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domingo, 28 de febrero de 2010

LA NIÑA Y EL MONJE.

La brisa hacia volar su cabello, como las briznas del campo.
Era una imagen llena de sensaciones el cuerpo de la joven, el hombre se quedo quieto, bajo la sombra del árbol, disfrutando la vista.
Las cuentas del rosario se deslizaban entre sus dedos,  Santa Maria...., pasaba la joven tratando de abrazar al sol, las cuentas quedaban estrujadas entre las yemas, solo salían cuando el sudor las hacia resbalar,  Madre de Dios...
El árbol inclinaba su copa cuando el viento lo agitaba enloquecido, parecía reír, de la lucha del hombre y el rezo.
El sudor pegaba los rizos en el rostro de la niña, ella, coqueta los separaba con la punta de sus dedos,  con una rama jugaba en el campo de ababol en flor, cazando mariposas blancas,   Ruega por nosotros..., se apresuraba a decir con fruición,  mordiendo las palabras, mientras,  sus ojos entornados traicionaban la plegaria.
Su canto llevaba el viento,  como el de las sirenas de Ulises, solo que aquí, no había cadenas en el mástil.
Las flores rojas se acamaban en la brisa, invitando al paseante a descansar,     Oh, Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.....
Como un ángel,  la mujer salio del sembradío de flores, se detuvo frente a él,  sorprendida.                           El aire le traía el perfume de mujer,cerró los ojos, aspiraba lentamente por temor a espantarla, recordaba sus tiempos lejanos,  cuando era un hombre, el salado sudor del cuerpo joven, la humedad turgente de esos labios,  no tocados por el amor, el pliegue del  cuello,  donde un rojo pétalo,  se había pegado a la humedad de su piel,    Ruega por mi....
Dejó la niña el saludo y una sonrisa respetuosa al monje, siguió su camino, dejando tras de si, los despojos de alguien que se derrotó a si mismo, que traicionó su condición humana, encerrando la belleza de la vida, con candados de hipocresía.

viernes, 26 de febrero de 2010

LA GOTA DE AGUA.

El niño,  estirado a lo largo sobre la mesa, apoyaba el mentón  en  sus bracitos cruzados.
Las piernas se movían como tijeras, alternando sus cortes imaginarios, con silenciosos aplausos de tobillos.
Sus ojos desde hacia unos minutos, observaban curiosos el trayecto de una gota de agua, que aparecía cada tanto, en la canilla de la cocina.
Una minúscula porción de líquido bajaba por el caño, cuando llegaba al borde del orificio, se detenía, fina como un cabello,  y comenzaba a engrosarse, se formaba despacito, como si alguien suavemente soplara, una burbuja,  que  mostraba el arco iris  en tamaño de molécula.             Lentamente el peso del líquido llegaba a la parte baja del globo, el niño veía su cara diminuta en la gota en formación, se iba estirando el globo de aire, a medida crecía la gota en su base, de pronto explotaba y caía a la pileta.          Enojado el niño, abrió y cerró el grifo, esta vez el paso del liquido era un poco mas fluido, la gota enojada se hacia oír,  su TOC, TOC TOC, tampoco gusto al oyente.
Repitió la maniobra, esperó unos segundos, de un costado del borde venia asomando tímida el agua, redonda y brillante la gota crecía, de pronto comenzó a deformarse como si fuese una rica pera, lento, muy lento cambiaba su forma por la de una estalactita de aguda punta, de pronto se desprendió del caño, en un sonido alargado como sus formas, estalló.
Varias veces repitió la maniobra el niño, esta vez llamó su atención el echo de cortar el agua, y la gota ya estaba en el fino borde, redonda, fija y sin temblores.         El niño sopló,  la gota apenas se movió, el ojo sin pupila, lo miraba fijo, de pronto parecía crecer..., pero no, seguía firme como el cristal.
El sueño vencía al niño, sus piernas buscaron reposo, la cabecita ya apoyaba en un solo brazo su perfil, de reojo miraba la gota, que no se movía, como cazador y presa se quedaron esperándose los dos.
El silencio ganó, aletargados, gota y niño, se sorprendieron con el TAC, seco y sonoro en la losa de la pileta, la gota era ya una estrella, el niño seguía  asombrándose, de las formas que podía tener una gota de agua,  ahora una estrella llamaba su atención, esta se escurría por el desagüe llevándose sus rayos.

miércoles, 24 de febrero de 2010

EL VIÑADOR CELESTIAL.

