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jueves, 29 de abril de 2010

NIÑOS SIN ALAS

El frío,  corría acaballo del viento por los corredores.        El silbido anunciaba, como una sirena, cuando giraba en las esquinas de los largos pabellones.
Las mujeres hacinadas en las celdas, se cubrían con las pocas frazadas que el gobierno les asignaba, dos por persona.                 Esperaban ansiosas la hora del recreo,  después del almuerzo para sentarse al sol, también era la hora para despiojarse, no tenían agua caliente en las duchas, y estas eran heladas, solo aquellas obligadas por la  seguridad de la convivencia se duchaban.
También había algunos niños, nacidos en cautiverio como los animalitos  en el zoo,  corrían por unos años la misma suerte que sus madres.         Ver ese mísero grupo  en el sol, hurgando los cabellos, desmerecía la condición humana.       Lo curioso que habiendo niños, no se escuchasen risas,  no compartieran juegos, eran mansos y tranquilos, como quien no conoce la alegría, la libertad de correr, nunca salieron al mundo, no saben de juguetes, de familia.       No desean cosas, no saben que existen.    Solo conocen los pájaros de verlos cruzar el patio, bajo un cielo cuadrado.     Estos son los niños sin alas.
Algún día saldrán,  si tienen quien los reciba afuera, si no Irán a institutos, hasta la mayoría de edad.
Los varones saldrán mas marcados que las niñas, pues no tendrán identificación de sexo.
Las madres son devoradoras de la psiquis de sus hijos, que lentamente van mutando, su futuro de niño normal, por el de un niño estructurado en una educación falsa e inmoral.          Donde los valores de base, que tiene el mas común de los humanos, madre y padre, no existen.         Es como un híbrido en su  especie.
El día que salga al mundo, el choque será tan grande que lo destruirá o lo enloquecerá, es la generación que necesita la contención de los muros, para ser él, en su esencia de una existencia dependiente, sin iniciativa, y si criterio propio.
Son niños criados sin familias, sin amor,  y sin los beneficios que ellos dan al cuerpo y el espíritu del ser humano.
Lo mas característico  en estas personalidades, es el desapego por la vida ajena y sus bienes, la autoflagelación de su cuerpo, con marcas aberrantes, que le dan jerarquía de valiente y de mando en los grupos marginales.       La excesiva familiaridad con el encierro, le da ventaja de dominio sobre sus compañeros.     Nunca llegarán a una madurez afectiva, siempre serán como niños en la apreciasión de normas y valores.
Ellos nunca levantaran el vuelo, de sus alas solo le quedan  muñones, como recuerdo de las mujeres que dicen ser sus madres.

miércoles, 28 de abril de 2010

DOLOR DE SOLEDAD

La niña vestida de negro,  sentadita en una silla,  permanecía pálida y callada, la anciana a su lado, lloraba en silencio, con un pañuelito, secaba sus lágrimas.
El humilde féretro, de madera sin lustre, y sin manijas de bronce, era rodeado por vecinos del lugar, muy pocos, muy pobres, muy solos.                        En el paraje de montaña, la muerte se aceptaba con indiferencia, igual que la vida, eran circunstancias que llegaban de vez en cuando.
La yacente, con ese color que da la muerte, que todo lo envejece, tenia cierta placidez.        Las manos cruzadas en el pecho, mostraban la dureza de la vida, quemadas por el frío, uñas gastadas por el trabajo, y con restos de la faena diaria.
Estaba descalza, sus zapatos ya los tenia algún necesitado de los presentes.
Sobre la mesa, los que llegaban dejaban algo, todas cosas útiles, alguna ropita, un trozo de carne, hortalizas, leche, a la niña y a la abuela, no les faltaría alimento.
Subida en una silla, se asomó al ataúd y besó a su madre, quedaron en el pétreo rostro, dos lágrimas, que lentamente rodaron, como si de los ojos de la muerta fuesen.
Clavaron la tapa del féretro.              El lastimoso cortejo salió, los recibió furioso el viento, como protestando al destino su crueldad.          Debajo del árbol carolino, esperaba la fosa, como gigante boca esperando el dulce bocado, el viento solidario, formaba remolinos de hojas,  alrededor de los dolientes abrazando sus piernas.            La niña y su vestidito negro, parecía el ángel de la muerte, sepultando su corazón.                   Las torpes manos cubrieron la fosa, las hojas  formaron una alfombra dorada sobre ella, con dos palos hicieron una cruz, que clavaron con el lomo de la pala.     Eso fue todo.
Dentro de la humilde casa, dos almas  solitarias se miraban, buscando cada una en la otra, el rostro que se fue.           La anciana con un fierro movió las brasas, acercó la niña al calor y salió a buscar leña, cuando regresó  seguía inmóvil, puso un tazón de leche tibia en sus manos, la cubrió con su chal y se dispuso a criar a la niña.            La abrazó y comenzó a desgranar historias,  que fueron relajando el corazón de la niña, quien por fin se durmió, cuando acarició su cabecita ella sonrió entre sueños seguro soñaba a su madre, siguió con ternura la caricia y el cuento, de los párpados cerrados, como en el manantial de la montaña brotaba el agua, así sus lágrimas despedían el dolor.
En esos lugares, lejanos de todo y de todos, no hay médicos, ni sacerdotes, la única fe, es la vida, la única ciencia, saber que un día morimos.
La materia divina con que está hecho el hombre, le permite esa versatilidad existencial,  que mantiene viva la esperanza.

