herencia ancestral. El frío de agosto ya dominaba la tarde, el sol con sus largos brazos radiados quería aferrarse a las montañas, pero la oscuridad venía empujando a la luz, hacia las antípodas.

jueves, 26 de noviembre de 2009

FIESTA EN EL CONVENTILLO (última parte)

Era la media noche y el baile estaba de lo mejor. Una nube, mezcla de humo y polvo opacaba las luces, las botellas vacías rodaban por el piso entre los pies de los bailarines. El murmullo silenció la música cuando entró Amancio Millan, los bailarines dejaron la pista; los miró a todos en silencio, arrojó el pucho que tenía entre los labios y dijo con voz firme, "¿Anda por aquí, alguien que se hace llamar el TAITA Acevedo?, mientras decía, cruzó el brazo derecho detrás de la cintura, y el acero encandiló la noche. Justo por detrás, donde el farol no alumbraba, una voz contestó el llamado, "¡P'a servirlo Don!". Lentamente giró Amancio Millán, cuatro brazas se miraban templando los aceros; el TAITA vació su vaso de carlon y chinchivira y atacó de sorpresa; Amancio con el brazo en alto paró el planazo y giró cortando el aire, el cuchillo sangró el brazo izquierdo del TAITA, ésto lo enfureció y arremetió de frente chocando con el filo, que le abrió el pómulo.
El odio y la humillación de haber sido herido en la cara, lo perdieron. Quedaron los cuchillos trabados en el aire cortando el silencio, los dos cuerpos temblaban, se despegaron los aceros en un salto hacia atrás, como rebotando en el aire se encontraron en un cruce, resbalando los aceros, uno hacia arriba, fue a herir la noche, el otro hacia abajo, se bañó de sangre. Quietos los hombres se miraron cara a cara, solo cuando el TAITA comenzó a arrodillarse, Amancio retiró su daga, miró a los presentes, y en el mismo silencio que llegó, salió y se perdió en la noche.
LLegó la policia, como nadie sabia nada, se llevaron el muerto. Arrojaron tierra sobre la sangre derramada, sonó el clarinete y siguió el bailongo. ¡Aquí..., no ha pasado nada!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

FIESTA EN EL CONVENTILLO- ( primera parte)

Es la hora en que la noche comienza a devorar el día. Gran movimiento en el conventillo, doña Clota , la propietaria, vestida con un batón floreado, medio ruedo descocido,enchancletando unas zapatillas que dejaban a la vista sus talones percudidos por varias capas de callos secos y partidos, regaba el amplio patio con un balde en una mano, mientras con la otra arrojaba el agua caminando de un lado al otro. Tarareaba un tango siguiendo el compás con la cabeza , los ruleros atados desde la mañana comenzaban a aflojarse, pareciendo títeres saltando, festejando el canto. Los árboles de paraíso arrojaban su flor celeste, las barredoras agitaban las escobas haciendo montoncitos que otro iba juntando, las guirnaldas con lámparas de colores cruzaban el patio, las sillas de metal rodeaban la "pista" de baile y los fuentones de latón con barras de hielo, ya enfriaban el vino carlón y la chinchivira, refresco de la época de sabor naranja que mezclaban con el vino.
LLega la noche, y con ella los músicos. Las madres con sus hijas venían temprano para tener lugar cerca de la orquesta, el chiquerio rodeaba el escenario improvisado, una cama sobre la que pusieron tablones, para que el elástico no se hunda y de un árbol colgaron un farol, para que los músicos puedan leer los atriles. Sonó el clarinete acompañado de una guitarra y los tangos de la guardia vieja llenaron de música el conventillo, comenzó el bailongo. Las parejas enredaban sus piernas en ochos y firuletes mostrando su arte, en estos bailes se hablaba poco, todos tenían historias silenciosas, los hombres se entendían con la mirada, las damas con mohines. Estos eran bailes de alcurnia en la barriada, solo estaba lo mas granado del malevaje. Era común que brillaran los cuchillos en las noches de baile, en los encuentros se cobraban deudas olvidadas que el alcohol traía de regreso, la vida se jugaba en la punta de un facón , que todos tenían como arma de trabajo y de defensa. Que tiempos aquellos donde la honra de una persona no se ponía en duda, y si la había se limpiaba con sangre.