El arrebol de la hora pintaba de rojo los plumajes, el ocre ferroso del cerro, era espejo del sol, y la brisa, encendía linternas rojas en el polvo de arena y plata, viajando por el aire.
Rojo ardiente, como el fruto de la tierra, así era el clima del lugar, el hombre caminaba las hileras, viendo como subía la noche, del valle hacia el cielo.            Jugaba con sus pies,  a patear el ruedo de su sotana en cada paso. Sus dedos regordetes, tomaron un grano, lo giró entre el índice y el pulgar a contra luz, el rojo de la tarde, no pudo virar los tintes violetas.        Comprimió el fruto probando su resistencia, hasta que lentamente, osmóticamente, se produjo la filtración , a través de la piel del fruto, chorreando espeso sobre su mano.
Luego observó la semilla, fuerte, robusta y sana en su estructura, amasó los restos, y miró sus manos, azul violáceo, el color de la uva en su punto de cosecha.
Por fin tomó otro fruto, eligió el mas grande, ese que se encuentra último en la pirámide invertida del racimo, el mas dulce, y lo llevó a su boca, donde esperaba la  lengua temblorosa, ávida de gozo.   Esta lo  tomó y lo escondió en la bóveda del paladar, jugó con el  un segundo, haciéndolo girar, atrás, adelante, luego aumentaba suavemente la presión de la lengua, considerando su punto de estallido, cuando lo encontró se preparo los sentidos, para aprovechar el  placer en todo su espectro sensual.
Respiro profundo lentamente, cerró los párpados, y suavemente esperó el bing bang de sabores, que sabia  llegaría a sus papilas, dando la alarma a todo su ser, tan exquisitamente diseñado por el Gran Arquitecto.     Al estallar, su boca se inundó  de  dulzor, que fue dejando paso a una ligera acidez, quizás un poco astringente, nada que un buen roble no solucionara.
La noche ya llegaba a la mitad de la ladera del cerro, regresó sus pasos, relajado después del clímax de sabores, era la hora del  rezo , la penúltima  oración del día,  Visperas,  la última  era,  Completas.

jueves, 18 de febrero de 2010

UN RAYO DE SOL

El sol de la mañana se filtraba  en la habitación, sin verlo sentía su calor en mis piernas.
Los días de invierno lo esperaba, era el único momento que sentía mi cama tibia,  sin la humedad y el frío, del invierno campesino.                        En el silencio de la habitación, cobraban vida, infinitas motas de polvo, que se movían en el rayo de sol, fijaba la vista en una partícula,  y trataba de seguirla en el tráfico minúsculo,  de la vía luminosa, pero siempre lo perdía en el intenso movimiento cósmico.
Por que es verdad, que la luz llega a nosotros desde un punto lejano, en un viaje sin fin, atravesando la oscuridad.
Que cosas, habrá dejado atrás este rayo de luz, que llega hasta mi ?.
Atravieso mi mano en la luz, y creo un cáos diminuto, el mundo silente se agita un momento, luego,  regresa al orden establecido.             La raya azul de mi colcha,  es el límite,  cuando dejo de ver el sol sobre mi cama, me quedo quieto guardando el calor, pero es inútil, todo viaja sobre el tiempo, como las motas en la luz.
Como el sol que llega cada día a mi cuarto, llega mi madre,  a darme  mis "felices buenos días, vamos que el sol ya salió".
Feliz abrazo a mi madre, arrojo las colchas a un lado, y me levanto, pensando en las partículas perdidas, chocándose en la oscuridad, cuando el aire de las frazadas  las agita.
Por si pueden leer mi pensamiento, dejo un mensaje de paz, esta es su noche, descansen, el sol regresa mañana.
Nosotros, también seremos un tráfico minúsculo,  en un rayo de sol ?.
De quien será la mano que agita nuestras vidas,   o que dulcemente nos pone sobre la luz, para continuar nuestro paseo por el tiempo?.
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martes, 16 de febrero de 2010

