Día frío y soleado, los sulkis llegaban en fila con sus mejores caballos atados a sus varas, eran las familias de la zona, los paisanos, algunos con su compañera enancada y abrazada a su cintura, lucían las galas de domingo. Los autos, brillantes y bulliciosos, hacían su entrada lenta, para no espantar a los caballos, que aun así, caracoleaban mansamente haciendo lucir sus jinetes. También estaban los que llegaban caminando. Todos, llevaban en sus rostro apuro por llegar y la risa bulliciosa de un día de fiesta.
Los caballos y los autos se dejaban a la sombra de los tamarindos, los primeros con la cincha floja , para que descansen. En los corrales estaba la acción, los peones abrían las tranqueras y salían los terneros corriendo; otro, los esperaba con el lazo en el aire y al momento pialaba sus patas, corría dominándolo en el piso, lo apretaba con su rodilla en las costillas y rápidamente, con un pequeño cuchillo, abría la piel que cubría sus jóvenes testículos. Los tomaba entre sus manos antes que el animal los "esconda", con un rápido movimiento los cercenaba, arrojando un puñado de tierra sobre la herida, para detener el sangrado, en ese momento asentaban el hierro de marca de propiedad, una densa humareda salía del cuero quemado del animal, que pegaba un salto y salía buscando la libertad.
Las creadillas se arrojaban a un tarro que tenía agua y sal, de donde el asador los sacaba y tiraba en una enorme parrilla, y los visitantes se servían cuando estos estaban asados.
Bajo los árboles añosos estaban las mesas con blancos manteles, que la briza movía como llamando a los comensales, sobre ellas las ensaladas, las carnes, los encurtidos, de la lejana tierra trasplantada en sus costumbres, a esta , la estancia El Picaflor. En otra mas alejada, estaban los vinos, las aguas dulces y los postres. En grandes canastos todas las frutas de la época.
A la media tarde, terminada la faena de corrales, las familias rodeaban las mesas, sentados en sillas o en el pasto, comenzaban a volar los recuerdos por los distintos grupos filiales y las canciones a capela en su idioma inolvidable volaban por el aire recogiendo lagrimones. Los niños corrían y jugaban, ignorantes de su herencia ancestral. El frío de agosto ya dominaba la tarde, el sol con sus largos brazos radiados quería aferrarse a las montañas, pero la oscuridad venía empujando a la luz, hacia las antípodas.