PIJAMADA

El ladrido y los saltos de alegría de Oky anunciaban que la procesión estaba llegando. Empujaron la puerta como si fuera batiente, y se estrelló en la pared.
El primero que entró venía de pijama y pantuflas, de corderito (en esos piecitos debe hacer una temperatura caribeña), en la cabeza un casco, que debió ser un juego de mineros, o algo parecido, ya que tenía una luz de linterna.
La segunda, hizo una entrada silenciosa, como ella, toda suave. Traía un sombrero de bruja con pequeñas luces, si tocabas un botón, se prendían y apagaban en un rápido parpadeo de colores, un negro vestido y una blusa de su mamá, y las botas negras de goma; en la mano una escoba de juguete y en la otra una muñeca, su preferida, traía un ojo cerrado y el otro fijo sin pestañear, en un asombro permanente.
El tercero, gritando que lo esperen en su media lengua, había echo un alto en el camino, estaba dejando los pañales, y de su celeste slip caía un chorrito como el de la fuente. Cuando quiso correr, patinó con su ojota de goma, con lo que tomó una velocidad inusitada, cayendo en los prontos brazos de su nonna. Traía un sombrero de trapo, un antifaz y el escurridor de piso, compañero de la escobita que traía su hermana.
Eran mis invitados a la pijamada de esa noche. Los últimos en entrar fueron sus padres, todos querían merienda, yo conociendo mi majada ya estaba preparada: palito helado, ese y no otro, con chocolate para Joaquín, licuado de banana para Lucas y gelatina de frutilla para Candela. Los mayores mate con torta de la abuela. Mientras tomaba mi mate, disfrutaba mi cosecha. Uno rayaba la pared con chocolate, al otro el licuado se le había tornado algo marrón por el calor y lo dejaría, beneficiario el perro, quien ya comía las lombrices y gusanos de frutilla que caían de la copa de la bruja.
Como amo la vida que me da mi familia... con problemas, necesidades, luchas por llegar a sus metas. Trato de mostrarles sin palabras, que sin amor nada es posible, sin fantasía tampoco.

martes, 24 de noviembre de 2009

EL CORTEJO

Había nevado la noche anterior, los techos de las casas del pueblo competían con la blancura de las sierras circundantes, sólo que de éstos salía un humo blanco, que el viento sur dejaba en sus laderas como una capa de nubes.
En la cochería ya habían sacado los negros caballos de sus boxes, estaban atados a una argolla con una corta reata, uno al lado del otro. El peón de cuadra comenzó a prepararlos, cepilló sus bellos lomos, espumó sus crines, desenredó sus largas colas y limpió las lagañas que deja la cama de aserrín, donde se echan. Ellos se adormecían con las caricias de los cepillos, le toca el turno a las patas, luego a sus manos (las dos delanteras), y por último pone sobre sus cascos grasa oscurecida, que brillan haciendo juego en el conjunto. Luego, con un largo plumero saca el polvo de la alta carroza fúnebre, verifica que donde va el ataúd, TITI, la gata , no haya olvidado ningunas de sus crías. Por el olor no se preocupaba, sabía que no habría quejas. Colgó los ganchos extras en el portacoronas, el fallecido era "importante", tendría muchas flores. Llevarían tres carrozas de acompañantes, en lugar de una, sacudió las cortinillas de las puertas, limpió los asientos, y las cerró.
A las cinco de la tarde, la hora preferida de Lorca para las tragedias, comenzó el triste desfile, los caballos llevaban en sus cabezas un tocado de plumas negras enormes, que a su paso la briza agitaba, dándole solemnidad al conjunto, detrás las flores y detrás los dolientes. Cinco carrozas marchaban, el silencio era roto por los cascos de lo caballos sobre el asfalto... y las tortas de guano de los caballos, que al tocar el suelo estallaban, soltando su verde aroma, y se llevaban en los zapatos los vecinos que venían caminando, detrás del cortejo. Una larga fila de vecinos miraba desde las veredas, las amas de casa recogían su delantal, en señal de respeto, los hombres se quitaban la gorra, ambos se santiguaban.
De pronto los caballos detuvieron su marcha, azuzo las riendas desde el pescante el conductor de negra galera, siguieron... A la media cuadra, otra vez, esta uso el látigo suavemente. La cara del conductor se ponía roja cada parada de los caballos. La gente venía distraída y se chocaban unos a otros, preguntando que sucedía. El cortejo siguió entre arranque y parada hasta su morada final. Regresaban las carrozas al corralón, el cochero los vio arriba de los naranjos de la vereda, los niños de la escuela. Mientras unos miraban, los del árbol hacían "sssshhh", y los caballos se detenían, se adelantaban unos metros, y lo mismo. El próximo cortejo, los caballos no se detuvieron, llevaban algodones en las orejas. En el cementerio reinaba la tristeza..., las almas cruzaban el portal temerosas y sin la sonrisa del adiós .