LA HISTORIA DEL NIÑO QUE QUERÍA COMER DULCES

Sentado junto al jazmín, las patitas se hamacaban, en el banco de piedra, desde  donde el niño trataba de llamar la atención de su abuela.      En su desdicha suspiraba y preguntaba,   - Abu...todos los dulces hacen daño?-
La anciana limpiaba de hojas secas y enfermas sus rosas, oía el amado lamento.     -No,  los dulces no dañan, si después de comerlos lavas tus dientes- , trataba de grabar en esa mente impoluta, los primeros hábitos.
Las manitas,  dejaron de jugar con un autito de lata,    - Abu, yo puedo comer dulces ?-        
El tanteo mutuo, de  las posibilidades que tenia cada uno,  de lograr su cometido, mejoraba.
Agachada movía la tierra de la rosa amarilla, mientras oía  los pasitos  en la grava, acercándose,   -Puedes..-
Y seguía  metiendo sus manos en la tierra,  veía de reojo,  la pequeña sombra que llegaba,  y extendía  su brazo,
- Si puedo...,por que no me das?-    La anciana sonreía, mientras cortaba unas violetas azules, formando un ramillete, el  bracito extendido llegó a destino, su espalda  encorvada     - Oh,  dulce gozo ¡¡-
Los dos rostros frente a frente, el querube dispuesto a vender caro sus encantos,  la abuela, promentiéndose  no sucumbir,  entre los dos, el ramillete  de violetas....- Nonna mía, tenes un caramelo?,  no diré a nadie, si me das-
La dulce negociación marchaba,  faltaba el cierre del trato.    
La nonna  preguntò,   - Lavaras todos los días tu boca?-     La anciana se esforzaba en trasmitir su pensamiento al niño, "di que si",  el querube aseguraba su triunfo,  - Si,  todos los días nonna ¡¡¡-
La anciana sacó de entre las violetas, un caramelo, dominando su gozo, el niño lo recibe y presuroso se retira..., de pronto regresa sus pasos, y corre a los brazos de su abuela.

lunes, 15 de febrero de 2010

LA LECHERA

La mulata salió de su casita, pegada al establo, donde estaban sus vacas.
Extendió sus brazos abiertos al cielo, en una inspiración profunda, mientras largaba lentamente el aire, miraba el campo, anegado por la lluvia de varios días, en un invierno, frío y húmedo.
Descalza con un cubo en la mano, caminaba haciendo equilibrio, para no caer.           El barro dentro del corral estaba tibio, sus pies lo sentían,  cuando suavemente el lodo,  entraba entre sus dedos y cubría el empeine.
Le gustaba ese olor a corral, guano, tierra y orines de vacas.
Buscó una manea que colgaba de la pared,  del precario establo de madera, enlazó la vaca y la ató al palenque,  dócilmente el animal se entregaba, tomó otra soga y ató las patas traseras y la cola, de vez en cuando mugía lastimera,  llamando a su ternero.
La bella morena ató a su cintura, un pequeño banquito, con una sola pata en el centro, se sentó en él,  asió la ubre hinchada, sus manos oscuras , resaltaban en la piel rosada, con maestría abrió ligeramente la mano,  y apretando suavemente el pulgar, la bajaba hasta el final, donde brotaba un fino y potente chorro blanco, que se hacia espuma en el balde.
Cuando vació la vaca, la soltó y trajo otra, siempre cantando, sus ojos glaucos iluminaban su cara, el tarareo mostraba su lengua roja, enmarcada por el nácar de sus dientes.          Sus faldas recogidas, sus piernas ligeramente abiertas, inclinada, enjuagó las ubres, con agua limpia y fresca.
Tomó los baldes, llenó los tarros lecheros, y cargándolos en sus hombros,   salió a comenzar el día.
La morena llegaba al pueblo, se refrescaba en la fuente, y visitaba las casas de todos los días.       Las madres con niños pequeños siempre la llamaban, la buena  salud de sus vacas la precedía.
No tenía que vocear la venta, su cantar, avisaba  la llegada, su alegría era el deseo de muchos, y los chiquillos la seguían de casa en casa, en un ruidoso coro a sus canciones, que ya todos conocían.       Que hacia tan feliz a la mulata ?.      Que luz manaba de esos ojos verdes ?.   Que mixturas tenia el alimento que ofrecía ?
Comentaba la gente,  que sus animales comían hiervas medicinales, otros que su canto las embrujaba, dando un líquido bueno, que trasmitía  felicidad.
Libertad y amor, es todo lo que un ser necesita, esas dos cosas,  dan como fruto la felicidad.      Tan ciegos los pobladores, tan atados a sus cosas, no podían ver lo que los niños veían.
La lechera juntó sus monedas, compró dulces para la pandilla de niños, sentada a la sombra de un árbol, miraba a los niños gozar, recordaba  su desolada infancia, negada de afecto, y todo lo que viene con él.
Se prometió a si misma ser feliz.      A dar alegría, compartir esa paz interior, que hacia tan noble su corazón, y tan luminoso su rostro.          La lechera dejaba el pueblo, se oía su voz, que el viento llevaba a los hogares, dejando promesas de bien.