lunes, 26 de abril de 2010

VEJETAL

El rayito de luz que entraba por el minúsculo orificio, en la madera del postigo, lentamente se movía, tornaba del naranja, al blanco de la pared.      Demoraba exactamente quince minutos, en llegar al espejo de la antigua cómoda, del cristal se reflejaba en el techo, volviendo a subir, otros cinco minutos, y desaparecía.     O sea que seria la hora siete veinte de la mañana.          Una mañana de verano, en las que solía hacer varios largos de piscina, luego el desayuno, los periódicos del día, y a la oficina.
Pensar que le tenia preocupado el estres, los viajes, reuniones, vida social, no tenia tiempo para si, los servicios personales venían a la oficina o al hogar.
Entró una joven mujer en bata, salia de la ducha, olía a limpio, se inclinó y dejo un beso en su frente, percibió la frescura de su aliento, ya no lo besaba en la boca.          El era un mueble mas de la casa, lo trataban bien, lo cuidaban, pulían sus manos y pies, lo movían en su enorme cama de un lado al otro de la casa, lo ponían al sol, lo guardaban.
Entró la enfermera, le sacó las bolsas de los fluidos de la noche, por la sonda nasogátrica, le dio el desayuno, un concentrado de proteínas, directo al estómago, en dos horas y media, haría la primera deposición intestinal del día, lo cambiarían, igual que él hizo con sus hijos.
En el espejo que tenia en la cama frente así, veía como, igual que una planta sin agua, se iba encogiendo y lastimando su cuerpo.         Ya no lo sentía suyo, era un extraño, que vivía de su esencia de persona, un parásito de si mismo que le robaba la energía,  que se negaba a trabajar por el resto de los órganos, que de a poco se le iban uniendo, abandonando así el esfuerzo por ser ellos mismos y cada uno.
Solía mover un párpado, que al principio todos miraban, cuando todavía, ese pequeño movimiento era la esperanza de una posible recuperación, ahora los pocos que venían, no le miraban a los ojos, para evitar el dolor o el trabajo de entenderlo.
A veces pensaba que era solo una masa cerebral, como en las viejas películas de monstruos, abandonada por los súbditos, que enloquecía, no pudiendo ejercer su poder.        Hoy saldría al jardín, miraba fijo la bóveda celeste, hasta sentir que su único ojo crecía transformándolo en un gigante cíclope, hasta que los pájaros cruzaran su linea de visión, y reventaran su fantasía.
El jardinero se acercaba y lo miraba, entre la pena y el miedo.
Una enorme abeja zumbaba frente a su cara, se asentó sobre la sonda nasal, su ojo y los ocelos de la abeja se desafiaban, las patitas se asentaban suaves, e inmediatamente, levantaban vuelo.     La glucosa atraía al insecto, trataba de correrla,  sacando con fuerza el aire del orificio libre de la nariz, pero le dio miedo distraerla de la sonda, y  entre por el cornete a su cerebro....quedó en poder de la abeja.
Su mundo diario era ese, sobrevivir a los pequeños accidentes domésticos, en un espacio reducido,  solo él los notaba desde su masa corporal, donde solo su cerebro tenia vida, pero aun así, quería vivir.       Esas ganas de vivir, le hacían temer mas a la muerte.
La enfermera le ponía el sedante, y regresaba a la nada, solo su cerebro seguía creando imágenes, su única actividad era soñar, de noche y de día.        Ya no recordaba su voz.          El silencio existencial en el que estaba, lo aturdía, ejercitaba su mente recordando frases, libros películas, pero la oscuridad de a poco se llevaba todo, como el rayito de luz, un día su vida lo dejaría, y el no se daría cuenta.
La enfermera lo cubrió del fresco de la noche, abrió las ventanas, el perfume del jardín invadió el cuarto, los visitantes de la noche venían por su presa, la brisa pasó sobre su cuerpo, recogiendo su hálito postrero.
Nadie se daría cuenta, hasta que el rayito de luz, trajera la mañana con él.

EL BESO

Los brazos abiertos en cruz, se rozaban los dedos,  el hombre y la mujer, tendidos en la hierba, miraban el cielo.
Se disfrutaban mutuamente la cercanía, en el calor de la tarde, dejaron que la brisa recorriera sus cuerpos, para refrescarlos.
La mujer dijo - Bésame...bésame la boca-          El lentamente levantó el torso apoyado en un brazo, con el otro, le cruzó el pecho, los ojos de ambos, se rogaban el beso.       El,  deliberadamente demoraba la acción, disfrutaba la urgencia de ella, dejaba que la energía que emanaba el cuerpo de mujer, lo arrebatara.
Cuando el brazo de ella, le rodeó el cuello, fue el momento,  de tomar la trémula boca entre sus labios,  y recibir la invitación apasionada, la suavidad del roce, incitó al contacto prolongado.
Beso de nácar y miel, de agua y fuego, no alcanzó la brisa de la tarde,  para evitar el incendio de dos corazones.
Se sumergieron en los ojos, buscando en los abismos del Alma, promesas de amor, que sabían, cumplirían.
Cuantas formas,  dibujaron esa tarde con un beso.
Es el acto íntimo de la persona, donde amor y pasión, se conjugan con la imagen del otro, en la razón.
Si bien es un acto de pasión, nos da ese pequeño instante de lucidez al contemplarnos, que hace del beso, un acto de verdadera entrega de amor.
El beso es el anfitrión del amor.

sábado, 24 de abril de 2010

LA VIUDA

La mujer sentada, tenia frente  a si el candelabro, el corto pabilo de pronto cobraba vida, y aumentaba su llama,  la vela parecía divertirse con las sombras, que según la corriente de aire,  cambiaba su forma, agrandando y moviendo los muebles sobre las paredes.           Desde ese lugar miraba la arboleda, que apenas se dibujaba en la oscuridad de la noche.        A lo lejos oía el galope de la tropa que se acercaba, nerviosa esperó el aviso del ama de llaves, anunciando su llegada, al apearse los  soldados golpearon los sables  las monturas, las espuelas, traían su metálica música que sonaba a  muerte.
La Mazorca en su ronda por las casonas, buscaba enemigos de la causa, era la mano armada de Rosas, lo que hoy se llama,  terrorismo de estado.        Vestían de rojo como la sangre que derramaban, o llevaban el lazo punzó.
Este punto del río, donde estaba enclavado el solar, era el paso de los fugitivos hacia la banda oriental, nunca se pudo probar que por aquí, la casa de la aristócrata viuda, cruzara nadie.    Era manifiesta, la oposición de la mujer, al régimen.           Guardando cierto respeto, los mazorqueros revisaron la casa como todas las veces que llegaban, y se iban sin encontrar nada.
La mujer subió a su cuarto, y nuevamente encendió el candelabro, lo ubicó en la mesa frente a la ventana, en la arboleda cantaba la lechuza, la mujer bajó hasta el sótano y fue directo hacia un mueble que corrió, tomó un cuchillo que introdujo entre las maderas del piso y levantó las tablas, en el pequeño espacio estaba un hombre tendido, que al verla,  prontamente se incorporó y la abrazó, como el naufrago a una tabla en el mar, ella limpiaba el rostro del hombre con sus manos y sus besos, lo ayudó a salir del pequeño foso y separandolo suavemente contempló ese rostro tan amado, tan joven , su secreto de amor.
El era el guía,  que cruzaba a los fugitivos del régimen a la otra orilla, esperaron hasta que llegaron dos hombres, luego salieron de a uno a la noche sin luna, agazapados corriendo entre el pastizal, trataban de llegar a la arboleda, protegidos por el follaje tomaron aliento para llegar al río.         Desorientados en la oscuridad, luchaban con los insectos, demoraron unos segundos en  encontrar la canoa.         Los juncales llegaban unos pocos metros  adentro del río, luego quedarían desprotegidos, remaban lentamente, cuidando que los remos no golpearan el bote, el menor ruido retumbaba en todo el río, las voces especialmente, divisaron en la oscuridad un enorme camalotal que venia a la deriva, lo engancharon a la par, se acostaron en el piso de la canoa, y se dejaron llevar por la corriente.
Antes del amanecer,ya estaban en la otra orilla, bajaron los dos pasajeros, y el joven regresó hasta llegar a la linea de espineles, los que fue recogiendo, desenganchando los pescados.           Cuando llegó al pequeño muelle lo esperaba el escuadrón, le ayudaron a atar el bote, entre risas y bromas preguntaron como había estado la pesca nocturna, respondió a la soldadesca arrojandole unos pescados, que festejaron.
El pescador puso el resto en un canasto, y salió a pregonar su mercadería, fresquita, por el pueblo.
Su pregón se escuchó a viva voz cuando paso por la casona de la viuda, que sentada en la terraza hacia labor de punto, mientras se dibujaba en su maduro rostro, una dulce sonrisa.