domingo, 22 de noviembre de 2009

SAFAC

Los niños venían apurados mirando el cielo. De vez en cuando, tropezaban y adelantaban varios metros a los saltos por no caer, pero no detenían su marcha. Por fin, llegaron a su casita donde su abuela ya tenía las tazas listas, la mesa de la merienda con el pan untado de manteca y espolvoreado con azúcar. Dejaron los inmaculados guardapolvos en una silla, se asearon y los tres se sentaron en animada charla. Los niños miraban de reojo el reloj de pared, la abuelita preguntaba de la escuela y los deberes, mientras endulzaba la leche, la probaba con la cuchara, si estaba caliente la enfriaba pasándola de una taza a la otra. Como todas las tardes, salieron a jugar con sus amiguitos, que ya los esperaban... Todos mirando al cielo, buscando con la vista. De pronto, uno de los niños grito, "¡allá viene!", y todos saltaron de alegría, agitando los brazos, tomándose entre ellos y gritando, "¡llegó safac, llegó safac!". El pequeño avión comenzó hacer rulos en el aire, mientras el humo que largaba por la cola formaba la palabra "safac", que los niños iban deletreando con sus ojitos asombrados, esperando ver fuego salir con el humo, "don safac" arrojándose en paracaídas, y todos ellos auxiliándolo, dándole alojamiento en sus casas.
Pero eso no sucedía, terminada la palabra, daba un gran giro y la remataba con una gran rúbrica todo a lo largo. Se acaba el humo y el avión se va a otros niños, otros sueños, que esperan que "safac" los convierta en héroes. SAFAC era un paquete color azul-celeste de yerba mate, escrito con letras blancas, igual a las del humo con la palabra SAFAC. Hoy ya no existe, los niños son ancianos , el humo se fue con safac, y vientos extraños los hicieron desaparecer. En el cielo sólo hay un gran agujero...

sábado, 21 de noviembre de 2009


Unos ojitos que te cuiden... mientras viajas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

EL AUTO


Por estos lares en diciembre hace muuucho calor…, hay hogares donde el primer plato, sin considerar el clima, es una rica sopa todos los días, menos el domingo. Los almuerzos eran verdaderos baños turcos entre el humo de los platos y el sudor de los comensales. Había cierto apuro por terminar y salir al patio a comer la fruta bajo los árboles. Sentados en los viejos bancos de piedra de un antiguo asador, mi abuelita pelaba las naranjas por turno. Mientras comíamos, ella con un repasador espantaba las moscas con movimientos cada vez más lentos. La suave brisa jugaba con sus cabellos de plata y el frescor la adormecía acunada por el canto de los pájaros.


Uno de esos domingos, ruidos extraños rompieron el silencio, los pájaros callaron y de pronto levantaron vuelo. Salimos corriendo por la calle polvorienta, el sol nos quemaba los pies descalzos y llegamos a la esquina donde la sombra de un árbol nos dio alivio. De pronto, apareció a lo lejos un auto nunca visto, en el pueblo había muy pocos, detrás corrían los niños y algunos paisanos de a caballo, otros en bicicletas. El conjunto, envuelto en una gran nube de polvo, avanzaba aturdido por la enorme bocina en el techo del auto de la que salía la voz de un hombre anunciando el candidato de las próximas elecciones, alternando con "la marcha". La rareza del auto consistía que en lugar de baúl para equipaje, tenía un asiento desde donde dos personas arrojaban volantes que los niños se peleaban por tener. Regresaron agotados de correr, con las manos llenas de “promesas” y la cara embarrada de tierra y sudor. Mientras la abuela preparaba el mate cocido, oía a los niños discutir por los papeles y se sonreía, pensando que eso era lo único que los gobiernos les habían dado siempre: promesas y papeles.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