viernes, 12 de febrero de 2010

APUROS DE UN INDIO

Llegó el rey Momo, el fin de semana prometía gran asistencia al corso.
El barrio fue famosos en su tiempo de esplendor, por sus fiestas de carnaval.    Las noches eran días, por sus luces y bullicio, las carrozas alegóricas, en su lento pasar, eran las delicias de niños y jóvenes que arrojaban serpentinas a las reinas, enlazando sus manos, en un contacto fugaz con la mirada.
El papel picado, era lluvia permanente, las aguas de los pomos venían perfumadas, estos eran como los pomos de pasta dental, de plomo y descartables, palabra no conocida en esa época.
Era una galantería rociar una dama, con agua perfumada.
Los disfraces lujosos y distinguidos, en los visitantes a la fiesta, los dueños del barrio, sobresalían por la temática popular de los mismos, personajes de  historietas, indios, mascaritas, payasos criollos, y gauchos malos, como Moreira.
El tiempo pasó, y se llevó con él los grandes festejos, que hacían el pintoresquismo del barrio.
Hoy los carnavales son tristes, no hay carrozas ni serpentinas, los pomos no existen, generalmente concurren varones, que desfilan sus disfraces por las calles empobrecidas, como las plumas de sus ropajes.
Noche de viernes, gran movimiento fiestero en la ciudad, el ómnibus venia  lleno, hizo una última parada, para completar el pasaje, subió una pequeña murga con redoblantes, trompetas y maracas, todos elementos musicales, de la barra de hinchas del club, ya arrancaba el micro, cuando,  gritos y silbidos de los murgueros detuvieron la marcha, se acercaba sacudiendo sus brazos y piernas llenas de largos  flecos, y en la cabeza , que contrastaba con el resto del cuerpo por su rigidez, una corona de plumas que llegaba a sus pies.
Con ayuda, y sudando subió,se cerró la puerta a presión y quedaron todos cara a cara con el indio, no podían acomodarse, todos se comedían  y probaban suerte, pero el indio enojado por el trato, no colaboraba,  y moverlo era dificultoso en el mínimo espacio, como resultado,  las plumas siempre molestaban la cara, o la nuca de alguien, ademas el armazón de plumas,  era de fierro, y en cada giro dejaba algún  lesionado.
El micro se detuvo en la parada, se abrió la puerta con estrépito, dejando entrar una fresca oleada de aire, que todos trataron de aprovechar , renovando el aire de sus pulmones.    Los primeros,   sin perder tiempo empujaron al indio fuera del ómnibus, fallido el empujón, probaron de nuevo, nada, el indio no salia, estudiaban la puerta para ver COMO subió, todos opinaban, todos querían salir de ese hacinamiento, los curiosos ya se juntaban fuera, en su desesperación,  un pasajero le dio un empellón, ahora si se  dobló  el armazón,  quedando encajado en el marco de la puerta, ya las disputas eran compartidas, por el indio, que paso a ser victima,  y por el pasajero.          Llegaron los bomberos, el indio seguía  enojado y humillado en su disfraz, sus ojos  cobraron vida, cuando vio la enorme sierra que traía  el trabajador en sus manos, los cerró,  y se encomendó a Manitu y sus verdes praderas.     Cayeron las plumas junto con el indio, todos saltaban sobre el,   buscando su  camino.   Esperó, sentado en el cordón de la vereda, veía como la brisa hacia volar las plumas por la avenida, se preguntaba,  si  podría subir al micro con el tapa rabos de Tarzan, ese de leopardo, que tanto le gustaba a la Tota, que se lo hizo de  tela de un tapizado,  de un auto viejo.
Mañana sería otro día de carnaval.

