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jueves, 1 de julio de 2010

EL FESTÍN DE ATANACIA (PUBLICADO EL 16/03/2010)

La mañana de verano, estaba como la olla de Atanacia en el fogón, caliente, ebullente.
Los higos negros, de puro maduros, tenían su piel rasgada en una blanca sonrisa, de su centro rojo goteaba el almíbar.
Atanacia sudaba, su piel,  era tal cual decía el gran Granadino, "de aceituna y Jazmín".
Cortaba los frutos negros y los arrojaba en la olla, dónde el dulce ya perfumaba la casa.
Con una  hoja de palma, abanicaba el fogón.
Se corría la voz que la tropa rebelde llegaría pronto, esperaban la noche en los cerros.
Arrojo una chaucha de vainilla en el dulce, dos clavos de olor y una cáscara de naranja, y salió al patio de atrás, donde estaba la huerta,  y los corrales de la aves y lo puercos.
Se detuvo a la sombra de laurel, secando su rostro y cuello,  con un pañuelo que sacó del corpiño, dudaba si sacrificaba un cerdo a varias  gallinas,  quería homenajear a los civiles que comandaba Laurencio, su hombre.
Se decidió por dos tiernos cochinillos, que le costó  trabajo atrapar, los animalitos presentían su destino y corrían guarreando, pegados en su huida, cuando ya los agarraba,  los chanchitos se desviaban uno para cada lado, dejando a la cazadora de bruces en el chiquero.
Una nube de polvo flotaba en el lugar, indignada la joven salió del corral y regreso con un palo,  y comida que fue regando, se escondió detrás de los trastos,  y esperó  pacientemente en silencio.    Los cerditos como buenos hermanos, seguían caminando juntos por el caminito de maíz, que los llevaba directo al garrotazo.
Los higos continuaban su cocción, los cerditos limpios  y en su sueño eterno,  lucian apetitosos en la fuente,  decorados con frutos y verduras,  esperando su turno de fogón..
Caía la tarde sofocante, a la vera del arroyo Atanacia lavó su ropa que colgó en los arbustos, luego se fue introduciendo lentamente en el agua cristalina.     Mientras lo hacia, miraba sus pies que avanzaban en la arena bajo el agua.   Se quedó un largo rato en la corriente, los porrazos que le hicieron dar los cerditos le dolían, éstos ya tenían su merecido.
 Vestida, restregó unas flores de lavanda en su pelo negro, y prendió una roja dalia en su talle.
Remontó el camino del pueblo cuando la primera estrella encendió su luz, se oía su canto enamorado en las calles, todos disfrutaban su voz, sabían el motivo de su alegría esa noche.
Tendió los manteles, puso los manjares, los frutos y el mejor vino en la mesa,  y esperó.
Adormecida en la hamaca,  despertó de pronto, el peso del silencio angustió su corazón, camino hasta el portal, ningún ruido anunciaba los echos, regresaba lentamente sobre sus pasos,  cuando el sonido del requinto y el guitarrón, sonaron en la noche con música de serenata.
Laurencio salió de las sombras entonando estrofas de amor, Atanacia cayó al suelo,  en el círculo de su pollera.    Con las manos juntas sobre su boca,  expresaba su adoración al amado.
El grupo de luchadores por la libertad, tenía su noche de paz, amores y amistad.     Los amantes encerrados en el círculo de sus brazos, se juraban amor eterno y entre las sombras del jardín, los aromas que el rocío les enviaba,  envolvían los abrazos de pasión.
Cuando sonó el primer disparo, ambos corrieron al festín .       Las balas entraban en los cuerpos,  cubriendo de rojo los manteles, los vasos de vino rebozaban espuma de sangre, los civiles desarmados,  solo pudieron enfrentar la muerte con honor.
Irrumpieron en la sala los amantes,  en el instante en que la ráfaga unía sus corazones,  en una linea roja de muerte.   Ambos se miraron en silencio,  asombrados de saber como era la muerte, las miradas se sostuvieron en un último esfuerzo por conservar la imagen de sus rostros,  tomados de las manos llegaron al piso sus cuerpos, ellos, ya navegaban la eternidad.
En el pueblo,  el silencio lloraba, el arroyo,  silenció su canto entre las piedras, las lavandas,  como nunca perfumaron la noche, la dalia en su cintura, como sol boreal de media  noche, lucía en todo su esplendor. Los amantes abandonaron el festín.-

7 comentarios:

  1. Abuela, usted es lo máximo! debería hacer un libro con estos cuentos, son los mejores que he leído.

    Muy triste y romantico a la vez, magnífico

    Abrazos

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  2. Hola Abuela Escritora.

    Bellísimo y a la vez trágico el relato de hoy.

    Enhorabuena y besos, desde Valencia, Montserrat

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  3. Hermoso y muy triste final de dos amantes que acabaron sus vidas unidos en ese instante sublime.
    Un gran abrazo.

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  4. Fantasías

    ¿A que huelen los versos?
    a jazmín y primavera...

    ¿A que huelen los suspiros?
    A ensueños de verano...

    ¿A que huelen las caricias?
    A espigas recién cortadas...

    ¿A que huelen las sonrisas?
    Al embrujo de los besos...

    ¿A que huelen los sueños?
    A fin de semana a tu lado...

    ¿A que huelen los colores?
    A romero y espliego rozándose...

    ¿A que huelen las auroras?
    A esperas y anhelos...

    ¿A que huelen las melodías?
    A gozos y sombras de amor...

    María del Carmen

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  5. Que prodigalidad de colores y aromas que bullen por todas partes, y esos dos cochinillos que ya se me hacen agüita en la boca...un abrazo.

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  6. Abuela, me has hecho llorar, estaba disfrutando tanto de las labores de Atanacia y de los preparativos de la bienvenida al amado , estaba disfrutando tanto de ese baño que se dio, me parecio tan hermosa la forma en que se hace presente el amado...y de repente la tragedia, ese "asombrados de saber como era la muerte"...¡que pena! ¡que trágico final para un amor tan bello!.
    Un gran abrazo.

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  7. ELLOS YA NAVEGABAN EN LA ETERNIDAD...Querida Abu, eres única cuando narras una tragedia como ésta, aunque sea algo horripilante, sabes encontrar el punto donde la belleza roza lo sublime. Ésta es una muerte épica y lírica a un tiempo, como la de Romeo Y Julieta. Un beso fuerte, mi romántica escritora.

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