HOGAR

El caserío brillaba con su vestido de lluvia, de alguna chimenea salía un lento humo que de frío apenas se movía por el aire. Los dos niños caminaban con cautela tomados de la mano, dándose mutuo equilibrio, en la otra mano llevaban el lápiz y una goma de borrar. El cuaderno estaba protegido de la lluvia debajo de la ropa; los zapatitos, con la punta cortada para que no les apriete los dedos, debajo del brazo, y caminaban dando algún que otro resbalón.
Llegaron felices al calor del humilde rancho donde la abuelita los esperaba, prontamente les saco la ropa mojada y las extendió en un cordón cerca del bracero, donde ya se olían los camotes y las naranjas asándose. Con una toalla sobre los hombros, se sentaron a su alrededor esperando con paciente avidez sus porciones, que amorosamente la anciana repartía con equidad. Solo se oía el crepitar del pabilo cuando alguna brisa, colada por los agujeros de las paredes de chapa, agitaba su llama. Las sombras de los tres bailaban a su compás, y en el piso el perrito aquerenciado comía las cáscaras.
El amor no se siente... el amor se vive. En la humilde cama se oía la voz de la abuela con los rezos de la noche que los niños repetían, dando gracias por la bendición de la comida y el hogar que tenían. El perrito dio su último bostezo y se acomodó sobre los pies de los tres. Las brasas dieron su último calor, sólo la vela seguía haciendo bailar las sombras con su música silente.

domingo, 15 de noviembre de 2009

LA PROPALADORA -.Publicada el 15/11/2009

El canto del teru-teru anunciaba el alba y a su eco se unía la naturaleza entera, en ese pueblo de campaña en donde la vida se hacía a trabajo cada día. A las siete llamaban a misa las campanas que se escuchaban en todo el pueblo por los altavoces de la propaladora. Los negocios abrían sus puertas, sus dueños y ocasionales clientes, mientras hacían sus compras, contestaban al cura en la propaladora. A todo esto el cura incitaba al pueblo, por el mismo medio, a que sea mas ferviente en sus respuestas, como si los tuviese enfrente y mirase a los ojos a todos y cada uno. Se los veía en la cola del banco, en la feria de hacienda, a los barrenderos, a las fámulas barriendo las veredas, y a todo caminante hablando solo, respondiendo a la propaladora.
Cuando terminaba la misa, seguían los avisos comunitarios, tales como: "dice Juancito de la estancia el Picaflor que lo esperen en la tranquera a la seis de la tarde", o, "la comadre Juana que prepare la clueca que Alarico le lleva los huevos de la pava ", y entre mensajes y música la mágica voz se metía en todos los rincones del pueblo uniendo a sus habitantes. Los días de viento, éste se llevaba las voces alejándolas del pueblo, de pronto las regresaba aturdiendo a los más cercanos y se las volvía a quitar en un remolino de tierra, como jugando a las escondidas.
Al atardecer se daban las necrológicas, el momento en que todos dejaban sus tareas para el descanso y les daba el tiempo para despedir al vecino. Por la mañana, y hasta la hora del responso en la iglesia, sólo se oía música sacra, las campanas tañían a muerte hasta que regresaba la carroza del cementerio. La propaladora callaba su voz hasta el próximo día, en que todo volvía a comenzar.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Regreso Feliz-

Queridos amigos , queridos todos, recién me conectan a la red....- Mis nietitossssssssss tiraron una jarra de jugo de manzana sobre el módem,para colmo dentro de tres horas tengo que viajar, trataré de estar un ratito con cada uno que se llegó a mi casita de blog. 
El lunes si Dios me presta la vida, aquí estaré. Los visitaré y regalaré alguna de mis historias del pasado, mientras, el presente me espera con un asado de cabrito, postres y buen maridaje. ¡Viva la vida!!! ¡A vivir que se acaba el agua!