miércoles, 10 de febrero de 2010

LA MODISTA.

La mujer, esforzaba su vista bajo la tenue luz del candil.
Era esa hora del día, en que la luz y la oscuridad, se hacían mutuas cortesías, y ninguna daba  el  paso definitivo,   hacia el destino de su rutina, la oscuridad, a la noche, la luz,  al día
La modista se afanaba en su costura, sobre la mesa los encajes, tules y sedas, formaban parte de ese sueño, que ella hacia realidad, coser el vestido de novia,  de una joven del lugar.
Vistió el maniqui, que de viejo, se balanceaba  sobre el trípode que lo sostenía, el también se vestía según la ocasión, ahora le tocó ser, la pura ilusión de una mujer.       Los alfileres de su boca desaparecían en la tela, los hilvanes se sucedían, dando forma, a los esbozos de dos vidas, que se prometían unión hasta la muerte.      Ella,  que nunca vistió de novia, no creía en esos votos.
En la pequeña bohardilla,  la luz se apagaba muy tarde en la noche, el bracero daba calor a sus pies, y a una vieja tetera, de la que se servia cada tanto, cuando arrojaba un carbón, entre chispas y explosiones, sonreía la mujer.         Recuerdos de otros tiempos, que llegaban de visita, a veces las lágrimas mojaban la costura, amores ingratos se llevaron su ilusión, amores de paso, que dejaban la esperanza del regreso, se fueron con el tiempo.
Solo ella esta, como recuerdo vivo del pasado, vistiendo novias,  a las que el reloj adelantó su  espera de amor.
Cuantas mujeres vistió de blanco?..., muchas¡¡¡
Ella después descocía  esos vestidos, y los transformaba en prendas sencillas, que las mismas mujeres lucían en su nueva vida de casadas.        Así como los vestidos, las vidas de estas pobres, se tornaban, común y olvidadas, solo criaban hijos, ya sin  sueños de mujer, felices de haber tenido su vestido de novia, que lució sus sueños de una noche.

lunes, 8 de febrero de 2010

LA FLORISTA

Todos los días llegaba de algún lugar, muy temprano recibía los paquetes, que apilaba con cuidado, sobre un tablón sostenido por dos caballetes.
Cuando abría los atados..., todo comenzaba, el día, el transito de personas, de vehículos, era el momento mágico, como si una varita encantada, pintara de colores la ciudad.
Ella era la florista, los primeros en salir a la luz eran los nardos, en su larga vara se perfumaba la brisa.   Las rosas en sus cántaros, opacadas en su perfume, lucían sus colores furiosos en los rojos, tímidas en el blanco, y así pintaban las emociones con  sus matices.         Los enormes helechos, colgaban perezosos, estirando sus brazos, queriendo acariciar las corolas de las azucenas, que orgullosas  en el búcaro se mecían, seduciendo con su perfume.           La soberbia amarilis, roja de furia, sobresalía con su largo cuello, sola.
Las pequeñas violas, y violetas, las dulces fresias, con un ramito de jazmines, hacían un popurri, en la vertiente artificial, de una pequeña fuente.
En medio de ese bosquecillo multicolor, la florista daba encanto a la ciudad, todos se acercaban, quien no compraba, se llevaba una flor y una sonrisa de obsequio.
Cuando huye el día, se lleva consigo, la luz y los colores, las flores ya no están, se han ido como presentes de felicidad y amor.       La florista sonriente, partió hacia algún  lugar...

sábado, 6 de febrero de 2010

NIÑA PIADOSA.