viernes, 23 de abril de 2010

LOS FERIANTES.

El pueblo de Villa Linda resplandecía, como el día.         Su gente en el mercado, eran como las hormigas, llevaban bultos de un lado a otro, negociaban, reían, eran felices.
Día de feria, era el día en que los hombres mostraban su fuerza, seducían a las mujeres con el lenguaje del cuerpo, con la gracia del movimiento, la agudeza del piropo, y siempre la sonrisa.
Y ellas...tan fogosas, coloridas, incitando al juego de la vida, eran flores agitadas,  por la brisa de ocultos deseos.
El hombre caminaba entre ellos disfrutando los aromas, recordando sus tiempos galantes, que rápido pasa la vida ¡¡¡
Sus manos temblaban suavemente al recordar los roces y caricias furtivas, los besos robados entre risas, los amores ligeros.        Su forzada visión, mas que ver, adivinaba los cuerpos jóvenes, turgentes, de  pieles tersas y coloridas, donde el mestizaje dejó su impronta, de misteriosos matices étnicos.
Envuelto en la nube de su pipa, caminaba lento,  como un viejo tren dejando estela, que los pasantes rompían a su paso.            Su primera pasión, aquella gitanilla de grandes ojos y pelo azabache, como decía el gran granadino, "piel amasada con aceituna y jazmín", la llevó un domingo, tomado de su cintura, danzaban, cuando una mano dura lo tomó del  hombro, y quiso llevarse a la dama.......que batahola ¡¡¡            Las primeras en desaparecer, fueron las mujeres, los hombres entre risas y golpes, terminaban la tarde bebiendo juntos.
Se sentó bajo el roble, tan anciano como él, pero mas vigoroso, su padre lo plantó cunado nació su primer hijo, su hermano, justo donde tenía su puesto de flores y frutos secos.           Con el bastón en sus rodillas, abanicaba su rostro arrebolado con el sombrero, mordía suavemente su pipa, y  entornaba los párpados, el tiempo pasa, pero las costumbres son las mismas.         Su pueblo era de gente ruda y costumbres ancestrales.
Nada mas hermoso que sus calles oliendo a claveles y jazmines, el invierno con su frío, oliendo a nieve y monte.             Las casas bajas con sus grandes patios, donde las personas conviven con los animales domésticos, los niños y la música.
Abrió los ojos,  un rostro sonriente le ofrecía  sidra fresca y cristalina, como en un sueño tendió la mano, llevo el vaso a sus labios, y en un largo beso, bebió lentamente.        Ese dulce bienestar, lo fue llevando de regreso al corazón de su existencia.
Ese día, la feria recogió  su algarabía, su gente silenciosa despidió al amigo llenando su parcela de flores, bebiendo chatos retintos en su nombre, llorando las guitarras lamentos de poesía
Como regresando del pasado, una brisa comenzó a deshojar las flores, haciendo volar sus pétalos en un bello desprendimiento de vida..

jueves, 22 de abril de 2010

DOCTA IGNORANCIA

Existe un concepto, que en si, resume el destino del hombre, la búsqueda sin fin.       Tal es, La Docta Ignorancia.
Como su nombre hace presumir, la sabiduría considerada insuficiente, a los fines del conocimiento supremo.
Los procesos de la ciencia, y la génesis, de los distintos estratos que forman el mundo circundante, jamas llegaron al punto del  instante creativo, pues todo lo existente, tiene un origen, fuera de la esencia que lo contiene.
La cadena de conocimientos, por saber y entender, no acaba.        Que el hombre entienda esta circunstancia, lo hará valorar el mundo en el que le tocó vivir.
Si bien es un lugar agradable, y perfectible, es un abismo de posibilidades desconocidas, para su existencia.
Pensemos que cada especie, es un ser con expresiones y finalidades biológicas que le son propias, no todas conocidas por el hombre, es decir que si pensamos, vivimos en un mundo, o planeta, en el que tranquilamente podemos pasar de dominadores a prisioneros de sus leyes, la mayoría desconocidas.
La  docta Ignorancia, hace que el conocimiento no termine, siempre tiene un nexo pendiente con el futuro, el último descubrimiento.
La sed de saber, y curiosidad , avisan al hombre, que, cuánto mas sepa, aun mas le queda por buscar.
Ese es el verdadero, y fascinante encanto en  ser, un simple humano, vivir en un mundo en el que cada uno, puede descubrir campos vírgenes, donde nadie, hizo aun la primera pregunta.

martes, 20 de abril de 2010

EL HOMBRE DISGREGANTE

Hay personas, que se acostumbran a existir, en permanente desagrado consigo mismo.
Llevan tanto tiempo crispados, que ya no recuerdan el origen de su malestar.
Todo en ellos,  muestra esa oscura obsesión,  por disgustarse y disgustar a los demás.        Pareciera que su función en el mundo,  fuese marcar los tiempos amargos de las personas, y si no,  ocasionarlos.
Ellos van en un tiempo diferente al resto, son aquellos que no ven las obviedades, cegados por su visión trágica de la vida.    Llegan a destiempo a las bromas, viven anunciando desgracias.
Su rostro siempre lleva el rictus de la amargura y la frustración, es así,  que aquellos que conocen su deseo de ser,  una especie de justiciero de los momentos felices, prefieren evitarlos.     Circunstancia que de saberla él, lo hace feliz,  pues  justifica  su egoísta forma de ser.
Hacen de su mal humor, la variable con que manejan los estados de ánimos de sus afectos, todo le aceptan, la cuestión es deshacerse pronto de este personaje.
Es tan insoportable,  que todos evitan  discutir sus puntos de vista, para que se aleje con su mala onda.
Reniegan de la alegría de vivir, de lo bueno que es intercambiar estados de ánimos, vivencias.
Son seres,  que pareciera  fueron  hechos con sobras de argamasa, no se valoran como la perfecta obra de ingeniería que Dios hizo de ellos.