sábado, 7 de noviembre de 2009

EL TORO

El camión regador avanzaba, el ronroneo de su motor se dejaba oír, todos los días cuando el disco rojo se zambullía detrás de las montañas . A su paso por las barriadas, se incorporaban niños a la procesión que ya venía detrás disfrutando de la fresca lluvia que tiraban los regadores. Eran como esos pajaritos del campo que en los charcos se bañan agitando sus alas, a medida que se alejaba se iba renovando el chiquerío que saludaban a los gritos al sonriente conductor. A esa hora, cuando el olor de tierra mojada se esparcía por el pueblo, la gente se sentaba en las veredas bajo los naranjos amargos, en los floridos patios, debajo de los parrales, con su servicio de mate, su diario o simplemente por estar estando.
El anciano profesor, como todas las tardes, se aprestaba a leer el periódico, mientras una niña le servía el mate. La niña sentada en una sillita baja de esteras entrelazadas, él en su viejo y cómodo sillón. Ya se oía el griterío que anunciaba el paso del regador, los niños pasaron gritando saludos a su maestro, a su paso dejaron frescura y silencio, alguna abeja extraviada pasaba zumbando, el mate iba y venía. De pronto, las voces y los ruidos estaban cada vez más cerca, la niña curiosa recorrió el largo parral hasta la entrada... Asustada, con los ojos desorbitados y la boca inútilmente abierta, pues no emitía sonido, pasó raudamente hacia el interior tirando todo a su paso, detrás de la niña un monstruo bufante oscureció la entrada, patinando sobre el piso de lajas se acercaba dando tumbos y bramidos de furia y miedo, hasta que el viejo tronco de la parra detuvo bruscamente su viaje, quedando con su cabezota babeante, negros ojos desorbitados y agitado aliento, a los pies del anciano. Éste había perdido el diario y los espejuelos, las manos apretaban los brazos del sillón... Ambos se miraron.
De pronto, llegó la turba que corría al toro a quien, aprovechando su incomoda posición, enlazaron fácilmente y lo llevaron a su lugar de escape, el matadero. Mientras aseguraban las cuerdas, el toro ya vencido, había dado muestras del valor de su vida. El anciano, juntando sus pertenencias del piso, no podía olvidar esa mirada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

ANTÁRTIDA

Aquí en la Antártida la humedad ambiental es casi cero, los incendios por la sequedad y la pureza del aire son una amenaza constante. Los grupos de tareas en el exterior se alistan para salir al viento constante, que barre la nieve dejando en algunos lugares las rocas a la vista. La tarea vital del día es "hacer" HAGUA. Algunas bases extranjeras tienen plantas desalinadoras del agua de mar; aquí no, la "fabrica" era un embudo gigante donde se arrojaban enormes trozos de hielo, se los derretía dándoles calor y el hielo se cortaba con grandes sierras.
Los científicos salen a recoger muestras de suelo, agua de mar, grosor y calidad de nieve y lo más importante fósiles. Antártida en su historia geológica-climática fue , según los restos, un paraíso de vida vegetal y fauna marina, se encuentran en su suelo colmillos de tiburón, conchillas y caracoles, grandes árboles petrificados... También los estudios atmosféricos con sondas de medición de valores son de rutina. Alejados de las construcciones están los grandes depósitos de gas y combustibles que se reponen una vez al año cuando llega el barco.
El frío es tal que el vapor de la respiración se congela. Los baños funcionan a gas, son de acero inoxidable, dentro tienen algo así como un gasificador donde caen las excreciones, al bajar la tapa se incineran. En este tiempo, se construía la pista de aterrizaje que hoy existe.
Regresando en el tiempo, las primeras dotaciones vivieron verdaderas odiseas, que como esta prepararon el camino para la siguiente, por tratados internacionales están prohibidas las armas en todo el territorio el antártico.
El inmenso Hercules C-130, abrió su gran boca, los enormes calentadores subieron y tiraban el aire dentro, otros dos calentaban los helados motores para poder encenderlos, ya en vuelo veía ese continente blanco, los puntitos naranjas agitaban sus brazos y una bandera argentina. Llevábamos los correos para sus familias. Recuerdos... Este viejo corazón no olvida los latidos que lo ataron por siempre a ese grupo de valientes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

