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miércoles, 28 de abril de 2010

DOLOR DE SOLEDAD

La niña vestida de negro,  sentadita en una silla,  permanecía pálida y callada, la anciana a su lado, lloraba en silencio, con un pañuelito, secaba sus lágrimas.
El humilde féretro, de madera sin lustre, y sin manijas de bronce, era rodeado por vecinos del lugar, muy pocos, muy pobres, muy solos.                        En el paraje de montaña, la muerte se aceptaba con indiferencia, igual que la vida, eran circunstancias que llegaban de vez en cuando.
La yacente, con ese color que da la muerte, que todo lo envejece, tenia cierta placidez.        Las manos cruzadas en el pecho, mostraban la dureza de la vida, quemadas por el frío, uñas gastadas por el trabajo, y con restos de la faena diaria.
Estaba descalza, sus zapatos ya los tenia algún necesitado de los presentes.
Sobre la mesa, los que llegaban dejaban algo, todas cosas útiles, alguna ropita, un trozo de carne, hortalizas, leche, a la niña y a la abuela, no les faltaría alimento.
Subida en una silla, se asomó al ataúd y besó a su madre, quedaron en el pétreo rostro, dos lágrimas, que lentamente rodaron, como si de los ojos de la muerta fuesen.
Clavaron la tapa del féretro.              El lastimoso cortejo salió, los recibió furioso el viento, como protestando al destino su crueldad.          Debajo del árbol carolino, esperaba la fosa, como gigante boca esperando el dulce bocado, el viento solidario, formaba remolinos de hojas,  alrededor de los dolientes abrazando sus piernas.            La niña y su vestidito negro, parecía el ángel de la muerte, sepultando su corazón.                   Las torpes manos cubrieron la fosa, las hojas  formaron una alfombra dorada sobre ella, con dos palos hicieron una cruz, que clavaron con el lomo de la pala.     Eso fue todo.
Dentro de la humilde casa, dos almas  solitarias se miraban, buscando cada una en la otra, el rostro que se fue.           La anciana con un fierro movió las brasas, acercó la niña al calor y salió a buscar leña, cuando regresó  seguía inmóvil, puso un tazón de leche tibia en sus manos, la cubrió con su chal y se dispuso a criar a la niña.            La abrazó y comenzó a desgranar historias,  que fueron relajando el corazón de la niña, quien por fin se durmió, cuando acarició su cabecita ella sonrió entre sueños seguro soñaba a su madre, siguió con ternura la caricia y el cuento, de los párpados cerrados, como en el manantial de la montaña brotaba el agua, así sus lágrimas despedían el dolor.
En esos lugares, lejanos de todo y de todos, no hay médicos, ni sacerdotes, la única fe, es la vida, la única ciencia, saber que un día morimos.
La materia divina con que está hecho el hombre, le permite esa versatilidad existencial,  que mantiene viva la esperanza.

18 comentarios:

  1. Dulce la abuela, que consalaba a la niña y velaba por su sueño.

    Dulce abuela que sabia narrarle historias y la consolaba.

    Dulce abuela cuya sabiduría era la experiencia de la vida.

    Gracias por este relato.

    Un abrazo, Montserrat

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  2. Que terrible dolor el de la soledad! y que profundidad encierra la última frase del relato!
    Gracias Abuela Frescotona por tu relato diario, es un verdadero placer leerte.
    ---------------
    Muchisimas felicidades para tu nietecita Candela, que pase un día bonito y especial y que tu puedas disfrutar de ella. Un beso!

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  3. Menos mal que a la niña le quedaba la abuela. Que sería de nosotros sin los abuelos!
    Es dificil de aceptar que se vaya una madre cuando aun somos niños y la necesitamos tanto. Resulta injusto, como si el cielo hubiera hecho trampas al llevarsela antes de tiempo. El consuelo es que al menos muchas veces queda la abuelita.

    Debo entender por el cumpleaños anterior que es el cumpleaños de su nieta, madame? Si es así, muy feliz dia para ella tambien.