lunes, 19 de abril de 2010

SOLO PREGUNTAS-

Tarde en la noche bajo del micro, cruzar las altas cumbres en plena oscuridad, y con mal tiempo, no importa la experiencia que se tenga al conducir, siempre es estresante, mas si el conductor, no es uno mismo.
Las sierras se levantan entre nubes, como la barrera que es, para algunas personas esa barrera es mucho mas que geográfica, es una barrera del tiempo, que protege los tesoros perdidos de los pueblos, que se van despoblando, camino al olvido.
A pesar de la hora, los bares del pueblo están llenos de parroquianos, dentro juegan dominó, cartas, sentados en la vereda están de amena charla, o simplemente disfrutando la hora.
Mientras camino, respondo a los saludos, no importa si conocen o no al caminante, es un gesto de bienvenida.
Aquí los diarios llegan con un día de atraso, las emisoras son locales, todo funciona a un ritmo calmo, y las pocas tragedias cotidianas, que pudiesen pasar, se dan a conocer sin ese tono morboso de la gran ciudad, se recibe la noticia con dolor y recogimiento, por aquellos que en este día les tocó la desgracia.
Mientras sigo mi camino, las ventanas abiertas me traen retazos de conversaciones amables, la radio, sonando alto, para oírla de todos los rincones de la casa, en los patios, alguna sobremesa de asado con amigos,  y las guitarras, buscando tonos, todo es bello en este pueblo, su gente lo hace así.
Por fin llego, la familia espera mi llegada con la mesa tendida, los niños corrieron ami encuentro gritando mi regreso, y todos salieron a recibirme, cerré los ojos y me dejé abrazar.....que bien hace el cariño¡¡¡.    Que bueno es tener donde volver.
Por que no nos basta vivir en paz?,  yo me pregunto,- A que me voy tan lejos, si aquí  tengo todo?-
Por que algunas personas hacemos de nuestra vida, una huida constante?.
Por que no nos ata el amor al terruño?
Por que nos obligamos a andar siguiendo quimeras, buscando atraparlas?
A veces el hombre, confunde su búsqueda, todo lo que quiere, lo tiene dentro, y buscar en el interior de uno, esos espacios sublimes, requiere quietud física, y paz interior.    No todos poseemos esas dos cualidades, por ello nuestra búsqueda, a veces no tiene fin.

jueves, 15 de abril de 2010

EL JANGADERO-

Aferrado a la larga vara, el joven cantaba, su voz retumbaba en el río,  descalzo saltaba sobre los troncos.
Era el jangadero, su tarea consistía en guiar los troncos,  que bajaban del aserradero por el río a los distintos muelles, donde se los cargaba en barcos o camiones.        Según la cantidad, eran uno o mas los guías.
En los lugares en que el río era mas veloz, debían moverse rápido, evitar que la corriente cruce los troncos en el cause, corrían sobre ellos, con un toque los acomodaban,  verlos desde las barrancas, era como una enorme balsa, donde un hombre ejecutaba una especie de elegante ballet, tenían que ser muy rápidos y saber el oficio.
Generalmente, eran isleños, conocedores del río, resbalar en un tronco significaba morir aplastado por el choque de los troncos entre si, o morir ahogado, bajo el cerrado techo de troncos, que no permitía salir a flote.
Eran raros estos accidentes.         A lo que realmente temían, era a las mordeduras de los ofidios, la temible yayará.         Solían viajar enroscadas en los troncos, dejándose llevar por la jangada.        La mordedura era muerte segura y horrible, la suerte los favorecía,  si caían de los troncos y tenían una muerte rápida .
Este trabajo, fue la base de la industria maderera en la zona  fluvial, pues, no había modo de sacar la tala, de otra manera.
Se construían muelles donde se levantaban los aserraderos, lugar en los que se desramaban los troncos, con enormes sierras, que funcionaban a  combustible.      De  donde caían a un desfiladero, especialmente construido, que terminaba en el río en una especie de ensenada, también hecha por el hombre, donde los troncos flotando , esperaban al jangadero.          Este enfilaba los troncos, siempre en movimiento, como si fuese el piso de una gigantesca balsa, lentamente iba tomando velocidad la enorme masa flotante y su timonel.
Ya no se escucha el canto del jangadero por los ríos del litoral, los desmontes y los abusos ecológicos, también terminaron con este oficio.

miércoles, 14 de abril de 2010

HÉROES OLVIDADOS.

El quinqué, temblaba en la mano de la mujer, protegía la débil llama con la mano,  mientras avanzaba  en la penumbra.
Se acercó al hombre que gemía afiebrado en el camastro, de la herida del hombro, asomaba una punta de flecha, la sangre chorreaba de la cama al piso de tierra, en un goteo constante.           La tierra golosa, absorbía la sangre, dejando en la humedad de la gota, la parte sólida de ésta,  que lentamente formaba una costra brillante, como si fuese otra herida.
El hombre que abrió la puerta de la humilde morada, vestía de uniforme, se acercó al catre y miró la herida, enseguida dijo a la mujer    -Hay que sacar la flecha-   Avivó las brasas en el brasero, e introdujo en medio de ellas la navaja, cuando la hoja estuvo blanca, tomó la botella de aguardiente mojando la herida, el hombre no se movía, el que estaba de pie, sostenía la luz.        La mujer tomó con sus dedos el cabo roto que asomaba sangrante, tiró suavemente  probando su resistencia, la punta de acero encarnada estaba firmemente apretada, como cigarro entre los labios.          Temblando tomó el cuchillo,  y lo introdujo despacio pegado al cabo de madera que asomaba del hombro, la sangre se derramó por los bordes, el herido se movía, como si la daga fuese una mecedora,  iba y venia entrando en la carne, el  objeto seguía firme, regó nuevamente la herida con la bebida, y penetró la navaja hasta el hueso, la sangre bañaba el pecho del herido, bajaba por la curva del estómago, y empapaba la cintura del pantalón.        La mujer se asusto, el hombre de pie tomo el cuchillo y con un brusco movimiento, arrancó la flecha.    La herida era un volcán donde bullia la sangre, aplicó sobre ella  el acero caliente y cortó el flujo.
Vendó la herida y se sentó, mirando ese rostro surcado de arrugas, que no eran de tiempo, las manos maltratadas, con viejas cicatrices de trabajos rudos, el dolor y la soledad, envejecía a estos hombres, en su lucha de frontera.         Bajo la ley del reclutamiento obligatorio, eran tomados en redadas en las pulperías, los que estaban sin trabajos, sin papeles, ni hablar si eran buscados por algún delito, todos eran  llevados a la linea de fortines, a luchar contra  el malón.      El que escapaba, le llamaban desertor,  y su vida no tenia precio.
La alegría del teru- teru, anunciaba la llegada del día, los perros perezosos, se estiraban sacudiendo sus pulgas, el hombre terminó de ensillar los caballos, la mujer dio un suave soplo al quinque y abrió la puerta del rancho           Triste miraba a los dos jinetes alejarse, uno tambaleante, cargando su muerte, el otro mordiendo su cigarro, resignado a entregar su vida en pos de nada.