ANTARTIDA - Primera parte -

El enorme avión giraba por segunda vez sobre el mar congelado, buscando la luz de la llamas de aceites encendidas en tambores, todo a lo largo de la precaria pista. Cuando el hábil piloto las vio, tiró enseguida el avión, pues la pista no era muy larga y terminaba donde comenzaba el mar; o sea, el aterrizaje era de una... Se bajo la rampa del transporte, y los amigos subieron ansiosos de un abrazo. Era la primera tripulación en seis meses, las voces se oían todas a la vez con algún llanto entremezclado, los uniformes naranjas por fin se calmaron y comenzó la descarga de provisiones, medicamentos,encomiendas personales y el correo. Al fin, bajamos todos en fila india, y tomados de una cuerda que nos guiaba, encaramos la ventisca y llegamos a la cálida barraca.
En esa época la dotación era mínima, cocinero, telegrafista (es la central de correo argentino más austral), médico, científicos y el resto de personal, todos voluntarios por un año en la base. En cada aposento se encontraba un rincón con diferentes geografías: los banderines de sus equipos de futbol, las fotos de sus seres queridos, sus mascotas, en fin, todo aquello que los mantenía unidos al continente. Por las noches, acudían los recuerdos de días de sol -aquí solo unas tres horas de débil reflejo-, la mesa familiar, los hijos, los ruidos citadinos, todo cobraba un valor diferente en la sensibilidad de estos hombres. Durante la cena, las guitarras, la tertulia renovada en las voces recién llegadas y paseándose por la mesa, comiendo las migas, "algo" colorado con patas y un pico voraz... "Se llama Pepe", dijo alguien, y el pájaro sin plumas se detuvo y nos miraba con la misma desconfianza. Llegaron las explicaciones, a falta de sol se le cayeron las plumas, que según algunos no recuperaría nunca, es así como conocí el primer pájaro sin plumas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Las Flores de Noviembre

Hoy los jazmines de noviembre llegaron a mi patio, tan blancos, tan puntuales. Pensé que por el cambio climático y la sequía demorarían su llegada, pero aquí están. Me sorprendieron esta mañana con sus pétalos abiertos, ¿será que ellos como nosotros tienen una rutina que cumplir? ¡Es una planta tan generosa en sus frutos! Las novias de mis hijos todas fueron homenajeadas con sus flores. Ahora mis nietos las llevan a sus maestras, menos patitas cortas, mi nieto Joaquín, que se las come. Siempre digo, este debe traer un gen recesivo de los bárbaros.
Las flores de noviembre me recuerdan a mi abuela, todos los días me daba el agua jabonosa del lavado de ropa para que la tire en el almacigo de las calas. Siempre abrían su corola para el día de los muertos y los santos. Eran las calas más grandes y bonitas del pueblo, temprano las cortaba y ponía en jarrones altos que llevaba al cementerio. La jornada de celebraciones obituarias comenzaba temprano, partíamos los nietos con mi abuela y las calas, las llaves del panteon familiar y los elementos de limpieza, llegábamos y ya en las puertas del cementerio estaba armada una gran carpa gris , con sus fogones esperando a los visitantes. Mientras uno de nosotros rezaba el rosario, los otros limpiaban el sótano y los ataúdes bajo la dirección y mirada de abuelita, nunca olvidare el olor de los panteones,es una mezcla de cemento fresco, cadáver y flores. Eran dos días muy agotadores, para los niños que nos turnábamos en el rezo de rosarios y responsos; y para los deudos, que se sentaban en las puertas de los panteones, como si fuese un domicilio en el que estaban de visita. Salían a comer a la carpa y retornaban con su digestión a cuestas, quedando tiesos sobre las sillas, mientras los niños seguíamos con los" Santa Maria"...
Terminada la celebración regresábamos todos a los pupilajes en el ómnibus que nos trasladaba siempre; primer parada las niñas, los varones seguían hasta el próximo pueblo. El ómnibus regresaría por nosotros para las vacaciones de Navidad. Eran tiempos en que se valoraba el regreso al hogar y a la familia, tiempo de trasplante de las costumbres y hábitos familiares que perpetuarían los pueblos originarios y sus familias típicas.