La anciana tomó el alcanfor, lo acomodó con paciencia dentro del cuadrado de paño marrón, cuando estuvo a su gusto, comenzó a coser.
La niña sentada en el fuenton de latón, enjabonaba con parsimonia un trapo, que luego pasaba por su cuerpo, haciendo abundante espuma.          La luz de la salamandra, dibujaba su perfil, el fuego teñía de rojo sus cabellos negros, sus bucles mojados,  suavemente estirados,  llegan a rozar los incipientes senos de niña, la tibieza de la estancia, hacia agradable el baño.
La abuela tomó la toalla, hora de salir del fuenton, la anciana amorosa la envolvió, y  comenzó a escurrir sus cabellos, luego friccionó su cuerpo.
La joven se vistió, se puso el escapulario de la virgen del Carmen,y prendió con un alfiler, en su corpiño, el alcanfor.             Dos elementos sin los cuales nunca  salia, el escapulario que le prometía la salvación eterna, y  el alcanfor que alejaba las enfermedades.
La niña entró a la iglesia, se acomodó en el primer banco, arregló su amplio vestido, y cruzo sus manos de cera sobre el regazo.
El sacerdote, celebraba con gran devoción, la niña enamorada, rezaba, soñando con el roce de sus dedos en la barbilla, cuando le daba la comunión.           Se ponía en la fila de comulgar, siempre última,  así prolongaba el goce,  del final de la espera.
Era un segundo, donde ella estudiaba, la inflexión de la voz, su boca, su olor...., todo eso en cuatro palabras y un Amen, regresaba a su banca temblando, las rodillas solas se doblaban,  en una pose piadosa, ocultaba la emoción, cubriendo su rostro con las manos, y así se quedaba, hasta que su alocado corazón calmase sus latidos, el sudor de su cara se secara, y las piernas la sostuviesen.
El cura despedía  sus feligreses en el atrio, ella se acercó, cuando el ministro la vió, ya era tarde, lo abrazó, agradeciendo en voz alta los  servicios, y en su oído,  dejó un te quiero.
La niña salió riendo y haciendo volar su falda, el cura quedó parado, sintiendo el perfume de alcanfor, el mismo que su madre le ponía, cuando niño, y en sus oídos la voz anhelante de  mujer, y,  un te quiero zuzurrado.
La abuelita esperaba su regreso, feliz de su niña, tan piadosa.      Cada vez que volvía de misa, regresaba renovada por la gracia, feliz de su existencia, la abrazaba y cantando su alegría, le daba un beso en la frente.

miércoles, 3 de febrero de 2010

EL FOGUISTA.