martes, 13 de abril de 2010

UN VELORIO DIFERENTE-

La voz se corrió en la fría mañana pueblerina, había muerto don Jacinto, conspicuo vecino, hacedor de obras y actos de caridad.
En la vieja y señorial casona, situada frente a la plaza del pueblo, se veía movimientos de gente, el primero en salir de madrugada, con estola morada y libro de oficios, fue don Manuel, el cura del pueblo.
Luego el médico, un anciano que parecía el dueño del tiempo, era el encargado de abrir y cerrar las puertas de este mundo, los recibía en el parto y los despedía en la muerte.      A veces estos tiempos, no se distanciaban mucho entre si.
Con las primeras luces llegó el furgón de la casa de sepelios, con el servicio de primera.      Ataúd tipo cofre, con tapa de nogal, interior de seda, diez manijas de bronce, cuánto mas manijas , mas importantes.          Las velas, eran los grandes cirios, con pie de metal, suficiente luz, para encontrar el camino de la eternidad.
El gran Cristo, que presidia la ceremonia, en brillante madero, impresionaba su rostro en agonía, derramando su sangre divina, imponía gran respeto de Fe.      Gruesos cordones negros colgaban del ataúd.
En la mejor sala de la casa se armó el velorio, daba a la calle, con grandes balcones enrejados, piso de listones de madera, cubierto el gran espejo con lienzos negros.       La puerta de doble hoja, abierta de par en par, daba un marco solemne a la escena.       Todo alrededor de la gran sala y pegadas  a la pared, estaban las sillas, rodeando al féretro.       Las mujeres desgranaban rosarios y responsos, entre llantos contenidos de dolor.
El frío era muy intenso esa noche, la mayoría de los asistentes estaban en la sala , los hombres, que suelen agruparse en la vereda a fumar, tambien se apretujaban en la sala , en busca de calor y de una copa de licor o café.
Nadie notó la leve inclinación de los cirios, que chorreaban estearina, el cajon lentamente se deslizaba de sus soportes.....de pronto todo fue caos, las sillas cayeron  al fondo de tierra del piso de madera, algunas mujeres hacían equilibrio, para no caer al foso, otras, ya en él, luchaban por levantarse, y alejarse del muerto, que había aterrizado  con una gran explosión,  al cerrarse la tapa.       En la pequeña fosa, parecían hormigas enloquecidas, el único asistido por la ayuda divina, fue el cura, que estando al lado de la puerta, atinó a tomarse del picaporte, quedando colgado sobre el foso, sus piernas pedaleaban una bicicleta invisible, tratando de hacer pie, en nada.      La sotana se había inflado, por la corriente de aire, y parecía una negra campana, con sus  piernas de badajo.
Una mujer, nunca se supo quien fue, gritó.  -Ud. inútil, que está cerca de la puerta, grite y pida ayuda ¡¡¡-
Llegaron los vecinos linderos, cuando vieron el espectáculo, creyeron ver la imagen del purgatorio:  Todos los brazos en alto,  clamando ayuda.
Apenas salió el sol, comenzó el  sepelio, el muerto como si fuese el mas apurado, fue el primero en salir a pulso.    Llegados al cementerio, los  murmullos y las risas apagadas, no  cesaban.
El único ausente fue el cura, que no asistió a despedir al amigo, se dice, que nunca superó el  mensaje apocalíptico, del infausto acontecimiento.

lunes, 12 de abril de 2010

AÑORANZA DE HUERTOS-

Me gustan los huertos con naranjos y limoneros, ningún perfume es tan intenso, y guarda los recuerdos de nuestros momentos, como los azahares.
Es la flor de los momentos felices, de la dulce calma, en esos atardeceres, en que el rocío humedece su polen, distribuyendo su esencia, tapando el perfume de las demás flores.
El tiempo se va llevando las costumbres, las modas traen innovaciones de vida y usos, sin las raíces profundas, de las cosas verdaderas.
Paso por los viejos solares, veo los huertos abandonados, las plantas, ya casi no dan frutos, las flores no existen, caminé entre la hierba crecida, de vez en cuando aparecía ahogada  entre ella, una plantita, con flores pequeñas, como negándose a desaparecer.
La brisa me sorprendía entre los naranjos, como fantasmas acariciando mi rostro, viejas cicatrices mostraban sus troncos, de antiguos amores grabados en ellos.
Las bancas de madera, donde el tiempo se llevó su barniz, también en ellas,  había mensajes de amor.
Cierro los ojos,  y quiero volver a mi huerto, que  arrasó el progreso.        Quien será el extraño, que como yo, recorra sus canteros abandonados, y lea los escritos de amor?.
Que pena que lo nuevo, para afirmarse, deba negar el pasado.