martes, 3 de noviembre de 2009

Entre chivitos


La Historia de Buck

Hoy les voy a contar la historia de Buck.Como todas las mañanas, hacía mi caminata matinal, era una mañana gris y por la noche la lluvia había sido bastante, así una brisa fría recorría el bosquecillo. El piso cubierto de hojas mojadas, despedían un olor dulzón y la ramas al moverse dejaban caer sobre mi cabeza gris las gotas de la noche; los pájaros aturdían con sus trinos festejando el clima. En el bosque bullía la vida. A mis años, ya había vivido todas las estaciones, por ello sabía que la noche de hoy ya anunciaba su rigor. En estos pensamientos relajados andaba, cuando un sonido diferente llamo mi atención. La búsqueda me llevó a un montoncito de hojas, me quedé quieta mirando y esperando, sí... el montón de hojas gemía, con el pie fui descubriendo poco a poco y ¡oh sorpresa! Una "cosa" algo peluda, de color indefinido, se movía apenas. Temblaba, y cuando más me acercaba, más chillaba. Su aroma era otra que desagradable presencia de conjunto.
Con el móvil llamé a la veterinaria, que ahora atendía a mi amiguito en casa. Su diagnóstico no era alentador: sarna, desnutrición, un ojito ciego (de una patada, quizás del humano que lo tiró a la calle), y postración por la tristeza y el abandono. La joven profesional, apenada, comentaba el problema que representa el abandono de mascotas, la proliferación de enfermedades , la reproducción sin control, la mestización que altera las razas y el carácter de los animales, haciéndolos peligrosos. Puso al perrito en un canasto y le dio el nombre de Buck, quien ya lamía la mano de la médica, tratando de abrir los ojitos pegados por la enfermedad.
Segui haciendo mis caminatas pensando en Buck. Hoy iríamos con Oki, mi perro, a visitarlo a su terapia, con una capita para su lomo flaco y un collar con su nombre "Buck".

domingo, 1 de noviembre de 2009

el Espinel

El ruido de los remos golpeando la canoa retumbaba en el río, avanzaba lentamente, los mosquitos tendieron una nube sobre el conjunto, el hombre sin inmutarse oteaba el horizonte, el sol teñía de rojo el paisaje. Detuvo el bote y comenzó a encarnar los anzuelos con carnadas diferentes, los acomodó en la popa de la canoa y lentamente siguió remando, mientras el largo espinel se iba sumergiendo por su propio peso, siguió en linea recta y tiro el ancla con la boyita, donde ató el extremo de la línea de pesca. Era casi la noche cuando subió la canoa a la costa, a unos metros de su rancho de chorizo, de adobe y paja. Se escuchaba el ruido de las pinzas de algunos cangrejos enamorados y el ladrido de los perros dándole la bienvenida. Se sentó en una pila de tres ladrillos y arrojo una resaca al fuego, cuando el agua estuvo a punto, cebo su mate amargo, y rogaba que algún pacú, alguna tararira, boga, un pequeño surubí o algún doradito extraviado por la corriente, bajen y encuentren el espinel.
El día anterior la venta fue muy pobre, no hay pique les decía a sus humildes clientas del rancherio y salió con un medio mundo, un artilugio de pesca con red, y les trajo algunas mojarritas para la fritanga de la noche. Cuando el río crece, los peces no pican por la cantidad de comida que trae el agua. En la caña que tenía clavada en la orilla, todos los días media la altura del río. Cuando miró, vio la marca que iba dejando el agua al bajar. Regreso silbando bajito una chamarrita, por temor a alejar los peces, pensando por donde iniciaría el recorrido a la mañana después de recoger el espinel. El silbido ya sonaba a pleno con los compases de un chamame que, con las mejores alpargatas, bailaría con su guaina el domingo. En los ecos del río se oía un silbido, que la brisa llevaba remontando el Paraná.

Entre Chivitos

Entre Chivitos

Mateando

Mateando
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