    Bisous

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  4. Una bendición que sea la abuela, la puerta a la esperanza.
    Un relato que arranca lágrimas.
    Besos

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  5. Hola Abue, triste anécdota nos traes hoy, A cierta edad se desconoce la muerte así como la vida, la niña desconocía la muerte solo sabía que su mamá no se movía, que nunca la volvería a ver.

    Triste momento, la muerte de una madre aunque seamos adultos, duele ¡Tanto!

    Besos,

    Aída

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  6. Mi papi murió cuando tenía 14 años...me has retratado Abu, así me sentía, así lo viví...
    Un abrazo muy fuerte.

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  7. Relato intenso y lleno de emociones.... tu si que desgranas las palabras y las conviertes en notas musicales.
    te mando un gran beso, acompañada de mis alisios

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  8. Me arrancaste unas lágrimas abue.. Que triste la historia de hoy.

    Muchos cariños!

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  9. quedé con corazón hecho girones!!!! qué triste historia, la sentí aquí adentro!!!

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    Espero que estes muy bien y que tengas un linda tarde
    besitosss Jessy.

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  11. Qué facilidad tienes para hilar magistralmente estas historias, querida Abu y de un suceso triste sacarle su lado bello y esa moraleja final sobre la vida...precioso, querida amiga. ¡Ah! Y como en una entrada de mi blog "Música y Poemas", escribiste lo mucho que te gustaban los caballos, Jesús, en el siguiente post, "En cada suspiro", te dedica la fotografía, que es de un caballo. Te copio el enlace, cópialo y pégalo en la barra de tu navegador y verás el post y la dedicatoria que te hace mi compañero, jiji. Un besito:
    http://musipoemas.blogspot.com/2010/04/en-cada-suspiro.html

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  12. Muy buen relato Abu. Es triste ver a tus seres queridos vestidos con un traje de madera, aunque es una cruda realidad. Emociona al leerlo. Besos.

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  13. Aceptar la realidad, hace que se sufra con mayor dignidad, cuando nada se tiene salen a relucir los verdaderos valores del hombre.
    Un beso, Who.

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  14. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  15. Querida Abuela

    Este blogger no publicó mi comentario. A ver si me acuerdo: te decía que esta historia tan conmovedora, me resultó muy cercana. Yo no soy huérfana, pero por circunstancias de la vida crecí con mi abuela, las dos solas en un pueblo perdido en la Sierra. Y a pesar de ello, estando a su lado jamás me sentí sola ni tuve miedo. A veces extraño eso.

    Un abrazo

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  16. Triste relato amiga mía, el que hoy nos presenta. Siendo yo pequeña en mi ciudad,antes pueblo, habían unas barracas donde los más pobres vivían como podían y del mismo modo morían. Yo fui testigo en varias ocasiones de la soledad de las niñas huerfanas de esos suburbios, ya que eran compañeras en mi colegio Nacional, colegio de pobres y con habítantes capilares. Mi abuela le llamaba«Miseria», nunca callaba:« no te acerques a la miseria» , yo más me acercaba no por tozudez sino por necesidad de compartir sus mismos dolores. Vi venir la muerte en esas barracas y vi como nacían los niños y también como morian los hermanitos de mis amigas pobres. Su relato, me ha puesto los pelos de punta, ya que recorar esos años de mi infancia me ha resultado doloroso. Había mucha hambre y para una niña como yo, que no tenía miedo a nada, me resultó harto difícil pasar por el dolor de la muerte de las mamás de mis amigas del colegio Nacional.
    Mi abrazo cariñoso en nuestro Señor.
    Sor.Cecilia Codina Masachs O.P

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  17. Me ha calado hondo tu historia amiga. Esa vida resignada, que con toda naturalidad se dispone a gestas que son admirables desde el punto de vista humano. Inmensos seres que están condenados al silencio, a la miseria y al olvido y, no obstante, son valientes, honorables y mas dignos que cualquier otro de nuestros congéneres. Bello y desolador. Abrazos amiga querida.

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  18. Abue,abue,que tocas las heridas con sal.

    Recibe un abrazo,y mi cariño.

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