domingo, 11 de abril de 2010

HISTORIA TONTA

El joven caminaba desganado, a cada paso, suavemente pateaba las hojas secas, las manos en los bolsillos.
El otoño llegaba temprano y frío.
Pensaba en su vida de trabajo y estudio, ejercía su futura profesión, próxima a terminar, en un estudio de abogados.          Su  novia ya insinuaba definir  proyectos de una vida juntos,  compartieron toda la carrera, se necesitaron, y se entregaron uno al otro.        No entendía el por que de estos pensamientos, todos sabían, que sus vidas eran una, menos él.
Una mujer, le preguntó por una calle, mientras le explicaba, ella no sacaba los ojos de los suyos, no prestaba atención a las explicaciones, de pronto, pidió si el  podía guiarla, ya que no conocía la ciudad, cuando dijo -si- ya sus ojos lo llevaban a la rastra, su perfume, su voz, quien era esta peregrina extraviada?.
Llegaron a la dirección que buscaban, pero no se correspondía con el habitante del lugar.        Ante la desazón, el la invitó a  tomar un café.        Ella aceptó,  al cruzar la calle, naturalmente la tomó del brazo, la tibieza del lugar los confortó.      Con la bebida, llegó la charla, reían, las manos se rozaban sin querer.
Los sorprendió la noche abrazados en el parque, cuando iban de regreso, un golpe de viento y hojas secas, los envolvió, juntando las almas.
Subió la joven al taxi y se prometieron  citas, él,  en un arrebato de emoción, reía, había encontrado  la mujer de sus sueños  perdida en la ciudad, que generosa suerte la suya.
La mujer en el auto sonrió,   ya tenía el acceso a los expedientes de su ex marido, en el juicio de divorcio con demanda millonaria.       Solo necesitaba tiempo y seducción, el solitario secretario de bufete, le daría lo que ella  pidiese.
La suerte tenía cara de mujer, el joven....de tonto.

viernes, 9 de abril de 2010

FIESTA EN LA CHACRA

Había fiesta en la chacra, se casaba la niña de la casa.
Voces tempraneras, se encontraron bajo la parra a matear, todas mujeres, vivían el acontecimiento desde la sangre y el corazón, eran felices.              Los hombres en los corrales, eligiendo los manjares de la fiesta.      En una mesa  tapados con un mantel, esperaban turno de cocción empanadas y pasteles.
El casorio sería  el día siguiente, los invitados de lejos venían llegando, la mayoría prestos a colaborar en los preparativos.       En los patios se iban juntando los carros y sulkys,  los caballos en un corral.
Se cavó una fosa bastante grande, que se llenó de leños y ardió  hasta la noche, cuando se vació de fuego, luego se puso sobre un enrejado, la vaquillona con el cuero, se tapó con una chapa, y se dejó hasta el otro día, el arte es cocinarla sin quemar el cuero.        Los asadores, velaban toda la noche, mientras se asaba.
Los tachos de agua caliente, circulaban para el aseo de las damas, los hombres se acomodaban debajo de los carros, o en la arboleda, que rodeaba la humilde casa.
La mañana, luminosa y tibia, era promesa de buen día, temprano llegó el cura, que ya tenía armado un precario altar.         Llegada la hora, la novia caminó de la casa, al patio, del brazo de su orgulloso padre, el novio en el altar, con su mejor atuendo criollo, su rastra de monedas, y su facon de alpaca, brillaban como sus ojos negros, la recibió con una sonrisa, ella, se entregó con una lágrima.
Los musiqueros templaban los instrumentos, la novia con el sencillo vestido blanco, recogió el tul en su brazo y bailó con su esposo un valsesito criollo, momento en que homenajeada por los hombres de la reunión,  pasaba de brazo en brazo  bailando.
Luego los novios abrazados saludaban a la larga fila de invitados, uno por uno, y recibían a cambio un obsequio de dinero.         Las empanadas circulaban entre los presentes, mientras se cortaba el asado.
Promediaba la tarde, y la zamba llamó a las parejas, salieron los pañuelos volando bajo los azahares, acariciando las mejillas,  zamba para enamorar, los jóvenes zapateaban, las damas tomando sus polleras, parecían mariposas, agitando sus alas, jugando al amor.
En la inmensidad, apareció el lucero, montados en un caballo, con montura enchapada, el novio llevaba a la novia en ancas, los tules del vestidos, flotaban en el aire saludando la noche, que llegaba llenas de promesas.
Sobre el poncho criollo, los amantes contaban las estrellas, haciendo de cada una un juramento de amor.

miércoles, 7 de abril de 2010

SUSTO

El viejo transporte colectivo, luchaba por subir la cuesta, el chófer bajaba los santos del cielo, entre ruegos y arrebatos blasfemos.       Los pasajeros estaban asustados por el ruido del motor, que entre explosiones y gemidos, daba un paso adelante y retrocedía varios cuesta abajo, cuando esto sucedía, se aferraban al asiento, y como un reflejo contrario al del ómnibus, empujaban con el cuerpo hacia adelante.           De pronto en pleno retroceso,  se detuvo el motor, habiendo llegado al punto mas bajo del camino, se detuvo, todos suspiraron aliviados.        Los que viajaban en el techo fueron los primeros en descender, dejando olvidados los bártulos y las jaulas con animales de corral, que llevaban como alimento futuro.               Los que estaban adentro, llegaron juntos a la única puerta del micro, pugnando por salir, gritaban y empujaban, temiendo que el trasto se incendiara, este se balanceaba de tal forma, que las jaulas comenzaron a caer, entre los bultos cayó una bolsa de arpillera, que al tocar el piso,  fue una explosión, todos se silenciaron, solo se oía el alboroto de las gallinas en sus jaulas, y a un pequeño marrano, que tenia un anciano debajo del brazo, por mas que le juntara el hocico con las manos no dejaba de gritar.            La bolsa se movía, de ella salían ruidos furiosos, parecidos a  rugidos , nadie se movía, el chófer preguntó quien era el dueño de ese "paquete",  nadie respondió.      El problema era que con la caída,  se había roto el cordel  que cerraba la bolsa , y lo que fuere que estuviese dentro, pronto encontraría la salida.
Algunos rodeaban al bulto movedizo, formando un círculo, otros precavidos,  subidos al techo, otros sacaban la cabeza por la ventanilla, de pronto,  la bolsa dio un salto en el aire,  y apareció un enorme boca roja abierta,  mostrando los colmillos,  haciendo ese ruido mezcla de rugido y maullido, era una enorme y furiosa lampalagua.      Fue el momento,  en que el día se hizo silencio, hasta el puerco quedó estático, lentamente salió de la bolsa, con la cabeza erguida, miraba a los presentes, como eligiendo presa, a medida reptaba se apreciaba su tamaño, abrió su bocaza, olfateó uno de sus manjares, gallinas, enfiló a una velocidad increíble hacia las jaulas, no pudo introducir la cabeza, el cacareo y el olor de la comida la enfureció, se enroscó en la jaula, apenas cedió,  introdujo la  boca,  y dio cuenta de las aves.
Lentamente se fue estirando, el cerdito quería huir de los brazos de su amo, al no poder gritó, no terminó la fonética del grito de terror, la roja boca lo tragó,  y el grito se perdió.
La lampalagua con varios bultos en su interior, que aun se movían en su largo cuerpo, lentamente se acercó a un grueso árbol, y se fue enroscando, a medida lo hacia, se oían los huesos de sus víctimas crujir.
Despacio, muy despacio, los pasajeros fueron subiendo al micro, nadie hablaba, cuando estuvieron todos,  cerraron la puerta y las ventanillas.         Que el  motor se haya enfriado,  era el ruego, el conductor se santiguó y dio arranque, nunca les parecieron tan festivas las explosiones del motor, ahora que estaban a salvo.
El viejo trasto tomó  velocidad y enfrentó la cuesta, que fue subiendo, mientras los pasajeros, de vez en cuando miraban hacia atrás y veían,   abrazado al árbol al monstruo dormido.