Con el baúl de lata abierto el hombre repasaba su contenido.
Le gustaba preparar el baúl, lo hacia con esmero, siempre las mismas cosas, tenia un olor particular, mezcla de café, yerba, y ropa limpia.
A la media noche salió de su casa, con el baúl colgando de su hombro,  como si fuese un bolso.      Llego a los inmensos galpones del ferrocarril, su máquina, silenciosa y oscura, lo esperaba.
Acomodó su equipaje y comenzó su tarea de controlar, el agua de la cisterna, la carbonera, donde el carbón de piedra tenía brillos de cristal.
Tomó la alcuza y bajó a aceitar los pistones, con una estopa limpiaba el sobrante.      La tronera, con su boca abierta, esperaba la primer palada de carbón, entre paladas miraba el gran reloj, que marcaba la presión.
Llegó el maquinista, leyó todo el tablero de instrumentos, y comenzó a mover la máquina, probó el silbato, la válvula  para aliviar la presión, hizo la maniobra para entrar a la playa, donde esperaban los vagones, el farolero, hizo el cambio de vía y le dio luz verde, lentamente el maquinista arrimaba  la máquina, atento al farol, a la luz roja o verde.
El farolero, tomaba los enormes enganches y sus cadenas , y unía el largo convoy, en la noche se escuchaban los vagones chocar entre si, caía el enganche, luego el tirón que trababa los mismos, y así sucesivamente, hasta llegar al vagón de cola donde iba el guardia.
La máquina toma su ramal de viaje, ya se anunciaba el día, el maquinista revisó los controles, y dio el visto bueno, cada uno abrió su baúl. y sacó su desayuno, hacia frío, se acomodaron cerca del fuego con sus termos, de vez en cuando uno se asomaba,  y regresaba a sentarse sin decir palabra, señal que todo estaba en orden.
Los dos hombres ya no tenían historias  que contar, en el pequeño habitáculo se entendían en silencio.
Le gustaba asomar la cabeza,  y dejar que el viento limpiara su cara de ollin, cerraba los ojos y soñaba.        En medio del campo,  los changuitos los saludan agitando sus brazos, ellos le regalaban un toque de silbato, por momentos corrían carreras con los autos en la ruta, otros los veían malhumorados, parados en el paso a nivel.
En la noche hacia mucho frío, el viento se llevaba el calor de la tronera, pero aun así le gustaba, se sentía poderoso,  detrás de ese rayo de luz, que avanzaba cortando la oscuridad.
Los dos rostros se veían anaranjados  por la luz de las llamas, en medio de la pampa, eran una larga sombra humeante, cual cíclope furioso, avanzaban,  haciendo temblar la tierra.
El foguista era feliz en su tren, cuando el maquinista pedía mas velocidad, tomaba su ancha pala,  y llenaba de piedras negras el fuego, las chispas,  formaban una estela brillante a lo largo del tren, que la oscuridad devoraba.               Sonaba el silbato en la llanura, espantando animales, de regreso parecía cobrar vida , nos llevaba bufando su humo negro, aminorando suavemente su marcha , paraba en el anden, liberaba el vapor,  quedando envuelta en  una nube blanca, donde las personas,  entraban y desaparecían.
Bajó su baúl de lata , casi vacío, enfiló para su casita, pensando, dentro de dos días, otro viaje, tengo el tiempo justo de lavar la ropa,  y  preparar el baúl.

lunes, 1 de febrero de 2010

VIVIENDO.

Los años, se instalan en nosotros, sin darnos cuenta.
Despertamos un día, antes del alba, tampoco le damos importancia, hasta que se hace costumbre, y buscamos tarea para ocupar ese tiempo.          Con alegría descubrimos que, es nuestra mejor hora, pues es toda nuestra.
Así vamos ocupando nuestras horas vacías, con actividades que nadie haría a una hora insólita.
Despacio la sabia Naturaleza nos va dando nuestro nuevo lugar en el mundo.
Vamos renunciando a los viajes largos, a las salidas sociales que no sean de compromiso, hasta que quedan reducidas solo,  a los sepelios, bodas y bautizos.
Tratamos de no preocupar a la familia con achaques pasajeros, también  Natura,  los ubica a ellos en su tiempo de hijos, que saben que su momento critico llegará, y en cada molestia, con temor en sus corazones,   se preguntan, "YA"?.
Ponemos nuestra  Fe en los ancestros, que vivieron sin los adelantos de hoy en  medicina, y llegaron solos al final de sus días,  por que ahora, tendría que ser distinto?.
Regresamos a los valores olvidados, buscamos confianza en el pasado y nos seguimos preparando en silencio para el gran encuentro.
La casa se va apagando con nosotros, ya no hay reuniones, no se pinta todos los veranos, las plantas no se renuevan  en primavera,  y sus flores son cada vez mas pequeñitas, las mascotas que se van, ya no se remplazan
Solo las manitas agitadas y los gritos de alegría de los nietos al vernos, son los afectos verdaderos en el gozo,  y entendemos,  que todavía,  nos queda la preocupación de velar por ellos, en aquello que aun podemos, los consejos y los rezos.
Debemos asumir la finitud de nuestra humanidad, y si Dios nos da la posibilidad de notarlo, tenemos que mostrar lo felices que fuimos,   en el lugar que nos puso en el mundo.
Que vivir es una obligación, mas que un derecho, y  tratar de ser felices, es nuestro destino.

Entre Chivitos

Entre Chivitos

Mateando

Mateando
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