martes, 6 de abril de 2010

EL BAILE

En el pueblo había bailongo.
El paisanaje de las estancias y los hacheros del quebracho, bajaban al poblado, algunos de acaballo, otros a pie, todos apurados por llegar, con el jornal para gastar.
Esa noche venía fría, el rocío se escarchaba, por la propaladora de la plaza se oían los avisos del espectáculo, animando a los pobladores a asistir.
El  Picurú, peoncito de campo , tiró las alpargatas viejas al costado del camino, y se calzó las nuevas, era su primer baile, estaba ansioso.
Buscó a su amigo en el bodegon del pueblo, en el lugar se paseaban mujeres exuberantes, y muy adornadas, una de ellas se acercó al joven y acarició su nuca, una ola de calor húmedo invadió el cuerpo de Picurú, no podía creer,  que semejante mujer se fijara en él.          Ella conociendo la situación del joven,  comenzó su fino trabajo de seducción, ofreció acompañarlo al baile, él se imaginó entrando de su brazo frente a todos, y aceptó.
Buscaron una mesa y  dos sillas,  de latas, compraron dos paladas de brasas, para poner debajo y calentarlas, el se sacó la boina, y ella abrió su chal de plumas, sacó dinero de su faja en la cintura y pagó la jarra de sangría, ella codiciosa, lo miraba.     Sonó una chamarrita, y salieron a bailar, luego un chamamé, pasó el rato, y en una vuelta de polka, se encontró cara a cara, con un rostro de ojos  enloquecidos, sin decir palabra, el desconocido le asestó un golpe en el rostro, la mujer gritó y trató de correr, pero el sujeto la tomó de los cabellos derribandola, las plumas volaron sobre los presentes, que pelearon por tenerlas.    
La mujer arrodillada suplicaba, el hachero enloquecido de celos, atemorizaba también a los presentes, que en amplio círculo los rodeaban.     Picurú, tomaba su cabeza sangrante  entre las manos, sorprendido, no sabía como actuar.    El hombre,  gritaba su humillación de varón amenazando a todos con el hacha, la bailarina echa un ovillo en el piso, lloraba con los cabellos cubriendo en parte su rostro,  desdibujado por la pintura corrida por las lágrimas, sus ojos semejaban dos pozos oscuros, su boca roja , la mueca  trágica del payaso.
Ante el silencio de todos, dio un golpe en la mesa, se volcaron las botellas, y su contenido cayó sobre las brasas, que asustadas  bramaron, largando una nube gris de cenizas.        Ante la falta de eco a su ira, dio un
grito, elevando su brazo, asestó sobre su cabeza, el acero con toda su furia, asombrado de su acto, se tambaleó con el objeto clavado en su cráneo, cayó al piso pesadamente, y al momento estalló el silencio en un griterío, abandonando  todos el lugar, como manada enloquecida, Picurú era llevado a rastras por su amigo, la mujer arrastrándose,  no tuvo tiempo de ponerse de pie.
Las luces del alba , iban cubriendo el pueblo, en el galpón, los perros olfateaban y orinaban, pero donde estaba la muerte no llegaban, de lejos gemían anunciando su presencia, el hombre, en un charco de sangre, negro de moscas, a su lado la mujer, que ya no era bella, solo una masa de carne maltratada.       El forense ordenó retirar los cuerpos, muertos en riña.
Así era el pueblo, un escenario, donde los actores se renovaban muy rápido, y la vida seguía haciendo los libretos, cerrando el día de fiesta con,    -Hasta el baile que viene-

domingo, 4 de abril de 2010

ASDRUBAL II

Bajo la sombra de las glicinas,  de pijama celeste, y una viejas zapatillas enchancletadas, Asdrubal Rentería, sorbía el mate que cebaba su mujer.      La mañana, luminosa y caliente, aletargaba el zumbido de las abeja, que se paseaban entre las flores.
Terminó de tomar mate, ya enfundado en su traje de hilo color hueso, y  los zapatos blancos, con puntera negra.
Hoy asumía su nuevo cargo de Juez de Paz, prendió su clavel en el ojal, se miró en el espejo, colgado del tronco de la planta, y se puso el sombrero de fina hechura vegetal.
Llegó a su oficina, abanicándose con el sombrero, el saco ya mostraba manchas de sudor en las axilas, la emoción le secaba la boca, bebió un vaso de agua, y se tiró sobre su nuevo sillón, que salió disparado  hacia atrás, en sus veloces rueditas, terminando su carrera contra la pared, recobrando la compostura se puso de pie, justo cuando entraba el auxiliar, para avisar de un posible óbito en el solar de la familia Vallespino.         Ordenó que alisten el tílburi, mientras citó a los testigos, que exigía el acto.       Habiendo repasado el procedimiento a seguir, con leve agitar de riendas, salió a cumplir su función.    Grandes gotas de sudor corrían por el lomo del animal, dejando su rastro de sal, alguna lagartija sorprendida por los casco del caballo salia zigzagueado el camino, el polvo hacia remolinos detrás del carruaje, pegándose a sus espaldas.
Aliviado, ubicó el caballo en una sombra de acacia, se enjugó el rostro y subió la gran escalinata, donde le esperaban algunos familiares.            En la espaciosa habitación la brisa mecía las cortinas, en la robusta cama de nogal estaba el Señor  de la casa, plácidamente apoyado en blancas almohadas, cubierto hasta la cintura, con sabanas monogramadas.                  Sobre una pequeña mesa preparada para la ocasión, Asdrubal  apoyó el tintero, la pluma y el libraco, donde quedaría asentado el acto.           Calzó los espejuelos en su prominente nariz, y se acercó a la cama, los dos testigos del lado opuesto, miraban fijamente al yacente, con voz ensayada leyó la fórmula,   -Diga su nombre-     no obtuvo respuesta,     -Si está vivo, conteste-   todos miraban expectantes, pero el hombre, no movía sus labios, al cual le quedaba solo una pregunta para confirmar su muerte, o resucitar, esta vez apoyando la mano sobre el hombro del Señor de su casa, dijo,    -Si está vivo diga si ¡¡-,    esperaron unos segundos, y ante el empecinado silencio del hombre, se leyó, -Ante la presencia de la autoridad competente, con la vista de dos testigos, es declarado oficialmente muerto-
-Es óbito, a las 14 horas, del 20 de enero de 1922, en la cama y solar de su propiedad.-
Concluido el oficio, dio las condolencias, y así concluyó su primer acto oficial.
Subió al tílburi, y lo puso en la huella, el carruaje subía y bajaba de ella, dándole un suave balanceo que adormecía al juez.      Se sentía feliz

viernes, 2 de abril de 2010

INDALECIO-

Esta es la historia de Indalecio, un bandoneonista de pueblo, trabajo, no le faltaba.      Ser ejecutor de tan noble instrumento, en una población pequeña, le daba cierta importancia y admiración.
Con el advenimiento de la democracia, llegaron los partidos políticos, el pueblo, si bien tenia una notoria mayoría ideológica, el resto pertenecía , a la opuesta.
En Indalecio, era pública su adhesión al partido de la mayoría, en los actos de su partido era el ejecutor de su famosa marcha identificadora, sentado en medio del escenario, se hacia el silencio, después de una breve introducción, donde se lucia el ejecutante, a una señal  del maestro, arrancaba el coro.
Los del otro partido, cantaban su marcha a capela, o ponían un disco, al que les era muy difícil acompañar, los desencuentros de tonos y voces, hacia que al final cantara el disco solo, y el resto escuchaba en silencio, esto, le quitaba fervor a los actos.
Fue así que una noche, tentaron a Indalecio con cierta suma de dinero, como este era su trabajo, del cual vivía, aceptó.          Al día siguiente, en la puerta del local partidario, contrario a sus ideas, de sombrero y pañuelo al cuello, estremecía los corazones de los afiliados, con los dulces acordes del bandoneon.
Los niños lo rodeaban y miraban sus dedos, preguntándose como adivinaba los botones, sin equivocarse.    Este solía ser su momento de gloria.    En eso estaba Indalecio, cuando una sombra le tapó el sol,, siguió tocando, escuchó una voz que le dijo,  -Traidor -,     sin decir palabra seguía en lo suyo, la sombra no se corría, hizo sonar mas fuerte la música, la gente se amontonaba en silencio, debajo del sombrero sentía brotar las gotas de sudor, que ya asomaban por los bordes, arrastrando algunos cabellos, que por estar teñidos, sudaba negro, el pañuelo blanco con monograma, se iba oscureciendo como la luz del sol    -Deja de tocar,Traidor ¡¡-  diciendo esto, levantó su saco a cuadros, y sacó de su cintura un enorme facon, el brillo del acero, daba en la cara de Indalecio, que tenia los ojos cerrados, cuando la mano con la daga, fue hacia atrás y volvió con fuerza, atravesando los pliegues del bandoneon, que en medio de la melodía  dio un fuerte suspiro, y cambió los tonos, inmutable, seguía tocando, haciendo suspirar al bandoneon.     No hubo arreglo que le quitara al instrumento su asma, en medio de los  fut, fut, fut, se oía un largo  ufffff, parecía que ya se cortaba, y largaba las notas en distinto volumen.     Cuando concluía, los oyentes daban un gran suspiro , como si ellos no pudiesen respirar, luego aplaudían.
La herida del bandoneon,  sangró el corazón del músico, que ya no tenia ideología política .

jueves, 1 de abril de 2010

El Turco

-Mama, mama ¡¡¡ , el turco viene en la loma, podemos ir ?...
Los ojos brillantes y ansiosos de los niños, esperaban en la puerta, listos para salir corriendo, dando por descontado  el si de la mamá, ella se asomó y poniendo su mano de visera, miró a lo lejos, la inmensidad de la pampa, a paso lento, venía el carromato -Si, pero lleven los perros-
Se alejaban las risas, y los ladridos, todos saltando, los animales llegaron primero, la vieja mula resopló asustada.       Los niños saludaron a los gritos al anciano, y se treparon al carro, uno de ellos parado en el pescante, tomó las riendas, presumía su poder, los otros saboreaban ya,  los dulces que les invitó el hombre, los perros caminaban delante,  guiando a la mula en la huella.
Llegaron a la casa, la mesa tendida los esperaba, el humilde mantelito parecía saludarlos, batido por el viento,  debajo del enorme tala.     Unos troncos cortados, hacían las veces de silla.
En la prolijidad de la mesa resaltaban los utensilios, tenedores con sus dientes torcidos, o muy abiertos, cuchillos de varios tamaños, el enlosado de los platos nos guiñaban  múltiples ojitos negros,  en donde la losa estaba saltada.      Los vasos eran latas de conservas, a las que el ingenio les dio un asa de alambre retorcido.
Lo que alguna vez fue una bolsa de harina, lucia inmaculado como servilleta, se conocía como "trapo", al  oír el pedido, corría de mano en mano hasta llegar al necesitado, y en su comunitario recorrido, terminaba en dudoso estado de blancura.             El perfume del puchero, llenaba el patio, que hervía en la negra olla de hierro, mientras la dueña de casa lo espumaba.     El padre, sacó de una pequeña bordalesa vino que el mismo preparaba.       El turco, mientras,  desataba la mula, y vaciaba el carro, toda la mercadería puesta en el suelo, a modo de exhibición, éste  era un trashumante que llegaba dos veces al año, llegada del invierno y verano a todos los campos de la zona.            La mama, compraba telas para la ropa de estación, estas no se cortaban, las vendía por piezas, así en un hogar rural la camisa del padre, era igual a la del hijo, y el vestido de la mama, a los calzones de su hija.        Las compras comenzaban después del almuerzo, la mujer traía una caja vacía de te, donde guardaba los ahorros, todos sentados  en el piso, acariciados por el viento caliente del norte, y bebiendo limonada.
Al caer la tarde, con el  lucero por guía, el turco entraba de nuevo a la huella, feliz de su trabajo, donde en esas soledades, siempre lo recibía la alegría y el afecto de los inmigrantes, lejanos de su tierra, añoraban  la visita, solo para compartir sus esperanzas,  puestas en estas tierras de promisión.

Entre Chivitos

Entre Chivitos

Mateando

Mateando
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